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COMPLICIDADES

Umbral de lejanías

Umbral de lejanías

Umbral de lejanías

La semana pasada vi en Filmin la extraordinaria película de Charlie Arnáiz y Alberto Ortega, Umbral: anatomía de un dandi, y se me quedó en los labios y en la conciencia un sabor agridulce.

La dulzura proviene de que la película -es mucho más que un documental, se trata de alta ficción cinematográfica- posee un ritmo hipnótico, una hondura de análisis que deja sin aliento, y un retroceso reflexivo (como las armas al ser disparadas) que nos obliga a seguir pensando en ella después de haberla visto.

Lo agrio, lo amargo, nos lo proporciona la imagen de conjunto que cristaliza en el espectador acerca de la figura de Umbral, la última gran vedette de la literatura española. Creo que la idea última es la de que sólo a Francisco Umbral le hubiese gustado ser Francisco Umbral. Quienes hablan de él en la película (Manuel Vicent, Raúl del Pozo, David Gistau, Antonio Lucas, Ángel Antonio Herrera) se ven forzados también, por la imantación del personaje, a umbralizar. Acaban recordándolo con admiración, con asombro, con curiosidad, con divertida añoranza, pero no con cariño, con amor de amigo. Ni siquiera su mujer, María España Suárez Garrido lo hace. No quiero decir que no se lo tuviesen, sino que no lo manifiestan.

Parece que es cierto, como dice el propio Umbral en la película: el éxito está vacío. Y eso resulta especialmente triste en alguien que se tomó la literatura como una competición sociológica en la que había que ocupar un supuesto trono, como una guerra verbal de él contra el mundo.

Creo que la fabricación del personaje de Umbral (siempre más figurón que figura, más afantasmado que persona, más máscara que rostro, más lejano que próximo) se fragua en una visión de clara estirpe romántica: el rebelde herido, el que se sueña un indio sioux (aunque gane todos los premios ministeriales y escriba en El País), el disfrazado de sí mismo con su bufanda roja. Bebió además en una escuela de maestros próximos (González Ruano, Cela) que le inculcaron la concepción de la literatura como una revancha contra el universo, como la necesaria victoria del advenedizo en los mentideros de la capital. Una concepción que pensaba más en el público que en los lectores.

Fue un extraordinario escritor sin género, como él mismo dijo -con su puntería infalible para todo lo que amaba-, de Ramón Gómez de la Serna, otro dandi, otro artista del circo. Aunque la fuerza de su estilo es de naturaleza verbal (sus deslumbrantes invenciones, sus cócteles de lirismo y jerigonza, su abrupta adjetivación) no fue un verbalista -como sí lo fue Cela tantas veces-: en su prosa hay siempre una profunda voluntad de indagar en lo humano, aunque sea a través de su confeso autobiografismo inflexible.

Como otros enormes prosistas, fue un poeta que no supo ni quiso ceñirse a los poemas. Nunca lo conocí, aunque me hubiese gustado, porque en mi juventud lo leí con entusiasmo incondicional. Algunos amigos míos de su generación no lo soportaban, y aventuran que yo no lo hubiera tragado tampoco. Otros amigos más jóvenes me dicen que habríamos hecho buenas migas, porque saben que colecciono rarezas humanas. Lo triste no es que el éxito esté vacío: es haber dedicado una vida a averiguarlo.

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