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Que no falten besos

Y los besos son … invisibles; pactados; profundos, los que cuidan de la humillación; de pura lujuria; transmisores de ternura de la que no procede del cansancio

Manuel Vilas.

Y los besos son … invisibles; pactados; profundos, los que cuidan de la humillación; de pura lujuria; transmisores de ternura de la que no procede del cansancio; luces intensas en el camino de la vida; carrozas de oro; con sabor a dentífrico; lanzados a la búsqueda de las ignotas regiones donde viene el pensamiento del otro; condenados a la entropía … Todo esto y mucho más son los besos entre dos personas enamoradas para Manuel Vilas en Los besos (Planeta, 2021).

Que no falten besos

Que no falten besos porJoséJoaquínMartínez-Egido

Me había dicho a mí mismo que intentaría evitar todas las novelas que trataran sobre la pandemia, pues lo vivido por cada uno es personal y no negocio. Y empiezo la última novela de Vilas, del que me hice seguidor desde Ordesa (2018) y veo que comienza con el protagonista, un maestro jubilado prematuramente con 58 años por cierto deterioro cognitivo, narrando, en tiempo presente, en primera persona absoluta: «Tengo que marcharme de Madrid, a la búsqueda de arboles, pájaros, senderos, bosques, ríos, montañas» (p.9), de donde escapa el día anterior al decretarse la cuarentena de marzo de 2020. ¿Qué hacía? ¿Cerraba la novela por ser fiel a mi idea original? Pues ha sido que no. Y la he leído «del tirón» y vaya, aunque aparentemente reiterativa, y en donde la pandemia real se convierte en metáfora de la propia vida, está llena de matices y de ideas que la convierten en un ensayo filosófico sobre la esencia humana (existencialista) mediante el empleo de un lirismo complejo en cada uno de los párrafos narrados.

La novela a lo largo de 160 secuencias cortas se mueve en un tiempo que abarca escasamente seis meses, de marzo a agosto de 2021. Salvador en su retiro en un pueblo de la sierra madrileña conoce a Monserrat, quince años más joven, dependienta de la tienda de comestibles. Ambos tienen pasados poco felices y casi se encuentran solos en el mundo. Enseguida aparece entre ellos el deseo y el amor y la reivindicación última de que ambos pueden existir en la edad madura. Y aquí se acaba lo convencional. El tono es muy variable, ya que, junto a la cotidianeidad y a un estilo narrativo convencional, no sin cierto humor (los robos en el supermercado, el narciso que tenemos por presidente, etc.), aparece uno más existencialista, hilado con la poeticidad, que favorece la aparición de muchas digresiones. Dicha mezcla se convierte en una característica definitoria de la novela que, por otra parte, no está destinada para todos, aunque el mensaje final sea muy sencillo: lo único que salva a las personas en momentos difíciles es el amor, el enamoramiento.

Es significativo también el empleo de tres estrategias narrativas como son el retrotraer el recuerdo, en este caso el del año 1981, primer año de carrera de Salvador y de amistad con Rafael Puig con la referencia del 23F; la inclusión de cartas, solo dos que Salvador recibe y en las que aparece directamente la voz de dos personajes, con lo que se diferencia perfectamente del propio narrador; y la metaliteratura, concretamente del Quijote, ya que es el libro que se lleva a su confinamiento. Salvador convertirá en Altisidora a Monserrat, como Don Quijote a Aldonza en Dulcinea. Este juego con la obra cervantina se produce a lo largo de la novela y da pie a numerosas reflexiones sobre diferentes temas, como, por ejemplo, el de la edad de los protagonistas masculinos: «Maldita la edad madura, que es la edad de las incesantes preocupaciones, que asustan al amor» (p.118). Y con la banda sonora, entre otras, de Battiato con La satagione dell’amore (https://www.youtube.com/watch?v=J1IT9WqI7zA). Todo ligado, casi perfecto.

Y ¿Por qué deberíais de leer esta novela? Siempre para disfrutar de una lectura muy personal de una obra situada sobre el perímetro del género; para gozar con el estilo ya conocido de Vilas, sabiendo que para esto hay que ser un poco «vilasiano» y, quizá, estar cerca de su edad (ambos requisitos los cumplo) y, al final, poder compartir la idea de que «Sobre los besos se levanta el bien absoluto» (p.438).

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