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Música para un poeta

Hoy se conmemora el 79º aniversario de la muerte en una cárcel de Alicante de Miguel Hernández, el autor oriolano rescatado por Joan Manuel Serrat en 1972

Joan Manuel Serrat, en 1972;
su disco Miguel Hernández, y dos
imágenes del poeta oriolano.  | ILUSTRACIÓN DE J. L. F.

Joan Manuel Serrat, en 1972; su disco Miguel Hernández, y dos imágenes del poeta oriolano. | ILUSTRACIÓN DE J. L. F.

Un 28 de marzo como el de hoy, pero de 1942, el día amaneció con hedores de herida. Las heridas son abismos que separan la sangre del cielo, una orilla de otra, un tiempo de otro tiempo. Una herida sin sellar es una cuenta pendiente con los falsos cirujanos de la Historia. Una herida cerrada es un puente construido con perdón y cicatrices, con besos de ceniza. A fin de cuentas, la vida es una sucesión de puntos de sutura que se parece mucho al camino de las hormigas o a las huellas que dejamos al andar sobre la arena.

Esta misma semana hablé a mis alumnos de aquel 28 de marzo de 1942 y de un poeta, y les recordé que una de las heridas más luminosas del siglo que dejamos, en términos dolientes, en términos poéticos, en términos de aberrante injusticia, fue la muerte de un escritor condenado a las sombras de una prisión. Les hablé de Miguel Hernández y de esa Senda del Poeta que esta primavera, como la pasada, no podremos recorrer junto a miles de peregrinos por culpa de un virus que no entiende de versos ni de besos ni de abrazos. Precisamente un día como hoy, tercera etapa del camino poético, los senderistas, tras el último descanso en el campus de la Universidad Miguel Hernández de Elche, llegaríamos a Alicante, a su cementerio y a la tumba de Miguel dejando atrás un paisaje emocionado de recuerdos, de canciones, de voces, de silencios, de caminos. Les hablé de hacer esa senda poética de forma virtual, desde el corazón, y concluimos la clase escuchando el poema «Para la libertad (El herido)», como un anticipo de lo que un día como hoy, 28 de marzo, debería significar para todos.

Música para un poeta | INFORMACIÓN

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Mis alumnos y yo teníamos claro que era necesario recordar un hecho que nunca debió ocurrir: el adiós prematuro de Miguel Hernández por causas oficialmente naturales (enfermedad pulmonar) y por motivos extraoficialmente tan repudiables como la venganza, la inquina o el homicidio —involuntario o no— llevado a cabo por aquellos que siempre presumieron de haber salvado su alma.

Jamás imaginaron esos mismos verdugos que la vileza de abatir y liquidar de la memoria a un poeta como Hernández tenía los días contados. Pese a su desaparición física, al cabo de unos años, Miguel iba a regresar transformado en un órgano literario que ya no dejaría de latir, de crecer y de expandirse entre cientos de miles de lectores. Esa labor de rescate se debió y se debe a unos cuantos románticos que, desde la investigación literaria, la música, el amor a un poeta o el deber moral de reparar una infamia, hicieron visible lo hasta entonces invisible y prohibido. De ese tiempo y de los años que vinieron es de justicia recordar a aquellos y aquellas que esparcieron la obra de Miguel musicando sus poemas o prestándole su voz.

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Paco Ibáñez, Elisa Serna, Víctor Jara, Joan Manuel Serrat, Enrique Morente, Luis Pastor, Los Lobos, Paco Curto, Jarcha, Soledad Bravo, Joan Baez, Amancio Prada, Alberto Cortez, Adolfo Celdrán, Silvio Rodríguez, Nana Mouskouri, Manuel Gerena, Lole y Manuel, Mercedes Sosa, Paco Damas, Inés Fonseca, Fraskito, Esmeralda Grao, José Mercé, Carmen Linares, Niño de Elche, Nach, Miguel Poveda, Begoña Olavide o Javier Bergia son solo algunos de los 250 compositores e intérpretes que han cantado a Hernández, que han puesto música a 168 poema suyos y han grabado 230 discos entre 1967 y 2020.

Sin embargo, de todos esos nombres, la tarea más rotunda, por su alcance, su sentido, su profundidad y su insólita repercusión en la sensibilidad de un pueblo engañado, fue la realizada por Serrat. Así se lo trasmití a mis alumnos hace unos días. Les recordé que el joven cantautor contaba en 1972 con tres discos grabados en catalán (Ara que tinc vint anys, Cançons tradicionals y Com ho fa el vent) y con cuatro editados en la lengua oficial de una España regida aún por el dictador: La paloma, Mi niñez, Mediterráneo y el Dedicado a Antonio Machado. No es tema baladí que cuatro años atrás, en 1968, Serrat hubiera protagonizado un asunto un tanto espinoso. Televisión Española había designado ese año a Joan Manuel Serrat para representar al país en el Festival de Eurovisión, en este caso con la canción La, la, la. El cantante aceptó, siempre y cuando pudiera interpretar la composición en su lengua materna, el catalán; algo que la entidad pública no iba a permitir y que provocó finalmente la renuncia del joven. No sabemos hasta qué punto un hecho así ejerció en Serrat el efecto contrario al esperado: volcó su talento y su pasión en dos poetas que se expresaron en la lengua de Cervantes y que, por su significación ideológica y humana, eran todo un símbolo de lucha por las libertades y el paradigma de una República desaparecida décadas atrás.

Música para un poeta

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Los que nacimos en los 60 éramos niños cuando en el tocadiscos de casa comenzaron a sonar, como una afrenta contra el régimen, los poemas de don Antonio Machado, con sus moscas, su señorito andaluz, su retrato y sus coplas y cantares. Fue a mis once años cuando el segundo disco, dedicado a un poeta especialmente opacado por la dictadura, me cogió más despierto, alentado sin duda por un maestro de escuela que, de vez en cuando, purgaba sus sueños de libertad durmiendo en la comisaría del barrio o pasando algún mes en la prisión alicantina de Benalúa, la misma en la que Hernández vivió y o malvivió sus últimos días.

El disco que Joan Manuel Serrat dedicó al pastor de Orihuela en el 72, tal y como comprendí años después, más que un extraordinario trabajo musical o un homenaje a uno de los poetas del sacrificio, fue un acto de amor, de esos que raramente se dan entre dos seres que jamás se conocieron, pero cuyo destino es encontrase alguna vez, más allá de un tiempo y de un lugar.

Miguel Hernández reunía todos los méritos para herir de lleno la sensibilidad de Serrat. «Es un poeta fundamental —confesaba el cantautor en 2009 a la periodista Olga Briasco—. Los poetas fundamentales no están encerrados en un tiempo, les ocurre que su poesía trasciende de su contexto histórico porque su obra está arraigada en los elementos fundamentales. En el caso de Hernández estos son la tierra, el cielo, los pájaros, la naturaleza, el mundo sólido en el que planta toda su poesía y desde la que la lanza al mundo».

Música para un poeta

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No sabemos con certeza si Serrat fue consciente de que su disco también iba a lanzar al mundo, con una fuerza arrolladora, los versos de un poeta altamente desconocido, empezando por sus paisanos, por un país hasta entonces huérfano de su obra y de su peripecia vital. Hablamos de un disco que vio la luz treinta años después de la muerte del autor de El rayo que no cesa y de que, apenas tres años más tarde, cuando falleció el dictador, poemas como Canción última y El niño yuntero ya se cantaban en las universidades y en las escuelas. La sensación que guardo, como tantos jóvenes de entonces, es que de la mano de Joan Manuel Serrat habíamos descubierto la obra y la aventura intensa y desdichada de un poeta que nos habían robado de la historia.

79 años después de aquel 28 de marzo que amaneció con hedores de herida, el milagro de la música, de la cultura, de la educación y de la libertad permite que un centenar de alumnos escuche durante una clase (mitad presencial, mitad telemática) poemas como Nanas de la cebolla y se estremezcan.

79 años después de una muerte absurda, tristísima, me hace muy feliz compartir la experiencia y la verdad de que los versos de Miguel Hernández siguen vivos en el tiempo, siguen dando sentido a grandes y pequeños momentos de eso que llamamos vivir; siguen abriendo sendas reales o virtuales, con pandemia o sin ella.

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