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Alter ego

Carlos Giménez cierra su Trilogía del crepúsculo con la publicación de "Es hoy"

Alter ego

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Para el común de las personas, la muerte provoca miedo. Un temor tan abstracto como inasumible: el fin de la vida es lo único que sabemos ineludible, pero la nada que se abre tras el instante del último suspiro ha espoleado la mayor obra del ser humano. Se llamen mitologías, religiones, supersticiones o creencias paranormales, la humanidad ha creado multitud de vías para responder a la pregunta de qué hay detrás del momento de la muerte. La realidad del cuerpo desposeído del latido y del calor que nos hace personas se evita y se esconde tras ficciones que aspiramos sean ciertas. Nadie sabe si lo son o no, pero la única verdad es que hay un grupo de personas que no miran a la muerte de la misma manera: los artistas. Los creadores saben con seguridad que su final no está marcado por el día de su último respiro, que sus obras perdurarán en el tiempo y que su memoria se construirá a través de sus relatos. Quizás por eso el creador no tiene miedo a la muerte, sino al camino que le aleja de esa trascendencia. El final de un artista no está marcado por el día que deja el mundo de los vivos, sino por su crepúsculo, por el momento en que cesa de imaginar ficciones, en el el mundo ya no se transforma a través de su obra. La paradoja es cruel: el artista sabe que es inmortal a través de sus obras, pero es consciente de que puede ser el único humano que realmente puede ser muerto en vida. Sin el aliento de la creación, el artista deja de ser: vive, pero no existe.

Pocos, muy pocos artistas se han atrevido a ahondarse en ese espacio cruel y perturbador. Pero Carlos Giménez se ha caracterizado siempre por su valentía: fue pionero de la memoria histórica recordando su infancia en los hogares del Auxilio Social con Paracuellos. Una obra magistral a la que siguieron testimonios tan variados como los avatares de la profesión de dibujante en Los profesionales, el relato de la transición que firmó junto a Ivà en España Una, Grande y libre o el durísimo grito contra la guerra de 36-39: Malos tiempos.

Cercano a los 80 años, su mano sigue firme con el lápiz, pero su compromiso le ha llevado a asumir un doloroso ejercicio: el de acercarse al final del creador, del ser humano. Con Crisálida y luego con Canción de Navidad, inició una Trilogía del crepúsculo que cierra ahora con Es hoy (Reservoir Books), con la que explora, a través de su sempiterno alter ego Pablito, los últimos momentos de la vida. Y lo hace sin piedad, explorando los recuerdos fragmentados que le llegan del pasado, reivindicando las ideas que siempre ha defendido y que parecen encajar mal en un mundo que huye hacia delante sin cabeza, reflexionando sobre el paso del tiempo. El jodido paso de un tiempo que viene siempre acompañado de pasados que nunca podremos cambiar, de arrepentimientos que no tiene quién los reciba ya. Pocos son capaces de transmitir sensaciones con el trazo como lo hace Giménez, y eso hace más dura la lectura: porque como bien ha dicho en muchas entrevistas, lo que leemos no es su vida, es la del imaginario Pablo. El problema es que todos y todas somos en parte Pablo. Es imposible no verse reflejado en algún comportamiento, en alguna frase, en alguna mirada: y entonces no hay vuelta atrás. La magistralidad de Carlos Giménez reside en su infinita capacidad de hacernos sentir lo que dibuja y, de repente, somos también los dibujados. Nuestras reflexiones son también las suyas y, de repente, nos damos cuenta de que ya no hay salida: es hoy.

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