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Amor en soledad y con misterio

La música que hay en la escritura de esta novela de Isaac Rosa, con titulo sacado de la canción Every breath you take de The Police, no exige ninguna edad para su lectura

Amor en soledad y con misterio

Se ha puesto de moda la literatura para adolescentes. Nunca me gustó eso de poner en la contraportada de los libros la edad a la que iba destinada su escritura. No sé si todavía se hace. Cuando pienso que La isla del tesoro y Moby Dick se nos «vendieron» como novelas para un público juvenil me entran ganas de arponear a los responsables de esa canallada. Y mira, si no, cómo recluyeron al pobre Gustavo Adolfo Bécquer en el cuarto oscuro de la poesía para que le quitara el polvo al arpa y, con una crueldad que aterra, condenarlo impunemente a aquello de «poesía eres tú» que imita por las redes y por libros con premios importantes mucha famosa y malísima poesía de ahora mismo. Bueno, a lo que vamos: el romanticismo se ha puesto de moda en las lecturas adolescentes. Pero no un romanticismo cualquiera, no, qué va, sino uno que apuñala un corazón de catorce o quince años y lo deja con más agujeros que los que dejó el sheriff Frank Hamer en la carrocería del auto y en los cuerpos brutalmente abatidos de Bonnie y Clyde.

Algunas de esas novelas llegan a vender millones de ejemplares. De ellas salen series televisivas y, lo que es peor, millones de jóvenes que se creen sin rechistar que lo que pasa en esas novelas infames es su propia vida. El amor duro, sufriente, la angustia existencial, la biblia en pasta de la impostura sentimental convertida en una mina de oro para quienes escriben esas historias con una tranquilidad y sangre fría que aterran. No hace mucho, en la Feria del Libro de València, tuve ocasión de presenciar una cola de cientos de niñas esperando la firma de una de esas autoras. Leí en una de las casetas la primera página de uno de sus libros y me quedé sin aire: era como 50 sombras de Grey para adolescentes. Es lo que hay. La lectura cotiza a la baja, no sólo en cantidad sino en calidad. El gusto no es inocente. Se construye poco a poco. Cuando cogemos un libro estamos metiéndonos en un berenjenal del que a veces no resulta fácil salir. Y a la edad temprana es cuando hemos de empezar a construir nuestros gustos lectores. Por eso me dejaba triste la cola interminable que les contaba de la Feria del Libro hace unas líneas. Me acordaba de Moby Dick y La isla del tesoro. Y del pobre Bécquer y cómo lo pusieron a limpiar con un plumero el arpa en el rincón más oscuro de la poesía. Me conozco el tópico de que ningún tiempo pasado fue mejor. Pero joder, pasar de esos libros inmensos de Melville y Stevenson a la versión juvenil y sufriente de una Ana Karenina quinceañera es un guiso que me cuesta digerir.

Por eso es un gozo descubrir que hay otros libros, historias diferentes, vidas que se salen del papel para construir territorios de ficción que no nos avergüencen. Acabo de leer uno de esos libros: Te estaré mirando. Lo ha escrito Isaac Rosa, autor de una ya amplia y rigurosa obra literaria, de lo mejor que se ha escrito en este país tan conformista y conservador en casi todo. El título está sacado de la canción Every breath you take, de The Police. Y los protagonistas son, como en las novelas infumables que antes comentaba, tres o cuatro adolescentes. Chicos y chicas que viven con el amor en el centro de su tierra. O de su nube. Pero no sólo con el amor, sino con otras inquietudes, como intentando averiguar qué hay al otro lado del muro de las lamentaciones juveniles: «Vivir es atreverse a que sucedan cosas». Y se atreven. Y a veces encuentran cosas admirables y otras simplemente mierda. Pero experimentan algo que vive fuera de la ñoñería camuflada de trascendencia a que nos acostumbran los bestsellers literarios del romanticismo adolescente.

El libro es una carta. Pero una carta de las de antes. La escribe Dani, que está perdidamente enamorado de Elena, que va un curso por delante en su mismo instituto. Se la escribe a Elena, claro. La realidad y la ficción se juntan en lo que escribe el joven, que a ratos parece llegado de un poema del siglo XIX. Me acuerdo de un verso de Mary Wollstonecraft Shelley: «Amar en soledad y con misterio…». Así ama Dani a Elena, así le escribe en sus noches de insomnio, así imagina lo que siente por él Elena, lo que significan sus gestos, sus miradas, cuando están en grupo divirtiéndose o cuando están planificando intervenciones sociales y políticas para que el mundo sea una miaja menos impresentable. La referencia literaria que mueve a Isaac Rosa en su escritura es Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. Buena referencia. Y tanto. Vivir toda una vida un amor secreto, misterioso, casi convertido en una obsesión. Así, más o menos y salvando la distancia en el tiempo, el amor que siente Dani por Elena. Así los cambios de mentalidad a la hora de analizar ciertas circunstancias. Se lo dice a Dani su hermana Marina, que es como la conciencia oculta en el pliegue de sus obsesiones: si alguien te está mirando siempre, puede convertirse en un acosador. Se hace el chico un lío con las correcciones de la hermana aguafiestas. Y lo mismo cuando le dice que todos los enamorados son unos imbéciles. Por eso cuando hay una propuesta de sesión de cine familiar en casa, decide Marina: «hoy vamos a poner una de imbéciles».

Los sueños adolescentes cuando el amor aprieta. La carta de amor que escribe Dani más llena de deseo que de realidad. Las canciones que leías de una manera dicen algo diferente a si las lees o escuchas de otra manera distinta. La música que hay en la escritura de esta novela que no exige ninguna edad para su lectura. Esa música que el mismo Stefan Zweig leía y escuchaba en los poemas de Rilke y que aquí nos la traen The Police, Radiohead o The Cure para decirnos que si prestamos atención a lo que leemos o escuchamos veremos cómo el mundo no es igual según las versiones que nos cuenten los libros y las canciones.

Lo que dice la profesora de Lengua: «Cuando nos enamoramos nos sentimos protagonistas de nuestra propia historia y nos comportamos como hacen en las películas. Repetimos gestos y frases esperando que también para nosotros haya un happy end. Spoiler: la vida no es una comedia romántica. Hay quien consume demasiadas peliculitas y novelitas de amor, y acaba confundiendo el mundo con ellas». Lo que digo yo: lean esta novela a solas, en familia o como les dé la gana. Y, de paso, pues regresen o asómense por primera vez a Moby Dick, a los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer y a La isla del tesoro. De nada.

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