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Grave, pero no tanto

Óscar Tusquets en la 
playa de Poniente de 
Benidorm. david revenga

Óscar Tusquets en la playa de Poniente de Benidorm. david revenga

¿Cómo puede Óscar Tusquets decir, con la vida que lleva, que «vivir no es tan divertido»? Hay que tener en cuenta que estudió en un colegio alemán de Barcelona y que, en la filosofía de Schelling, la vida entera está en un momento cumbre y lo demás es degradarse y empeorar. Para mí, ese momento pleno de Tusquets sería «Pantellería» (vivienda muy integrada entre bancales en esa isla italiana, con Clotet). Aunque dice que las personas y animales nos degradamos con el tiempo, pero no los árboles, tan feos y despeinados cuando los plantamos; con los años son cada vez más guapos. Escribe que las mujeres llevan peor la vejez por el poder que tuvieron de jóvenes, y se retrata, ya que la maravillosa vida que llevó –y vemos en estas líneas que son, sin querer llamarse así, una autobiografía– hace que la vida peor que la vejez encierra le resulte una mayor carga a él que la lleva. Va a cumplir 80 años. Serrat le cantaría «fa quaranta anys que tinc quaranta anys».

Grave, pero no tanto

Aquel cuadro precioso suyo que representa a una mujer en cuclillas cogiendo algo de la nevera, iluminada en la noche por la luz mortecina del frigorífico. Pensamos que esa «dona» quizá se levantó con hambre tras el amor nocturno, o quizá se desveló por el café tras la cena de turno… Si ese cuadro hoy estuviera vivo, si Óscar fuera Dorian Gray, que quizá lo es, nos mostraría no a la mujer, sino al Tusquets que se levanta, más por la vejiga que por el hambre, más por el desvelo que por el sexo.

Es un libro este para los muy «barceloneros» (¡como yo!) y remite a la época de Últimas tardes con Teresa, a tranvías, lugares que ya no existen, y también, con pena, a muchas de sus obras destrozadas. No cita a Carmen Laforet, que a mí me parece tan evocadora de la ciudad que fue, y sí a Petrarca, a Montaigne y, como siempre, a Pla, a Woody Allen, a sus amigos Mendoza, Wagensberg, a su maestro Leopoldo Correa… Óscar, ya de pequeño, quería ser Michelangelo, y de mayor, es pintor, diseñador, arquitecto y escritor, y en todas las facetas ha exprimido su vida, que ha valido la pena, y seguirá tan plena. Como apunta: los arquitectos buenos son longevos, cita a muchos: Niemeyer (105), Philip Johnson (98), pero se olvida de Ieoh Ming Pei (102), el de la pirámide de Louvre.

El tema del final lo sobrevuela todo. No es de aquel patetismo de Reflexiones ante la muerte de Fisac, pero está siempre presente en estas líneas, que, aunque disfrace con el título, son graves. Empieza con los cementerios de Normandía y los edificios de su admirado Lutyens, habla de la muerte de amigos (Dalí, Enric Miralles…), de sus padres, de la gente que fue perdiendo en su estudio. Cita, como receta para una buena vida, la inscripción del oráculo de Delfos: «Nada en exceso».

Dice que en la vejez lo que preocupa es el frío y no caerse; y que si estas al sol puedes enfermar de la piel, en la que salen manchas, y si no estás, te faltan vitaminas. Vamos, habla de lo prosaico, sobre todo al final, y nosotros queremos oírle, como en la primera parte, hablando del muchacho que viaja por Europa, que adora «diosas vivas» en bikini en la Costa Brava. De aquella alemana que tenía una granja de pollos y los mata salpicando su bata con su sangre.

Pero no falta tampoco el Tusquets conflictivo. La palabra ·coñazo·, lo que piensa de las olimpiadas paralímpicas, de las motos de agua (¡y qué razón tiene!), lo que piensa de Jordi Pujol, del covid, lo que piensa de la eutanasia, de los toros… Belmonte, no bel morte, su muerte. Óscar Tusquets nos dice los viajes que ya no hará. Y yo le pido, por si leyera esto, que se vaya a la India, que disfrute de su Lutyens en Nueva Delhi, que vea el Rajastán, Fatehpur Sikri, Amber o Chandigarh… Óscar, pégate un homenaje, uno más, disfruta del paisaje, los colores, la luz… ¡Déjate de cementerios en Normandía y celebra la vida!.

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