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¿Cultura o circenses?

Figuras destacadas de la política y la mayoría de los medios han tratado a Hasél como si fuera un ejemplo legítimo de creación cultural, cuando obviamente es todo lo contrario

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El término «cultura» viene del verbo latino «colere» –cultivar-, y quiere decir «educación». El término es antiguo, pero la generalización de su uso, en el sentido que le damos hoy, es moderna. En el «Tesoro de la lengua castellana y española» (1611) de Covarrubias, que fue el primer diccionario monolingüe de una lengua romance publicado en Europa, el vocablo «cultura» no tiene todavía entrada propia, pero aparece ya, aunque de manera marginal, como derivado de la entrada «cultivar». «Propiamente –escribe Covarrubias- cultivar es labrar la tierra», y tras esta definición cita, como derivados, aunque sin definirlos, los términos «cultivado, cultura, agricultura» y la expresión «cultivar el ingenio», en la que se implica ya la metáfora que dará nacimiento al sentido moderno del término. Una décadas más tarde, Noydens, en las adiciones a su segunda edición de Covarrubias (1678), sigue ignorando «cultura», pero da entrada al término «culto», para referirlo, en el sentido de «pulido o trabajado», a un cierto tipo de lenguaje literario que se puso de moda en el siglo XVII.

La equiparación de «cultura» con el ejercicio de las artes y con el concepto de educación fue resultado de un lento proceso que culminó a finales del siglo XVIII en la obra filosófica de Schiller, particularmente en sus famosas «Cartas sobre la educación estética del hombre» (1795). Según el poeta alemán, la experiencia estética obtenida a través de las artes (Schiller piensa sobre todo en el teatro) constituye el principal instrumento para el desarrollo de la libertad y para la educación humana. Conviene precisar que el concepto de libertad de Schiller es el de Kant: libertad como autodeterminación, es decir como liberación respecto de las fuerzas exteriores (incluyendo entre ellas las procedentes de la naturaleza). Y conviene también advertir que, para él, la experiencia estética ejerce su efecto educador en la medida en que es puramente estética. Depende de la forma de la obra de arte, no de su «mensaje». Es esa forma la que debe ser autodeterminada; la que no debe depender de intereses ajenos al arte como tal.

La importancia creciente que, a lo largo del siglo XIX, iban a tener las artes y la cultura corre en paralelo con la influencia prolongada del pensamiento de Schiller y de otros pensadores posteriores, como Hegel o Ruskin y se apoya en un proceso de modernización económica, social y política que acabó transformando profundamente las sociedades europeas de la época. En el siglo siguiente, conforme se extendía y ampliaba el proceso de modernización, la asociación schilleriana entre la experiencia estética y la construcción del hombre se mantuvo en el pensamiento de filósofos como Heidegger, Sartre, y otros muchos, aunque fuera ya del marco conceptual kantiano. Pero por otra parte, y ya desde el siglo XIX, apareció un fenómeno nuevo, un cierto tipo de producción que revestía la apariencia de arte, pero que se situaba en el extremo opuesto de la noción schilleriana de educación estética. El mal gusto, el «kitsch», fue una de las caras de ese fenómeno. Ruskin lo denunció como resultado de la alienación del trabajo en la sociedad industrial. En el sigo XX ha sido condenado porque implica la subordinación del arte a las leyes del mercado, o a su aceptación por un público masivo no educado. En este último sentido su precedente lejano se encontraría en lo que en la Roma imperial antigua se denominaban «circenses»: espectáculos que se ofrecían en los circos romanos para mantener entretenido (y, así, neutralizado) al numeroso excedente de población desintegrada que se acumulaba en la capital del imperio. Evidentemente nuestras «circenses» modernas son el polo opuesto a lo que en los tiempos de la Ilustración se consideraba cultura.

En el siglo XX el flujo de las circenses no cesó de crecer. El proyecto del Movimiento Moderno en arquitectura, pintura, literatura y música se centró en combatirlo desde el ámbito de una cultura pura, cuya influencia benéfica debía alcanzar a toda la humanidad. Por desgracia el Movimiento Moderno entró en crisis, la modernidad comenzó a ser sustituida por la postmodernidad y hoy en día las circenses se han convertido en un fenómeno omnipresente y omnipotente. Un ejemplo del peso que han llegado a adquirir entre nosotros lo encontramos en el caso reciente del cantante Pablo Hassel: un típico representante de mundo de las circenses, cuya aportación a la educación estética de la humanidad ha quedado contundentemente ejemplificada en las pedradas con las que sus seguidores han atacado las vidrieras del Palau de la Música de Barcelona.

Sé que estas cosas pasan y han pasado a lo largo de la historia y que dentro de unos meses nadie se acordará del cantante en cuestión. Lo que no puedo entender es el tratamiento público que se ha dado a todo el asunto. Asombrosamente, muchas figuras destacadas de la política y la mayoría de los medios de comunicación han tratado a Hassel como si fuera un ejemplo legítimo de creación cultural, cuando obviamente es todo lo contrario.

Lamentable. Por desgracia, detrás del auge de las circenses y del proceso de erosión de la cultura que traen consigo hay fuerzas muy poderosas. Fuerzas íntimamente imbricadas en las estructuras profundas de la economía y del poder. Como hemos visto, el mal viene de lejos y nunca ha cesado de crecer. Hace cuarenta años, por ejemplo, en los comienzos de la democracia española, los Ministerios de Cultura se ocupaban principalmente de cultura; hoy me temo que los recursos y el tiempo de ese departamento del Gobierno se dedican principalmente a las circenses. En aquella época las páginas de cultura de los periódicos españoles se dedicaban principalmente al arte, la literatura, la música, el teatro y el cine; hoy la mayor parte de su espacio lo ocupa la promoción comercial encubierta de productos seudoculturales más o menos adscribibles al ámbito de las circenses.

¿Qué se puede hacer? Me temo que poco. Que se me permita, al menos, dirigir un ruego a los políticos y a los medios de comunicación que tanto se han agitado en el caso del cantante Hasél. La cultura no da votos ni beneficios empresariales. Déjenla en paz. Si creen que pueden encontrar votos o beneficios en las circenses, allá ustedes. Pero no usurpen el nombre y el concepto de cultura. No aumenten la confusión y el daño.

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