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Abrazando a la leyenda

Ilustración de Sara Morante.

Ilustración de Sara Morante.

Un icono. Estamos necesitados de ídolos, aunque sean frágiles. En esta sociedad en que la apariencia es más importante que la esencia, el ejemplo a seguir se difumina entre todos los estímulos que recibimos. La poesía no está exenta de estas iconografías. A lo largo de la historia han existido autoras y autores que han marcado tendencia en los de su generación y en toda la estirpe posterior. Toda obra lírica bebe de unas fuentes, las musas muchas veces son compartidas por distintos artistas, aunque cada uno imprima su impronta. La poesía no deja de ser una adoración a la vida.

Abrazando a la leyenda

Abrazando a la leyenda

Ariel, de Sylvia Plath, editado por Nórdica libros con traducción de Jordi Doce y con maravillosas ilustraciones de Sara Morante, no es una novedad editorial en sí, pero sí es una celebración. Plath es un referente para cientos o miles de poetas de todo el mundo, que ven en ella el reflejo de la literatura testimonial, pero Plath es un claro ejemplo de poeta atormentada, cuyo destino le ha venido grande, excesivamente grande, y la anula. Ariel es su último poemario escrito, publicado de forma póstuma, y contiene algunos de sus poemas más famosos como Daddy y Lady Lazarus. Sylvia Plath abre fuego con el poema titulado Morning song (Albada): «El amor te dio cuerda como un reloj de oro macizo. / La mataron te dio palmadas en los pies, y tu grito pelado / se incorporó a los elementos. / Nuestras voces resuenan, amplificando tu llegada. Nueva estatua / en un museo destemplado, tu desnudez / ensombrece nuestra seguridad. Te rodeamos expectantes como paredes».

Ariel es la consagración de una poeta de las entrañas. No pasa de puntillas, la autora se sumerge en su mundo con una delicadeza y con una visión lúcida y metafórica del mismo. Plath es una virtuosa del lenguaje y Ariel es posiblemente una de las obras cumbre de la literatura inglesa. El poema titulado Daddy (Papi) es un ejemplo del universo Plath: «Ya no, ya no, ya no me sirves, / negro zapato / en el que llevo treinta años / viviendo como un pie, blanco y pobre, / sin atreverme a respirar o achís. / Papi, he tenido que matarte. /Moriste antes de tiempo, de mi tiempo: pesado como el mármol, saco lleno de Dios, / estatua pavorosa con un dedo del pie / tan grande y gris como una foca de San Francisco / y una cabeza en el voluble Atlántico / donde discurre verde judía sobre azul / en las aguas de la radiante Nauset».

Ariel es el ejemplo de una poesía que intenta ser imitada con mejor o peor fortuna. Intentar ser Sylvia Plath, incluso parecerse, puede resultar un estrepitoso fracaso. Plath tiene una voz propia, sus iconos rompen con toda tradición e incluso aportan figuras tan novedosas que resultan adelantadas al tiempo que le tocó vivir. Un claro ejemplo de ello es el poema Lady Lazarus (Señora Lázaro): «Lo he vuelto a hacer. / Cada diez años / lo consigo: / especie de milagro andante, mi piel / relumbra como la pantalla de una lámpara nazi, / mi pie derecho / es un pisapapeles, mi rostro, / buena tela de lino /judía, sin adornos».

Esta edición de Ariel con traducción de Jordi Doce es, posiblemente, la mejor traducción que se ha realizado del libro póstumo de la obra de Plath. Doce no solo acopla el castellano al lenguaje original, además conserva el ritmo que imprime Sylvia en los versos. Como he mencionado antes, Ariel es posiblemente una de las obras cumbres de la literatura inglesa, pero se podría afirmar que esta traducción es la obra definitiva de la escritora estadounidense. La edición de Nórdica va a ser un referente en posteriores traducciones. Jordi Doce conoce tanto el mundo anglosajón que se mimetiza y sabe condensar las palabras adecuadas en cada traducción. Estamos ante un acontecimiento literario y ante una preciosa obra, digna compañía para este verano que ya nos abraza.

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