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Vida, muerte y duelo

Vida, muerte y duelo

La posibilidad real de la muerte de un hijo y la consumación de ese acto son los hechos que articulan Hamnet (Libros del Asteroide, 2021), novela magistral escrita por Maggie O’Farrell, quien obtuvo el Woman’s Prize for Ficition de 2020. Tales hechos podrían corresponderse con uno de los gemelos de William Shakespeare, quien, a los pocos años de la pérdida de su hijo, escribirá la tragedia Hamlet en su memoria, según imagina y fabula la autora.

Es una novela que, por mi desconocimiento, no sé si hubiera leído (antes de que apareciera en las listas de los mejores libros de 2021). Menos mal que tenemos a una librera que, conociéndonos un poco (solo desde hace cuarenta años), ante la pregunta de qué puedo leer, se queda pensando unos segundos, alarga el brazo hasta una de las mesas de libros expuestos para su venta, coge uno y me lo planta delante de mis ojos, y solo me dice: «A mí este me gustó mucho» No hizo falta más. Me lo llevé.

Partiendo de que «toda vida tiene un núcleo, un eje, un epicentro del que todo sale y al que todo vuelve» (p. 20), se nos cuenta la historia de una mujer, Agnes, esposa del autor inglés: cómo conocerá a su marido, nunca llamado por su nombre, sino por sus relaciones (hermano, hijo, padre, marido, etc.); cuáles son las relaciones con su familia, con madrastra y dote importante incluidas; cómo es la familia de su esposo... Aparentemente lo narrado no es especialmente singular, pero su grandeza está en cómo se cuenta y en cómo se van construyendo los personajes. El lector asiste a lo que se suele llamar alta literatura, en la que cada personaje, cada objeto, cada sensación, cada situación, cada acción y cada sentimiento se convierten en material literario. Es por ello una novela que debe de ser leída de forma pausada, paladeando la frase, para disfrutar de lo positivo y para sufrir con el resto, como con la puesta en intriga inicial, con Hamnet solo y preocupado por la enfermedad de su gemela, rondando siempre como sombra de muerte por toda la novela y con el corazón del lector encogido.

El argumento se desarrolla en dos niveles temporales diferentes y alternos: el presente de la historia, por un lado; y todos los acontecimientos anteriores hasta ese presente. El lector va de un tiempo a otro a través de las secuencias narrativas sin numerar a lo largo de la primera parte de la novela (las primeras 240 páginas). La segunda parte (las 100 páginas finales) se articula, por un lado, en la vida diferente que supone la muerte del hijo, cuando no existe ni la palabra para designar al padre o a la madre que lo pierde y, por el otro lado, en la reacción de Agnes al enterarse de que su marido ha escrito una obra con el nombre de su hijo sin decirle nada. Memorable es cómo se cuenta lo que esa mujer siente en la representación de la obra en Londres a la que acude sin el conocimiento de su marido.

La novela es una mezcla de tragedia, de fábula con tintes sobrenaturales y con cierto misterio cercana a la narrativa fantástica, de comedia melodramática con su punto de folletín y de un mucho de prosa poética como registro unificador de todo. Está contada de forma elegante por un narrador omnisciente que utiliza en casi todo momento el presente como tiempo narrativo, así todo se presenta a los ojos de forma brutal, mediada, o filtrada si cabe, por una literariedad perfecta en la que se presentan los objetos, los sucesos y los sentimientos, pues lo cotidiano se transmuta en poesía al utilizar metáforas, adjetivos y descripciones impresionistas, entre otros recursos, para sustentar la idea de cómo puede cambiar una vida frente a un mundo que sigue su curso.

Y ¿por qué deberíais de leer esta novela? Porque, en el sentido tradicional del término, es de lo más literario, tanto en forma como en contenido, que he leído en mucho tiempo, por lo que a los que os guste este tipo de narración, vais a disfrutar de verdad. Y porque, aunque juegue con el enganche de Hamlet y la familia de su autor tan afamado, todo está al servicio de la narración y se convierte en un canto a lo singular y a los sentimientos más puros de los seres humanos. «Y el dolor fue tan sorprendente, tan desconocido, que a Agnes se le olvidó llorar» (p. 60).

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