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Virginia Woolf estuvo aquí

Virginia Woolf, fotografiada por G.C.Beresford, en 1912.

Termina de aparecer un libro exquisitamente editado, Hacia el sur. Viajes por España de Virginia Woolf; la novedad cuenta con unas magníficas ilustraciones de Carmen Bueno y los editores (Itineraria Editorial, 2021) han recurrido a tres conocedoras en la obra de la famosa miembro del Grupo de Bloomsbury para dejar constancia de lo que se ha podido rescatar de los diarios, correspondencia y ensayos que la Woolf dejó como constancia de sus viajes por España: Verónica Pacheco, Ángeles Mora y Anita Botwin.

Arriba, Mary Hutchinson (retrato de Virginia Bell), a quien Woolf cuenta su estancia en Alicante. Debajo, Virginia y Leonard Woolf y, a la derecha, su amigo Gerald Brenan.

El primero de los trayectos hispanos no resultó, al decir de la autora, demasiado satisfactorio. Virginia, entonces Stephen, lo emprendió junto a su hermano Adrian en 1905. Contaba solamente con 23 años y no cabe duda que para una mujer perteneciente a una clase social acomodada la experiencia hispana iba a resultar, cuanto menos, compleja. Los hermanos llegaron a Sevilla, procedentes de Extremadura, en la primera semana de abril y el paisaje les recibió con un sol demasiado abrasador… En el hotel les aguardaba una cena que tampoco les satisfizo y al día siguiente comenzó su visita turística. Tras recorrer la catedral montaron en un coche de caballos de los que suelen aguardar al turista en la plaza del ábside catedralicio y recorrer, entre otros lugares, el parque de María Luisa: unos jardines que tenían su encanto pero «faltos de cuidado». Ni los tranvías, que entonces circulaban como ahora lo han vuelto a hacer, pudieron levantar sus ánimos. Unos ánimos que, dicho sea de paso, se vieron rebajados de tono, todavía más, cuando por la noche, ya en la cama, su cuerpo era asaetado por las picaduras de los mosquitos. Para más inri, y cuando esperaba salir a caminar por Sevilla bajo el sol abrileño, una lluvia a la inglesa la sorprendió desagradablemente, teniendo que resguardarse en la seo sevillana. Al día siguiente, emprendieron viaje a Granada, donde les esperaba el hotel Washington Irving.

Virginia Woolf estuvo aquí

Allí, cambia un poco el talento crítico de Virginia. Disfrutan de la sombra de los árboles centenarios que rodean el palacio nazarí, los jardines están arreglados y limpios, la ciudad le parece encantadora con los picos blancos de Sierra Nevada al fondo y hasta la Alhambra les gusta, a pesar de sus maltrechas murallas. Tras visitar la catedral, noche turística al Sacromonte donde contemplaron bailar a los gitanos. La corta estancia granadina se trunca el día dieciséis de abril cuando los dos hermanos emprenden viaje a Badajoz en un pesadísimo viaje en autobús en el que además, cuando termina el trayecto, no encuentran un lugar adecuado para descansar ni comida para cenar…

Virginia Woolf estuvo aquí

El segundo de los trayectos españoles de Virginia fue en 1912, en viaje de novios con su esposo Leonard Woolf. Tras pasar intensos calores en Madrid y Toledo, los mosquitos siguen persiguiendo a la literata, cebándose, según ella, en su ojo izquierdo y en la oreja derecha de su esposo. Aprovecha su estancia española para leerse de un tirón a Dostoievski, Crimen y castigo, tal vez para comprobar que hay otras cosas peores que un viaje nupcial por España, «donde los trenes se detienen cada cinco minutos para respirar…» Probablemente, por los delirios que les causa el hermoso cielo azul español, Virginia escribe a su introvertido amigo Sidney-Turner que «España es, con diferencia, el país más espléndido que he visto en mi vida». Tal es así que el matrimonio Woolf se plantea comprar una mula e iniciar un viaje por nuestro país, al estilo de Richard Ford. La mula, claro, les serviría para cargar en ella las dos camas, tan necesarias en las posadas españolas que han conocido… Para culminar la heroica odisea, se embarcan en Tarragona en un viejo barco oxidado donde la literata cae enferma.

Virginia Woolf estuvo aquí

El tercer viaje que realizó Virginia por España ya fue en 1923. Gerald Brenan, aquel «loco rebelde» inglés enamorado del Yegen alpujarreño y que nos dejó obras espléndidas como El laberinto español o la biografía de San Juan de la Cruz, hizo de anfitrión. Un autor que, incluso, se atrevió con una historia de la copla española y otro sobre la historia de la Literatura en nuestro país. Brenan, quien nunca se había sentido identificado con el Grupo de Bloomsbury, según sus propias palabras y sí con su amada Dora Carrington, don Geraldo el inglés, que diría Carlos Cano, deja espléndida noticia del viaje, en autobús y mulas, y estancia del matrimonio en Yegen en sus espléndidas obras Al sur de Granada o Memoria personal. Para Brenan, Virginia poseía una belleza exquisita: sus ojos eran grandes y grises y su expresión resultaba melancólica y casi aniñada. Su conversación se parecía a su prosa, ya que escribía tal y como hablaba, aunque lo hiciera de un modo fácil y natural. Se dirigía a sus interlocutores en tono de chanza y le agradaba que le contestaran en forma similar.

Virginia Woolf estuvo aquí porEMILIOSOLER

Este sentido gracioso y bromista de Virginia me trae a la memoria aquella situación que ella y alguno de los componentes del grupo bloomsburiano provocaron en la Royal Navy: aprovecharon la visita en 1910 del acorazado Dreadnought para enviar un telegrama al capitán del navío anunciando que el Sultán de Abisinia tendría sumo placer en subir a bordo y visitar el buque de guerra. En realidad se trataba de seis miembros del círculo bloomsburiano, entre ellos Virginia Woolf, que deseaban mostrar su anti belicismo y la inseguridad de la fuerza naval británica, amén de pasar un rato divertido ridiculizando al Imperio. Ni que decir tiene que los miembros del grupo, convenientemente disfrazados, fueron recibidos con todos los honores por el vicealmirante inglés. Ya a bordo, los falsos abisinios hablaban con palabras inconexas que simulaban su idioma y Virginia Woolf soltaba de vez en cuando una frase que se hizo estrepitosamente famosa, Bunga, Bunga. La broma dejó de ser tal cuando, tras un buen rato de agasajos por parte de la marina real británica, al pintor Duncan Grant se le despegó el bigote postizo que se había agenciado…, momento que aprovecharon los de Bloomsbury para, en medio de risas continuas, abandonar el navío a toda prisa y regresar a Londres. Ni que decir tiene que fueron los propios componentes del grupo los que filtraron la broma a los medios de comunicación, acompañada de una fotografía que supuso la portada del periódico The Daily Mirror. El epílogo a este «incidente» lo puso alguien, imaginamos quién, años después, con motivo del hundimiento de un submarino alemán por el acorazado Dreadnought en la primera Guerra Mundial: un telegrama de felicitación al Almirantazgo que decía: Bunga, Bunga.

Bien, dejemos el paréntesis bromista y sigamos en Yegen con Brenan y los Woolf. Las veladas alpujarreñas repitieron vivos debates literarios entre Gerald y Virginia, especialmente cuando Brenan defendía a Joyce y la Woolf se oponía a su alta consideración sobre el Ulises. Gerald manifestaba su disconformidad sobre Conrad y ella lo defendía; en lo que sí coincidían ambos literatos era en rechazar la obra de D.H. Lawrence, al menos en aquel tiempo, y en aplaudir la de Eliot y Forster. Pasaron quince días muy bien aprovechados cuando Leonard necesitó volver a Inglaterra eligiendo la ruta costera mediterránea. Los tres amigos se pusieron en camino y atravesando provincias llegaron a Alicante tras un increíble viaje desde Murcia montados en la baca del autobús. Sobre la estancia de los Woolf en Alicante, la lectura de la correspondencia personal de Virginia, dirigida a su amiga Mary Hutchinson un 18 de abril de 1923, lo aclara todo: esperaban un barco que les llevara a Barcelona. Tampoco podemos decir que la estancia alicantina sirviera para que Virginia se encontrara más a gusto que en sus otros viajes por España: indolencia en la ciudad; música de banda frente al hotel, eso sí; repugnancia por las escupideras estratégicamente situadas en los rincones; bichos inmisericordes en el sucio dormitorio; y el barco que no llegaba desde Cartagena…

Virginia Woolf, musa de Bloomsbury, feminista convicta y confesa, traumatizada desde niña por los abusos sexuales de su hermanastro George, enferma por su trastorno bipolar, excelente literata con obras como La señora Dalloway, Una habitación propia, Orlando, Las olas o Fin de viaje, un día primaveral de 1941 se puso el abrigo de Leonard, cargó los bolsillos con piedras pesadas y se sumergió en las aguas del río Ouse. Su cadáver tardó tres semanas en hallarse.

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