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La ficción y los aguafiestas

Imagen de la serie El juego del calamar inspirada en un dibujo de M.C.Escher realizado en 1953. netflix | RTVE

Cuando les hablo a mis alumnos de ficción, las ideas que surgen son recurrentes y muy iluminadoras. Por ejemplo, a algunos les parece que ficciones son solamente las fantásticas o inverosímiles, así que las series Cuéntame, Patria o Antidisturbios o el film Titanic no serían ficciones, pero sí Juego de Tronos, El Ministerio del Tiempo, Stranger Things o El juego del calamar. La verdad es que, por muy inverosímiles que parezcan los dragones, la magia blanca o negra, los universos paralelos, los viajes en el espacio-tiempo o las ejecuciones sumarias de los perdedores en un juego infantil, estas últimas series consiguen con talento narrativo volverlos verosímiles: dentro de los modelos de mundo que construyen, nos creemos todas esas fantasías tanto como el costumbrismo castizo de Antonio Alcántara en el Madrid de la transición o la búsqueda de respuestas de Bittori frente a su enemiga íntima Miren en los años de plomo en el País Vasco.

El talento narrativo consigue hacernos tan verosímiles Juego de Tronos como la serie Cuéntame. información | INFORMACION

Otros piensan que la ficción es una especie dentro del género de la mentira: como son cosas que no han sucedido, que no son reales, la conclusión es: si no son verdad, ¿entonces son mentira? En cierto modo es lógico pensar que como las ficciones cuentan cosas que no han pasado, eso las manda a la división de otras que tampoco han pasado, como los bulos y las patrañas. De hecho, en inglés utilizan fact-fiction como opuestos, y fiction se refiere sobre todo a las falsedades o a las mentiras (más que a las genuinas ficciones).

La ficción y los aguafiestas

Pero hay diferencias que conviene recordar entre mentira y ficción. Los teóricos de la ficción lo llaman el pacto de ficción, y es algo que no por sabido (o precisamente por ello) a menudo algunos olvidan. El pacto de ficción es aquel contrato tácito que se establece entre el autor y su obra, por un lado, y los lectores o espectadores, por otro, por el que en nuestro fuero interno sabemos que lo que nos están contando no ha sucedido, pero dejamos ese saber en suspenso (la «voluntaria suspensión de la incredulidad» la llamaba Coleridge) para disfrutar o sufrir de la obra como si realmente lo hubiera hecho, con todos los efectos emocionales pero ninguno de sus daños colaterales: la violencia, la muerte, el dolor que vemos representados, o la ira, la desesperación, el terror, la tristeza que nos acometen en la lectura de una novela o el visionado de un filme o una serie, se disipan -dejando un poso, sí- cuando cerramos el libro, salimos del cine o cambiamos de canal.

La ficción no es mentira

Así que, en realidad, la ficción no es mentira en absoluto dentro del modelo de mundo que la propia ficción acota, cimienta, levanta, puebla y amuebla: ella se erige en mundo alternativo en donde se hacen verdad los personajes con sus pensamientos, palabras y hechos. Tan es así que en la ficción hay verdades que nadie pondría en duda, incluso más incontrovertibles que muchas que registran los libros de historia o las crónicas: si alguien afirmara que don Quijote murió batallando contra un dragón y en los brazos de Dulcinea, diríamos que miente, y afirmaríamos rotundamente que murió en su cama, renegando de su locura caballeresca. Si dijéramos que Willard convenció a Kurtz de dejar la selva vietnamita o camboyana, volver a casa y reintegrarse a su vida civil como veterano de guerra, o que Kurtz cautivó a Willard, quien se hizo fuerte con él en su retiro mesiánico, diríamos que miente. Si dijéramos que Hamlet comprendió al fin que sus hipótesis sobre la muerte de su padre eran delirios y paranoias, y que Ofelia amorosamente le hizo poner los pies en el suelo, y fueron felices y comieron perdices, o que Otelo mandó a paseo a Yago y pidió perdón a Desdémona por dudar de ella, como en una comedia romántica con happy end, diríamos que miente. Y ello es inmune o independiente del hecho de que ni Don Quijote ni Willard ni Kurtz ni Hamlet u Otelo han existido, pero convendremos en que alguna forma de existencia no falsificable ni contingente les otorga la ficción.

Por otro lado, la mentira tiene una intención dolosa, quiere engañarnos, quiere pasar desapercibida, quiere que se la tenga por la verdad. Cuando a una cosa la llamamos «mentira» la estamos desenmascarando, y cuántas mentiras habrá que nunca nadie verificó para demostrar su falsedad, así que siguen figurando como «la verdad» o «los hechos» (no solo en la Historia y las crónicas, sino incluso en el terreno de lo personal, lo privado, lo familiar). En las ficciones nadie resulta engañado ni temporal ni permanentemente: basta con que haya alcanzado una mínima madurez en ese tráfico deleitable de relatos. Nadie sale del cine diciendo «todo es mentira» e intentando convencer a su vecino de butaca de que no se lo crea, ni lanza a la papelera la novela exclamando «¡paparruchas!». Lo juzgaríamos de una ingenuidad o una torpeza conmovedoras.

La fiesta de la ficción…

Ello no obsta para que en las ficciones experimentemos, con una intensidad que deja atrás las situaciones equivalentes de la vida real, la furia y el éxtasis de la venganza (El prisionero de Zenda, La muerte y la doncella, Kill Bill, 21 gramos), el desespero de la indignación contra el poderoso y cruel (Star Wars, El pianista, Millenium), contra el taimado sin escrúpulos (La noche del cazador, El cabo del miedo), la ternura de la compasión por quien es frágil (Bailar en la oscuridad, Eduardo Manostijeras) o vive engañado por todos (El show de Truman), el ansia de saberse perseguido o perseguidor (El tercer hombre, El fugitivo, Alien, Blade Runner), el éxtasis de la victoria trabajada (Gladiator, Campeones), la humillación de la derrota o del ridículo (El viejo y el mar, Las amistades peligrosas), la excitación del placer prohibido (El graduado, Los puentes de Madison), el estremecimiento del terror, la angustia o el asco (Psicosis, The ring, La matanza de Texas), las delicias del enamoramiento y la pena por la ruptura, la separación o la muerte (Casablanca, Vértigo, Titanic, El paciente inglés, Expiación), el consuelo de un más allá no religioso, puramente creado para perpetuar el amor (El fantasma y la señora Muir). Nada de eso, objetivamente, nos va ni nos viene. Ahora bien: una narración de ficción, si está sabiamente construida, consigue esos efectos emocionales de manera mucho más perfecta, acabada, redonda, que la vida, donde el devenir está sometido al azar, al imprevisto, se escribe mientras se vive y el que vive no tiene todos los papeles en la mano para escribirlos a su antojo, como el escritor o el guionista: Walter Benjamin decía que los relatos eran esos fuegos donde se consumen vidas ajenas en la certeza de un destino, y en cuya cercanía calentamos nuestra vida helada, privada de uno cierto. 

…y los aguafiestas

Ahora hay voces –siempre las ha habido- que pretenden aguarnos la fiesta de la ficción, ponerle brida y coto alegando cosas peregrinas. Algunas son tan añejas que da pudor verlas reeditadas, otras son de nuevo cuño. Entre las añejas: dónde iremos a parar con esta juventud enganchada a El juego del calamar. Serán sin duda adultos insensibles al dolor, al sufrimiento, a la injusticia, a la tiranía, descerebrados que celebrarán el asesinato de inocentes, que los ejecutarán o se someterán alegremente al sacrificio. Como si quien lo dice no se hubiera inflado quizá, en su tiempo, de la saga de Harry el Sucio o la de El justiciero Paul Kersey, y no hubiera alcanzado una plácida y no violenta madurez.

Entre las nuevas: para escribir una novela o un guion de cine o de televisión en el que la protagonista es una mujer negra y lesbiana es necesario ser mujer negra y lesbiana, porque de otra manera esas ¿»ficciones»? no tienen la dosis suficiente de verdad, de sinceridad. Pero oiga, que estamos hablando de ficciones, no de memorias ni de autobiografías. Yo no busco sinceridad en las ficciones (¿cómo se come eso?), prefiero una y mil veces la insinceridad, que es como el arroz de las paellas ficcionales. Bien entendido: insinceridad de contar lo que nunca ha sucedido, incluso lo que ha sucedido de manera notoriamente distinta (El hombre en el castillo, La conjura contra América, Malditos bastardos, Máquinas como yo), insinceridad de construir personajes que no han existido como personas, incluidas mujeres negras y lesbianas capaces de interesarnos, conmovernos, despertarnos inquietudes o sensibilidades, con independencia del género, raza y condición sexual del autor (¿a quién le importa?).

Raúl Rodríguez Ferrándiz es profesor de la Universidad de Alicante y autor de Magias de la ficción, Premio de Ensayo Miguel de Unamuno 2019

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