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Cómo ser un imbécil

Cómo ser un imbécil

Cómo ser un imbécil

Cómo ser un imbécil es uno de los capítulos de la Autobiografía de Chesterton. Hay quienes no tienen que hacer el menor esfuerzo por serlo; para otros, requiere un adiestramiento ascético de efectos no previsibles; este es, en cierto modo, el trayecto formativo de Chesterton. Gilbert Keith Chesterton (Londres 1874-Beaconsfield 1936) fue escritor y periodista. Cultivó el ensayo teológico, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo, los libros de viajes... Gentilhombre de la paradoja británica, creó el personaje del Padre Brown, párroco católico de aspecto candoroso, cuya finura psicológica lo convierte en un detective infalible. El modelo de ese personaje lo tomó del padre John O'Connor, cura rural de Bradford, «fue curiosa la experiencia de descubrir que aquel tranquilo y agradable célibe se había sumergido en aquellos abismos mucho más profundamente que yo. No me había imaginado que el mundo albergara tales horrores». Como era de esperar, su Autobiografía es excéntrica. Nunca proporciona fechas de los hechos -hábito que ya practicaba en sus cartas-; habla de las gentes que fueron -para mal o para bien- importantes en su vida. Es un recorrido ético-intelectual más que datos biográficos concretos. De su familia dice: «Nací de padres respetables pero honestos, es decir, en un mundo en el que palabra respetabilidad aún no era un insulto, sino que todavía conservaba una débil conexión filológica con la idea de ser respetado». El universo de su infancia lo caracteriza mediante esta observación: «Existía todo un mundo en el que era impensable deshacerse de un sonido (?) Pronto descubrí, con la malicia propia de la infancia, que mis mayores tenían verdadero terror a que imitásemos la entonación y dicción de los criados». Autores como Whitman, Browning, Stevenson le ayudaron a tener «cierta gratitud misteriosa» ante el mundo. Caracterización de algunos militantes del partido laborista de su tiempo: «Los que conocí cubrían una amplia variedad de tipos, desde los frígidos catedráticos de Cambridge a los excéntricos aristócratas ingleses y escoceses. Will Crooks era el único líder laborista que, por un momento, me hacía pensar en las clases trabajadoras inglesas. Tenía el humor de un conductor de autobús o de un mozo de estación». Su interés por catolicismo nació al advertir que «que alguien considerase la religión algo tan práctico como la jardinería era algo nuevo para mí». Y una vez se produjo su conversión «los críticos se mostraron casi siempre elogiosos con lo que les gustaba llamar mis brillantes paradojos hasta que descubrieron que realmente yo quería decir exactamente lo que decía. A partir de entonces han sido más combativos y no les culpo por ello». En cuanto al secreto de su distinguida carrera profesional, «creo que mi éxito se debe (como dicen los millonarios) a haber escuchado con respeto y humildad los mejores consejos de los mejores periodistas, responsables, a su vez, de los mayores éxitos periodísticos; y luego haber hecho justo lo contrario». Algunas pinceladas idiosincráticas: «Sé que tiene que haber de todo en el mundo, pero no puedo reprimir un escalofrío cuando veo a la gente tirar por la borda sus bien ganadas vacaciones realizando alguna actividad. Por mi parte, jamás me canso de no hacer nada». Sobre la transformación de actitudes a lo largo del tiempo: «En mi malsana adolescencia, a veces me sentía espantosamente solo en sociedad; en mi edad adulta, nunca me he sentido más sociable que cuando estoy solo». A propósito de la guerra, y refiriéndose a las opiniones de su amigo George Bernard Shaw: «Él desprecia la única clase de guerra que yo realmente defiendo: la guerra entre civilizaciones o religiones para decidir el destino moral de la Humanidad». Y luego contradiciéndose, en cierto modo: «La única guerra defendible es una guerra defensiva. Y una guerra defensiva, por su propia definición y naturaleza, es aquella de la que el hombre vuelve apaleado, sangrante y presume tan solo de no haber muerto». Es muy diestro en observaciones sociológicas a partir de pequeño hechos cotidianos. Por ejemplo, sobre los barberos de su pueblo: «Aquellas dos barberías pertenecían a civilizaciones distintas. El peluquero de la zona moderna pertenece al nuevo mundo y tiene la impecabilidad del especialista; el otro tiene lo que podría llamarse la habilidad ambidiestra del campesino que afeita, por decirlo de algún modo». Chesterton estuvo en España en una ocasión para dar una conferencia; le llamó mucho la atención ver cómo corría un niño por medio de una alameda y saltaba en brazos de su padre, trabajador desarrapado, que lo abrazaba con enorme afecto y alegría. Esa conducta le pareció poco inglesa, e introduce un matiz irónico sobre la frialdad del sistema educativo británico: no era probable que ese el trabajador español hubiera asistido a una escuela privada inglesa. Su prosa industrial se trufa de formulaciones aforísticas: «Uno de los placeres secretos de la vida es el juego de ponerse límites». Chesterton tuvo una admirable aptitud para poner de los nervios doctrinales a la ortodoxia eclesial y a la secular, a ortodoxos y heterodoxos, a progresistas y conservadores... No es un cálamo al alcance de cualquiera.

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