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Eichmann

Imagen de la película La conferencia.

La conferencia, la nueva película (hay un filme de 1991 llamado Conspiracy o La Solución Final) sobre la célebre conferencia de Wansee que lanzó la recta final de la exterminación de los judíos, llamada «la Solución Final», el 20 de enero de 1942, se estrenó el viernes en cines (no en Alicante). Filmada por el director germano Matti Geschonneck en la Villa am Wansee, al sur de Berlín, reconstruye allí donde ocurrió, a lo largo de noventa minutos, la reunión a la que fueron citados por Reinhard Heydrich, responsable de la Oficina de Seguridad del Reich (RSHA) de la SS, mano derecha de Adolf Hitler, doce jerifaltes del régimen nazi de distintos rangos, un sábado por la mañana para un «debate seguido de desayuno» sobre el tema: «La Solución Final de la Cuestión Judía».

El primero de la lista es Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y jefe de los Asuntos Judíos del Reich), quien fue el encargado de presentar el dosier para cada uno de los asistentes.

Nada más empezar, la película proyecta las anotaciones finales del documento preparado por Eichmann para la reunión. Es el primer aldabonazo. Una compilación que asciende a 11 millones de judíos en Europa.

El servicio ha previsto para los jerarcas canapés de salmón, coñac y café.

La única copia del acta fue hallada en 1947, después del primer juicio de Núremberg, y se utilizó como prueba en varios juicios posteriores. Es la que pertenecía a Martin Luther, el subsecretario del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores.

«La Solución Final» no es la decisión de exterminar a los judíos como tal, sino la fase última de la misma. Esto es: la culminación industrial del genocidio iniciado sobre todo desde que las leyes de Núremberg, en 1935, despojaron a los judíos de sus derechos «erradicando», que diría Hanna Arendt, «el concepto de ser humano». Esa recta final sería la destrucción todavía más masiva, industrial. En el cónclave se evitan detalles sobre las «deportaciones» y «traslados» en curso. El mensaje es relevante para la magnitud de la operación: cerrar filas de arriba hacia abajo, saltar a un genocidio más eficiente, con menor impacto en la moral de la policía y el ejército genocidas. Fusilar desgasta. Hay que generalizar las fábricas de cadáveres ya en marcha en los y aumentar el número de campos de concentración.

La presencia de Eichmann en la preparación de la reunión en calidad de responsable de Asuntos Judíos del Reich nos remite a un debate internacional sobre las crónicas de la politóloga alemana Hanna Arendt -ella se negaba a ser considerada filósofa- sobre el juicio de Eichmann en Israel en 1961, editadas como libro: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal .

Como ha escrito Raul Hilberg, (La destrucción de los judíos europeos) en el que Arendt se inspiró -a pesar de hacer previamente, en 1959, un informe negativo sobre su manuscrito para la editorial Princeton University Press, que influyó en el retraso de su publicación varios años- «el título auxiliar (del libro Arendt) tiene la extraña reputación de ser más célebre que el principal».

La idea de la banalidad del mal fue resultado del intercambio epistolar entre Arendt y el que fuera director de su tesis de doctorado de filosofía, el filósofo alemán antinazi Karl Jaspers, en 1946. La política nazi, decía Arendt, desbordaba los límites de lo que se había entendido por crimen, de ahí su monstruosidad. Jaspers contestó que ello suponía mitificar esa crueldad que no debía entenderse en términos de grandeza satánica sino de «banalidad y trivialidad prosaica».

Arendt creyó a Eichmann cuando este se presentó en el juicio como un «vulgar burócrata que cumplía órdenes de sus superiores», un mediocre, obediente, incapaz de pensar por sí mismo cuando enviaba a miles de judíos a Auschwitz. Arendt aplicó errónea y torpemente aquel matiz de Jaspers sobre la banalidad a Eichmann, a quién llegó a definir como un «estúpido» burócrata.

Las memorias del propio Eichmann en Argentina, cuyos extractos fueron publicados parcialmente, antes del juicio, expresaban claramente expresa que el plan nazi era la exterminación de todos los judíos. Y el teniente coronel se revela como el antisemita que era.

Con todo, el libro de la filósofa alemana Bettina Stangneth Eichmann, Antes Jerusalén. La insoportable vida de un asesino de masas (2011), traza la biografía definitiva mediante el método que Arendt no siguió: seguir las huellas de Eichmann en su contexto histórico. Y sale un retrato distinto dejando en psicología menor el que redactó Arendt desde la sala donde se retransmitía el juicio.

Erró completamente al atribuir la banalidad del mal a Eichmann, que era malo, muy malo, pero no banal.

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