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Tú eres tu monstruo

Eduardo 
Boix.

Eduardo Boix.

Eduardo Boix (Elche, 1980), conocido de estas páginas por su labor de crítica literaria principalmente poética, es autor de varias publicaciones tanto de poesía, como Últimas jornadas en el paraíso y Prozac, Trankimazin y otros parques infantiles como de narrativa: la novela Mi funeral, el diario Los confinados y la compilación de relatos de publicación reciente Columna del miedo. Y ahora tenemos La estirpe, de ambigua atribución genérica, puesto que linda sin duda con el ensayo o las memorias.

Pero ¿de qué trata exactamente La estirpe? Es un libro que derrama cavilaciones en voz alta en una prosa de estilo llano, absolutamente fluida y sin pretensiones, sobre temas que obsesionan a su autor. Es, por tanto, semejante a un fluir del pensamiento de una honestidad que desarma. ¿Y qué temas son esos? El dolor y sus cotas, su radio de acción y sus diferentes intensidades; y el enorme peso del dolor que exudan los seres queridos aquejados de una dolencia aciaga que nos salpica a los que estamos cercanos, si la vida así lo considera oportuno, tristemente. Y derivado de este, el tema truculento de la amputación —muy presente también en Columna del miedo— como amenaza a la integridad física y como representación material del dolor. Y finalmente, la muerte, que conlleva el tan temido sentimiento de pérdida y abandono en los que permanecen. A este respecto, hay un pasaje dedicado a los cementerios como lugares llenos de simbología cobijo de los seres inertes.

Otro de los conceptos abordados es el de la culpa, tan arraigada en nuestra conciencia, que nos acompaña —y si aún no lo ha hecho, lo hará— derivada del reproche interno frente a nuestro comportamiento, generalmente en circunstancias adversas, y el desasosiego que emana de no haber reaccionado conforme a nuestro ideal de actuación. Frente a estas ideas de índole específicamente moral y existencial, la visión de Eduardo Boix es siempre luminosa, es decir, él aboga por acostumbrarnos a la convivencia con el dolor y la culpa, e incluso menciona que se nutre de ellas, ya que a veces no se pueden liberar fácilmente. Otros optan por la religión o las terapias alternativas como las que abanderaba Bert Hellinger, a las que se hace alusión en la novela. Pero fíjense en que, sin quererlo, estamos entrando en disquisiciones de calado. A veces me da la sensación, y así lo manifiesta el propio autor, de que ha querido utilizar este monólogo abierto a modo de exorcización de sus fantasmas. Funciona en cierto modo como una imprecación a los lectores, como cuando Boix confiesa, de forma cruda, que pasó por una sequía creativa, e introduce así apuntes de metaliteratura para finalmente expresar sin ambages su pretensión con esta obra: «Mi libro sería, o es, la búsqueda del monstruo». Lo cierto es que el subtítulo, «autobiografía del monstruo», así lo corrobora.

Y el tema de la impostura, esto es, el hecho de construir una vida en torno a la falsedad, y recrear una identidad adulterada en la que refugiarse, a la manera en como Madame Bovary pergeña en su imaginación la vida idílica y privilegiada que no posee —el caso de Don Quijote es mucho más simpático y entrañable a todas luces—. A la manera, también, de los nazis retirados en la Costa Blanca que trató Clara Sánchez en Lo que esconde tu nombre.

Y, por supuesto, versa sobre la maldad, y en este sentido el autor desgrana su particular porfolio de «monstruos», esto es, seres que han supuesto la cristalización de los mayores horrores emprendidos por el ser humano, y la consecuente reflexión acerca de los límites de la maldad humana y el peso que ese estigma entraña para sus allegados. Así, surgen en el relato los nombres de Jean-Claude Romand, José Bretón, Ricardo Barreda, Anglés y Ricart, Ted Bundy y otros; incluso alguno que se cruzó en la vida del autor. Vinculado a todo esto está el concepto de perdón, y la posibilidad por tanto de expiar el rencor funesto. O la venganza, el camino opuesto que también se trata en la obra. Pero también las víctimas de la muchedumbre convertida en un monstruo unitario que antes ajusticiaba con palos y antorchas: los casos de Primo Levi y Reinaldo Arenas. Y apuntes de la imaginería de terror en el cine, con alusiones a La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932), Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984) o El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). En este sentido, la portada de La estirpe recrea un fotograma de Frankenstein; la novela de Mary Shelley llevada al cine por James Whale en 1931.

Al final el autor resuelve de alguna manera que lo que da sentido a todo es la familia. La estirpe, la ascendencia de generaciones, el clan que conforma nuestro carácter. Esta obra nos ayuda a reflexionar sobre la naturaleza humana, nuestras flaquezas y desvaríos; y discurrir sobre esas cuestiones siempre ayuda a la hora de sortear nuestros fantasmas y monstruos particulares, que son de lejos los más peligrosos. Leyendo este libro, redescubrimos finalmente lo que dejó escrito Nietzsche en una de las citas con las que se abre La estirpe: «Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti».

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