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Rachel Cusk la transgresora

La autora británica, en su reciente visita a Barcelona. Robert Ramos

La autora, que fue ampliamente criticada por sus memorias matrimoniales, ha decidido marcharse de Londres y empezar una nueva vida en Francia tras el Brexit.

Parece mentira que esta mujer tan menuda, nerviosa y huidiza sea Rachel Cusk, la autora británica más celebrada de su generación, la que no teme poner su propia vida sobre la mesa de disección, hundir a fondo el escalpelo y sacar unas conclusiones alejadas de lo que durante años hemos dado por bueno: asuntos como lo que se espera de ellas en espacios como la maternidad o el matrimonio, sustanciales a las mujeres. Porque hay que tener mucho valor para ahondar en estos aspectos utilizando como material tu existencia, con una prosa fría y afilada.

Hace 15 años Cusk era una joven brillante, casada y madre de dos hijas, que vio cómo su relación de pareja se hacía añicos. La sociedad del momento no pudo aceptar que Cusk se presentase como víctima porque su marido abogado había accedido a quedarse en casa y cuidar de las pequeñas, pero llegado el momento de la ruptura ella se dio cuenta de su fracaso. Había luchado por ocupar un lugar que no acababa de ser el suyo. Socialmente se había comportado como un hombre y como mujer había abandonado aspectos de la feminidad que se acabaron revelando importantes. Lo contó en Despojos, exhibiendo sin pudor esas contradicciones. Cusk no las teme y ha recibido por ello. Como cuando tiempo antes decidió hablar de su experiencia como madre de una forma muy alejada a la obligada abnegación. Ella fue la primera en señalar los aspectos más oscuros de la maternidad -la disolución de la identidad en los cuidados- y muy pronto experimentó el rechazo generalizado de una prensa que la crucificó con inquina. Cusk fue la gran villana de la literatura de entonces.

«Creo que a los británicos les molesta la seriedad -explica-, el cuestionamiento de los tabús, especialmente los de la vida privada. Así que miran con desprecio el autoexamen, solo pueden admitirlo en un tono frívolo o satírico».

En su visita a Barcelona con ocasión de su última novela, Segunda casa (Asteroide / Les Hores), recuerda aquello con media sonrisa, porque las cosas han cambiado mucho, siente que la Historia ha acabado dándole la razón. «Durante mucho tiempo creí que el problema era mío, que al haber nacido en Canadá de padres ingleses, no comprendía bien las claves sociales, pero no era así».

Aquel rechazo, que a una persona tímida como ella debió afectar no poco a su autoestima, generó la nueva forma fragmentaria y deconstruida, trufada de silencios, de su aclamada trilogía A contraluz, donde exploraba en clave de ficción y sin apenas argumento las voces que hablaban de a qué extremos nos puede llevar «la trampa del amor». Es, conviene, la gran conquista de la nueva literatura escrita por mujeres, que en los últimos tiempos, por fin, puede ser percibida como un valor universal.

Desencuentro inglés

Su desencuentro con Gran Bretaña se ha acrecentado con el Brexit, que ha acabado expulsando a la escritora, que ahora vive refugiada en el centro de París con su segundo marido, el artista plástico Siemon Scamell-Katz. «Gran Bretaña está a la deriva y me siento afortunada por haber sido capaz de irme».

Poco antes de llegar a París escribió Segunda casa, un curioso artefacto que reescribe la crónica en la que la mecenas norteamericana Mabel Dodge Luhan relató la tumultuosa visita que un insoportable y narcisista D. H. Lawrence -autor de El amante de lady Chaterley- realizó a la colonia para artistas que ella había fundado en Taos. «Mi libro intenta comparar cómo se valoran los logros masculinos en relación a los femeninos. Los de ellos son gigantescos y permanentes mientras que los de las mujeres, más efímeros, suelen estar vinculados a la naturaleza o la creación de lugares donde vivir».

Con otras reglas

Los personajes de Cusk son mujeres que se hacen un lugar en el mundo con las reglas de los hombres, algo que la autora de 54 años interpreta en clave generacional. «Entre mi madre y yo hubo una brecha enorme. Ella se adaptó a su papel de esposa y madre sin que eso le produjera la menor satisfacción y esa insatisfacción me la trasmitió. No fue un modelo para mí, sino una amargura constante».

Cusk asegura conocer la fórmula de la libertad femenina -de hecho la probó con su primer marido pero no funcionó- y su enunciado suena retador : «Tú tienes los hijos, se los entregas a tu marido para que te los cuide y tú, a cambio, salgas al mundo a hacer gestiones y a ganar dinero. Claro que esto significa sacrificar tus instintos maternales. Los verdaderos problemas surgen cuando las mujeres queremos la igualdad pero no estamos dispuestas a sacrificar la desigualdad.»

Naturalmente, Cusk está viendo cómo en los últimos tiempos los géneros están diluyendo sus fronteras, con el actual debate de los géneros fluidos: «Habrá que ver si a la larga la fluidez es una vía de escape respecto al género o bien una forma más de consumo». De haber podido elegir, Rachel Cusk, lo tiene claro: «A los 20 años, si yo hubiera tenido la oportunidad de convertirme en hombre, lo habría hecho, y no porque me sintiera mal en mi cuerpo, sino porque entendí que la feminidad era una desventaja. Por suerte, eso ya no se ve de la misma manera».

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