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¡Uy qué miedo!

¡Uy qué miedo!

¡Uy qué miedo!

Allá por los años 40 y 50, el cómic protagonizó en los EE.UU. una evolución rapidísima amparado en su consideración de producto de masas. Las historietas saltaron de los periódicos a los comic-books, donde los géneros ganaron una partida que atraía a los lectores con absoluta devoción. Los superhéroes fueron el rompehielos de un formato que pronto fue tomado por otras temáticas como el crimen, el romance, el western o el terror, dirigiéndose en muy poco tiempo a un lector adulto muy alejado de la imagen infantil asociada a los tebeos. Una desviación entendida por una parte de la sociedad como un peligro para la infancia y juventud, que se resolvió con quemas públicas de cómic y unos códigos de autocontrol industrial draconianos, como bien narra David Hajdu en La Plaga de los Cómics (EsPop Ediciones, traducción de José Mª Méndez). Pero de esa época quedó una forma de entender el género que tuvo su gran exponente en los cómics de la editorial EC Comics: bajo la dirección de Max Gaines se arremolinó uno de los colectivos de autores más brillantes de la historia del cómic, que llevaron la historieta a otros límites. Al Feldstein, Harvey Kurtzman, Jack Kamen, Wally Wood, Jack Davis, Bernard Krigstein o Frank Frazetta fueron algunos de los nombres que cambiaron las reglas de una aventura que se abría a la reflexión más allá de la moralina y que, en el caso del género de terror, rompían toda regla establecida. Sin renunciar a todo el imaginario tradicional de monstruos que llegaban de la literatura popular, los autores de la EC fueron conscientes de que el lenguaje de la historieta no podía trasladar el miedo con los mecanismos del cine o la literatura y que necesitaba encontrar otra forma de espantar. Y lo hicieron, descubriendo las más horrorosas monstruosidades en el ser humano, en su perversa capacidad para el dolor y el daño. Las historietas de cabeceras como Tales from the Crypt, House of Fear o Vault of Horror conseguían la sorpresa de los lectores, pero también el escalofrío ante unos personajes cuya mirada abría abismos maléficos e insondables. Casi siete décadas después de aquellos primeros miedos, las historietas de la EC siguen teniendo una fuerza irresistible, potenciada por una aureola de cultura pop y por ser la base de la digresión y provocación que se encarnaría en el cómic underground de los años 60. La editorial Diábolo se lanza a la necesaria recuperación de estos cómics, comenzando con la publicación integral de los tebeos de horror en la colección Tales from the Crypt (traducción de Santiago García). Hay que destacar la exquisita tarea de la editorial, que ha rehecho la reciente edición americana (con unas decisiones de coloreado digital muy cuestionables) para conseguir una de las ediciones más fieles a la original que se recuerda. Sin duda, uno de los acontecimientos editoriales del mundo del cómic.

¡Uy qué miedo!

Y, ya puestos a hablar de terror, no está de más recordar que el otro gran reino del terror ha sido desde siempre el manga japonés. Autores como Kazuo Umezz o Hideshi Hino sentaron las bases de una forma de entender el terror tan refinada como impactante que se basaba en el la exploración de los miedos más primordiales del ser humano. Posiblemente, uno de los discípulos más importantes de estos dos autores sea Junji Ito, un autor que en sus obras explora esas mismas simas de depravación que esconde la humanidad, encontrando lugares donde el horror es el sentimiento más amable que vamos a sentir. En Lo mejor de Junji Ito (ecc ediciones, traducción de Olinda Cordukes) se recopilan diferentes relatos cortos, donde el autor de obras maestras del género como Uzumaki explora diferentes posibilidades, desde la adaptación de clásicos de Edogawa Rampo a historias desasosegantes que quedan como un sonido de pesadilla de fondo en nuestro cerebro y que vuelven a través de imágenes imposibles de olvidar.

¡Uy qué miedo!

Dos obras recomendabilísimas para tener hermosas pesadillas.

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