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La sirena y el tritón

La sirena y el tritón

La sirena y el tritón

«Este ojo / no es para llorar / su visión / debe ser nítida / aunque haya lágrimas en mi rostro // su propósito es la claridad / no debe olvidar / nada». Adrienne Rich (1929-2012) expone así su programa poético en Desde prisión, uno de los 25 poemas que componen Sumergirse en el naufragio (Diving into the Wreck, 1973), el primero de los dos grandes libros que publicó en la década de 1970. Rich es de sobra conocida en España, donde, aparte de un par de antologías, se han editado, con este, tres de sus poemarios, además de cuatro volúmenes de ensayos. La editorial Sexto Piso y la traductora Patricia Gonzalo de Jesús, que ya habían formado equipo para darnos en 2019 El sueño de una lengua común (1978), repiten ahora la fórmula en Sumergirse en el naufragio (y hay que decir que con idéntico éxito, al menos por la que toca a la excelente versión castellana).

Los lectores avezados a la poesía de Rich encontrarán en este libro poemas de corte muy similar a los que ofrecen El sueño de una lengua común y Rescate a medianoche (Vaso Roto, 2020), aunque el lugar central que la serie Veintiún poemas de amor ocupa en el primero le concede un atractivo extra. Pocas veces la experiencia amorosa ha sido presentada más acertadamente como experiencia, también, regeneradora, como renacimiento que no puede (ni debe) disociarse de la realidad que vive la pareja (felicidad, pues, circunstanciada). La poeta estadounidense vuelve a constatarlo en Sumergirse en el naufragio al incluir como cita portical esta sentencia de George Eliot: «No hay vida privada que no esté condicionada por el contexto más amplio de una vida pública». Y la vida pública, para Rich, ferviente feminista y lesbiana, está esencialmente constituida por el conjunto de factores que socavan la posibilidad de una lectura femenina del mundo. Razón por la cual en 1974 se negó a aceptar a título individual el National Book Award que le había sido concedido por Sumergirse en el naufragio, e hizo frente común con las otras dos poetas nominadas, Alice Walker y Audre Lorde, para recibirlo en nombre de todas las mujeres «cuyas voces aun no se han escuchado en un mundo patriarcal».

Planteado como un viaje desde la todopoderosa civilización aniquilante («estamos probando bombas en mitad de este desierto») hasta la fragilidad del cuerpo inocente, despojado de todo menos de su desnudez (Meditaciones para un niño salvaje), el libro detalla su objetivo último en el poema que le da título, que ya figuraba en las antologías de María Soledad Sánchez (Renacimiento, 2002) y Myriam Diocaretz (Visor, 2003, 2020), aunque en ambas selecciones traducido como Buceando hacia el naufragio. Rich declara en él: «Las palabras son propósitos. / Las palabras son mapas. / He venido a ver los estragos causados / y los tesoros que perduran». Para añadir, unos versos más adelante, y en consonancia con la exigencia de claridad que se ha autoimpuesto, que la meta de su rastreo (la inmersión metafórica que vehicula toda la narrativa del poema) es «el naufragio y no la historia del naufragio, / el objeto en sí y no el mito», pues en el «libro de mitos», termina, «no aparecen nuestros nombres». Pudiera pensarse que el plural está referido solo a las mujeres, pero no: la poeta habla en nombre de todos, hombres y mujeres, de «la sirena de oscuro cabello» y «el tritón en su armadura», y en su exploración pierde la marca de género y se sitúa, a la vez, a sí misma en los dos términos de la ecuación: «Soy ella: soy él».

Esta preocupación por el lenguaje y la identidad sexual aflora también en otros poemas del libro; así, en El extraño, donde, adelantándose a los debates del presente, Rich escribe: «Si me preguntan mi identidad, / qué puedo decir sino / soy el andrógino, / soy la mente viva que no lográis describir / en vuestra lengua muerta, / […] solo en el infinitivo». A lo que, páginas más adelante (segunda sección de Meditaciones para un niño salvaje), agregará un nuevo propósito, expresado como deseo, en su empeño de borrar las marcas de género e identidad, los «estragos», diríamos con ella, causados por el instrumento lingüístico patriarcal: «Remontarse tan atrás que haya otro lenguaje, / si te remontas lo suficiente el lenguaje / ya no es personal».

Sorprende, sin embargo, que en la cuarta parte de Despertar en la oscuridad, Rich se recree en las imágenes de Olympia, el documental de Leni Riefenstahl sobre los Juegos de Berlín de 1936, sin hacer más mención a los crímenes del nazismo que la leve alusión contenida en «claridad de cielo abierto / antes de las oscuras cámaras / con duchas»; y más aun cuando despacha a la brillante propagandista del régimen hitleriano con esta neutra aseveración: «Una mujer hizo esta película / contra / la ley / de la gravedad».

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