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Romanticismo en el guateque, escalofrío en la pantalla

Romanticismo en el guateque, escalofrío en la pantalla

Romanticismo en el guateque, escalofrío en la pantalla

A mitad del guateque, algún listillo, previamente avisado, bajaba la intensidad de la luz en el salón-comedor y pinchaba en el tocadiscos Blue velvet, cantada por Bobby Vinton. La «lenta», un «rithm and blues» compuesto por Bernie Wayne y Lee Morris en 1950 y que se popularizó en España una década y media después. El listillo conocía el sentido de la letra: «Ella vestía terciopelo azul/ Más azul era la luz de la noche/ Y más suave que el satén era la luz de las estrellas...» Y una tórrida nube de perfume y humo de Chesterfield, flotando en el salón, caía sobre las parejas de adolescentes en celo, bailando sobre la escueta dimensión de un ladrillo

En 1986, David Lynch, utilizando la canción para su película del mismo título, otorgaba a la melodía una dimensión mucho más turbia y erótica poniendo fin al recuerdo inocente de la adolescencia perdida para, a través de las imágenes, dibujar en la pantalla un ambiente enrarecido de pecaminosa perversión. Lynch conseguía este efecto gracias a los contrastes, al mostrar el lado oscuro de los teenagers ochenteros - el melifluo Kyle McLachan y la pánfila, pero sensual, Laura Dern- frente al terror cotidiano de una oreja humana, a medio devorar por las hormigas, en el idílico césped de una tranquila ciudad sumida el sueño del american way of life. Una suerte de llave -la oreja putrefacta y misteriosa- que abría las puertas nocturnas de la ciudad para mostrar su rostro tenebroso: un mundo inquietante, a través del cual, la maldad campaba libre e impunemente por sus calles. Dennis Hopper, un actor de rostro aniñado, especializado en papeles de ambigua condición, dando el salto brusco a un personaje claramente psicótico, encarnaba esa fría maldad con un corazón de neón y un alma suburbana. Si unimos a su presencia la de una erótica Isabella Rosellini, más hija de su madre que nunca en lo tocante a su belleza turbadora -Ingrid Bergman-, mostrando carnales desnudeces y una condición de víctima herida por el sadomasoquismo, la subversión estaba servida. David Lynch se consagraba como el creador-brujo de realidades alternativas, «buñuelescas», a mayor gloria del universo simbólico de Breton y su criptografía narrativa.

El jarro de agua fría sobre la música de los años sesenta, no había terminado. En aquellos mismos guateques la nota trepidante, para bajar los decibelios de la calentura, solía ponerla el grupo The Marcels interpretando Blue Moon, un rock que, a toda pastilla, comenzaba con el reconocible y estimulante Bomp-baba-bamp/ dip-da-dip. Y, de nuevo, surgía el azul, ahora con el rostro de la luna, amenizando el baile con una impronta más desenfadada, pero sin renunciar al romanticismo.

En esta ocasión fue John Landis el encargado de enturbiar la melodía al colocarla como banda sonora de Un hombre lobo americano en Londres, en 1981: un estupendo filme de terror, con toques de comedia, y los «oscarizados» y novedosos efectos especiales de Rick Baker. Una historia de licantropía que, comenzando en los páramos británicos, con pubs tan tranquilizadores como el llamado El cordero degollado, viajaba hasta el zoo londinense -memorable escena- para estallar en Picaddilly Circus llevándose por delante todo el universo de mascarillas góticas de Lon Chaney. El caso es que el sincretismo de la cultura pop, interfiriendo territorios, nos emborronó a muchos la educación sentimental provocándonos esfuerzos inimaginables para evocar con tranquilidad nuestro pasado. Como si estuviésemos viendo cualquier película de Lynch. Dar las gracias, eso sí, porque la Ansiedad de Nat King Cole, o El Reloj de Lucho Gatica, no hayan subrayado temporada alguna en la serie Walking dead Pero tampoco hay que regalar ideas. Ya tenemos bastante lío en la cabeza cuando suena, en el tocadiscos del recuerdo, la melodía pegadiza de un ayer extraviado en el tiempo.

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