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Eugenio Fuentes, el policial sosegado

Eugenio Fuentes.

Perros mirando al cielo (2022) es la última aventura del detective privado Ricardo Cupido, criatura creada por Eugenio Fuentes. Al contrario que otros héroes del policial, Cupido ha ido creciendo desde su primera aparición en 1990, en La batalla de Breda, donde el autor nos hablaba de un grupo de chavales que se abrían camino en la sociedad. La novela se convirtió en un viaje por la amistad, el amor y los enigmas que ocultaban los mayores. Uno de esos muchachos era Ricardo Cupido Lasso, del que apenas dibujó su perfil, pues se trataba de un personaje más. A partir de ahí, supimos que había nacido en Breda, una ciudad ficticia situada en el norte de Extremadura. Luego, que se había dedicado al contrabando de tabaco, por lo que fue condenado a veinte meses de prisión. En El nacimiento de Cupido (1993) saldrá de la cárcel y viajará a Tenerife para visitar a Siro, amigo y compañero de la mili, que resultó ser traficante de hachís. Siro aparecerá asesinado y Cupido se propone no abandonar la isla sin descubrir por qué y quienes le mataron. El personaje se cimentará en El interior del bosque (1999), pues Cupido fijará su residencia en Breda y trabajará como detective privado. A partir de ahí, el policial patrio sumó un nuevo sabueso.

Más adelante supimos que no tenía vocación de detective y en Mistralia (2015) confesó que poseía tres dones: «para amar, para trabajar como detective y poner en orden el caos, y para ganar dinero». El problema con este último es que nunca había aprendido a conservar lo que ganaba. A lo que sumaba que sufre esa debilidad de no saber ser feliz. Eso le hace contemplar el mundo, como dice su autor, «con mirada galdosiana». Benito Pérez Galdós miraba la realidad de forma compasiva, sin criticar a los personajes que pululaban en ella, a los que terminará comprendiendo y tolerando en sus debilidades. Esa mirada es la que Eugenio Fuentes ha colocado a su detective.

Los detectives privados en la ficción―desde Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, hasta la edad de oro con Raymond Chandler y Dashiell Hammett siempre han sido caballeros andantes que intentaban poner orden en el caos. Para ello necesitaban un fiel escudero, el doctor Watson es el más famoso. En el caso de Cupido tendrá a Alkalino, con el que, a pesar de sus excesos etílicos en el pasado, mantiene una sólida amistad. Otra característica en sus novelas es que se aleja del estilo seco, de la dureza lingüística, de las frases contundentes y de la enemistad con el adjetivo de muchos escritores del género, ya que considera que «la actual novela negra es algo más que una manera cómoda, barata y sin efectos secundarios de combatir el insomnio».

En la última entrega, Perros mirando al cielo, el autor sigue mostrándonos un protagonista descreído, pacífico y aficionado al ciclismo, que utiliza como método de investigación ir acumulando información de forma rutinaria, generalmente a través del testimonio de personajes cercanos a la víctima. Con ello va realizando una reconstrucción de la vida del difunto, que le va acercando a su asesino. En esta novela, Santiago, un prestigioso médico del Gregorio Marañón, decide pasar con su familia unas vacaciones tranquilas en Breda, el primer destino que tuvo al terminar la carrera. A los pocos días aparece muerto. La investigación le corresponde a la Guardia Civil, pero su mujer, Moira, decide contratar a Ricardo Cupido. A partir de ahí, comenzaran a desfilar por las páginas de la novela una variopinta galería de personajes, que mantiene la línea de presentárnoslos creíbles y familiares. Mientras el detective reconstruye la vida de la víctima, su pasado y presente se fusionan con el ir y venir de la ciudad de Breda, de tal manera que la trama se asemeja a una matrioshka, donde siempre aparecerá una muñeca de madera oculta en la anterior y de la misma madera. El desenlace sorprende y permite que el autor cierre la novela con elegancia.

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