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Oscar Tusquets, el renacido

El arquitecto derrocha inteligencia y buen humor en el libro Pasando a limpio

El arquitecto Oscar Tusquets en Benidorm.

El arquitecto Oscar Tusquets en Benidorm. david revenga

No sé si ustedes han leído libros de Tusquets. Acabo de coger de mi biblioteca tres: Todo es comparable, Más que discutible y Dios lo ve. En todos ellos derrocha inteligencia, elegancia y una capacidad de observación, principalmente en el campo del arte, que hacen de sus páginas una delicia. Todos ellos además traslucen una vida de dandi (él nos explica la diferencia con el snob) de bon vivant y nos muestra, por ejemplo, cómo recorre Inglaterra con su clásico descapotable. Todos ellos también enseñan su amor inquebrantable por la figura de Salvador Dalí a quien trató con asiduidad. Su veneración por el arquitecto José Antonio Coderch también aflora, Jorge Wagensberg, el científico, Miguel Milá, el gran diseñador. Es agradecido y un enamorado de sus amigos. Este nuevo libro tiene algunos capítulos a la altura de aquellos primeros, por ejemplo el ensayo que rodea la figura de Antonio López y su representación curva de las rectas, vamos, lo complejo de la perspectiva y lo que la propia forma del ojo le transmite. También exquisita la disquisición sobre las Meninas, sobre su modo de exponerse ahora y la primera vez que las vio en El Prado, sobre los reflejos, sobre el aire que contiene el cuadro. En varios momentos denuncia el mercantilismo al que ha llegado el arte, poniendo a Jeff Koons y Damian Hirst como mercaderes claros que todos conocemos.

Otro capítulo lo dedica a una de las construcciones que más he disfrutado, la Casa Malaparte que visitó en muchas ocasiones. Otros tramos del libro van recogiendo citas, muy certeras, no solo de pintores y poetas, filósofos y textos sagrados, también de toreros y científicos. Leí Pasando a limpio entre aeropuertos y cafeterías y mis carcajadas, que en otros libros suyos eran sonrisas educadas, hacía que los penitentes viajeros a la espera de sus vuelos girasen sus cuellos hacia mí. La razón es que este libro lo escribe un Tusquets renacido, que a sus setenta y siete años tiene dos gemelos de once, y una dona alrededor de los cincuenta. Por eso ocupan páginas del libro visitas a centros comerciales perdiendo a los retoños, la locura de comprar un teléfono móvil en unos grandes almacenes. Como diría el propio Tusquets: pijadas. Lo encuentro más procaz, me siento leyéndole más viejo que él y no me acostumbro a ver palabras zafias campando por sus páginas, y por sus pensamientos que tanto respeto. Por otro lado, desde su posición, se permite licencias que otros no pueden concederse. Arremete contra la nueva cocina, cuyos oficiantes no le dejan comer contándole tantas cosas, cuando su único interés es conversar con los amigos que se sientan a la mesa. Sigue siendo del Barça a pesar de su deriva independentista; mantiene viva su pasión por los toros, que echa de menos en Barcelona.

Elogia a los pakistaníes que arreglan móviles pero llamándolos paquis. Y tampoco se priva, casi nunca, tras citar el nombre de alguna artista o escritora de valorar si es guapa, atractiva, las mujeres que tuvo en su etapa del sesenta y ocho, las azafatas de antes y situaciones más duras, aunque asume después la incorrección de lo que escribe. Como saben la vida siempre supera la literatura. En su libro citado antes, Dios lo ve, parte de una anécdota de Lutyens, el arquitecto inglés que hizo los maravillosos edificios del Virrey en Delhi, que corrige un plano a un delineante porque un alzado hacia un patio no estaba en correspondencia con el resto del edificio. El dibujante se disculpa diciendo que nunca se verán a la vez, y Lutyens le contesta que «Dios lo ve». Pues uno de los edificios que ilustran ese libro es su ampliación del Palau de la Música de Barcelona, y está ahí por un patio que está perfectamente acabado por Domènech i Montaner a pesar de no ser visto cuando se hizo. No esperaba el arquitecto-escritor que no solo Dios, sino «todo dios» se enterase de lo que se hizo con los dineros del Palau por parte del señor Millet (que en Barcelona llamaban Pillet). Díaz, el entonces socio de Tusquets al que nadie conocía hasta que hubo que comerse el marrón y que no aparece en ninguno de estos libros suyos, era el que iba a los juicios con otros libros: los de cuentas. Vamos, que Oscar Tusquets no es políticamente correcto, como ven, y menos en su entorno, pero que nos regala, de nuevo, algunos momentos muy felices, simplemente leyendo.

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