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Convertirme en un ojo viviente

Convertirme en un ojo viviente

«Si pudiera alterar la naturaleza de mi ser para convertirme en un ojo viviente, lo haría de muy buena gana».

Rousseau, Julia o la nueva Eloísa

¿Cómo vivir en una época como la nuestra y no sucumbir a «las ansiedades de la mirada»? se pregunta Mark Coussins. «¿Estará la mirada desplazando al pensamiento?». Pese al peligro de la banalización y el mal uso de las imágenes, el autor muestra al espectador un modo crítico de «disfrutar de la tormenta visual». No se trata de «maldecir las pantallas o censurar las miradas» porque «también hay basura en lo que se lee y en lo que se piensa». Frente al rechazo dogmático de las imágenes, Cousins considera que si sabemos «mirar bien las pantallas», podremos descubrir cosas que iluminarán nuestro pensamiento. Frente a la disyuntiva excluyente entre la imagen y el concepto, la integración: «Mirar lleva a pensar». Por tanto, «la respuesta al poder de la mirada no consiste en rechazarla. La alternativa al rechazo es la evaluación».

El libro compone un itinerario visual a través de las diferentes «formas de mirar» para llegar a comprender «cómo la mirada ha ensanchado nuestras vidas». Pintores, fotógrafos, cineastas, científicos, filósofos son las «miradas vicarias» a través de las cuales Cousins muestra la evolución de la percepción y el pensamiento visual. Lo que se propone el autor de este libro es captar «la vida del mirar». Vemos a partir de lo que vimos, recordamos o soñamos pero también a través de lo que otros miraron e imaginaron antes que nosotros.

Por tanto, el punto de partida de Coussins es claramente el de quien reivindica el placer de mirar, más allá de todo intelectualismo iconoclasta. Confiesa su autor la opacidad que representaban ciertos libros que le obligaban leer durante su infancia y adolescencia en la escuela. Mirar era y es para él una liberación en los días vacíos: «Mirar es mi consuelo y mi perspectiva, y he construido mi vida de trabajo sobre las imágenes». Y de ahí que afirme que este libro está destinado especialmente a aquellas «personas que son mejores mirando que leyendo».

El libro se inicia con el origen de la mirada con el nacimiento. Coussin establece numerosas conexiones visuales y simbólicas, como por ejemplo a partir de la bruma con la que miramos inicialmente el mundo cuando nacemos. Del sfumato de La Gioconda al lago brumoso de Mizoguchi pasando por el paisaje nebuloso de Turner. Indefinición que acompaña también a la imagen abstracta, como la del niño que mira a su madre en Persona. O la mirada del mundo de unos niños desde el hogar en El espejo, en un plano similar al que abre y cierra Centauros del desierto. Inspirado por la poética del espacio de Bachelard, Coussin proyecta la casa como claustro materno en el cine de Tarkovski y Ozu.

Coussin indaga en las raíces pictóricas del selfie, describiendo el asombro y fascinación que suscita el reconocimiento del sí mismo, como sucede en el cuadro de Gustave Courbet, El desesperado. La mirada en torno al yo se expone a través de cuadros de Frida Kahlo, Egon Schiele o Alberto Durero, pero también en canciones de David Bowie. La mirada abstracta nos lleva desde el cuadrado negro de la Kaaba de La Mec al monolito de Kubrick en 2001, Una odisea del espacio, como símbolos de la perfección e infinitud. En este caso lo que se ve sugiere lo inefable, aquello que rebasa cualquier expectativa de comprensión racional.

Coussin aborda también la dialéctica ética y estética que envuelve las imágenes. ¿Mienten las imágenes? Sí, en ocasiones, como El triunfo de la voluntad cuando Hitler llega desde el cielo divino al encuentro con las masas. Imágenes falsas pero bellas. ¿Cómo crear un impacto visual e intelectual? se preguntaba Eisenstein. El montaje dialéctico lograba poner en conexión dos imágenes distintas, de cuyo antagonismo, nacía una tercera idea más compleja. De modo que 1+1=3.

En la segunda mitad del siglo XIX, llegó el «frenesí de lo visible. ¿Hasta qué punto podemos llegar a olvidarnos de nosotros mismos, de nuestra conciencia, mientras miramos? ¿Es posible desconectar y apagarnos cuando miramos? ¿Podemos llegar a ser meros «ojos transparentes»? Este fue el anhelo de Rousseau. También el de Emerson: «Me convierto en un ojo transparente. No soy nada; lo veo todo; la corriente del Ser Universal me recorre».

Con el siglo XX irrumpe lo que el autor denomina el «ojo cercenado», encarnado en la perturbadora imagen del ojo seccionado en Un perro andaluz. Roto el dique de imágenes, el tsunami de imágenes supuso una inundación visual del ojo. Fue entonces cuando los «consumidores visuales» pasaron a ser «productores visuales».

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