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Un genio demediado

El autor más vendido de la historia de la literatura infantil continúa siendo poco conocido por la otra parte notable de su obra: la cuentística para jóvenes y adultos

Roald Dahl. ronald dumont

Unheimlich es la palabra, en alemán, que Freud eligió para llamar a lo siniestro: aquello que, a pesar de su íntima cercanía con nosotros, nos resulta extraño e inquietante, perturbador. Dicho en palabras de Schelling, filósofo alemán del Romanticismo, simboliza «todo lo que, destinado a permanecer oculto, en secreto, ha salido a la luz». La sola definición da miedo.

En inglés se traduce como uncanny y se ha usado para describir especialmente la literatura de dos grandes maestros de lo macabro: Edgar A. Poe y Roald Dahl. Tal es así que Dahl (Gales, 1916-1990) ganó dos veces el premio Poe con algunos de sus cuentos.

Un gigante de la literatura infantil

Amplísimamente conocido por sus novelas infantiles, leídas en todas las escuelas del mundo y llevadas al cine por algunos de los más prominentes directores contemporáneos -Tim Burton, Wes Anderson, Steven Spielberg, Danny De Vito, entre otros-, el de Dahl es uno de esos casos en que una porción de su obra ha sepultado el nombre del autor y dejado en los márgenes la otra mitad de su producción.

Hijo de padres noruegos, galés de nacimiento, inglés por formación escolar, «la palabra hogar para Roald fue un concepto muy difícil», comenta su biógrafo Donald Sturrock, con quien sostuvimos una emotiva conversación en Londres en 2019. Autor de los libros Storyteller: The Life of Roald Dahl (biografía autorizada) y Love from Boy (cartas de Dahl a su madre desde los nueve años de él hasta la muerte de ella), Sturrock coincide ante la pregunta de cómo es posible que no se haya hecho una película sobre la vida del galés que tuvo toda la sustancia de una ficción alucinante, como hubo por ejemplo de Tolkien.

A la muerte de una hermana de siete años, cuando Roald solo tenía tres, siguió la de su padre; la madre se hizo cargo de los hijos. Debido quizás a esas y otras posteriores pérdidas, pero también a la influencia de la tradición literaria inglesa plagada de orfandades, sus novelas suelen tener protagonistas huérfanos o monoparentales. Además del repertorio clásico inglés y del galés con toda la imaginería celta, su madre le leía relatos del folclore nórdico, llenos de elfos, gigantes, hadas y seres sobrenaturales, que reverberan en sus historias.

Evitó el paso por la universidad, viajó a Tanzania, fue piloto de avión en la Segunda Guerra, espía político en Washington -donde empezó a escribir y publicar sus primeros cuentos de tema bélico, con repercusión inmediata (1942)- y frecuentó a grandes figuras tanto como a estrellas de Hollywood. De ahí su matrimonio con la actriz Patricia Neal, con quien convivió treinta años, tuvo cinco hijos, muchos escándalos y enfrentó tres desgracias familiares.

Con el nacimiento de sus hijos llegó el interés por la literatura para niños, que lo convertiría en uno -si no en el más- vendido y adaptado al cine de la historia entre los autores infantiles. Además de los celebérrimos Matilda y Charly, entre 1961 y 1990 escribió James y el melocotón gigante, El superzorro, El ascensor de cristal, Danny el campeón del mundo, Las brujas, Los cretinos, Cuentos en verso para niños perversos, entre unos cuantos más. Si bien ese desmesurado éxito, que ha dado lugar a toda una industria -incluye museo, fundación, programas en escuelas, campañas solidarias, línea de chuches y suvenires-, calmó en parte su ambición económica, no dejó de enfurecerle que hubiera barrido hacia la sombra su otra obra, la que más le importaba y posiblemente la mejor: los relatos para adultos.

Relatos indelebles

Siniestra, ominosa, macabra, cruenta, inesperada son etiquetas aplicadas a su cuentística, algo que la caracteriza aunque lamentablemente también la limita a una esfera de lo tenebroso que la reduce y con toda seguridad ahuyenta a no pocos lectores. Es oscuro, sí; apela a lo fantástico y lo maravilloso, cierto, en ocasiones, no siempre; tiene una inclinación a lo mórbido, sin duda, pero no muy diferente de aquella con la que convivimos a diario. Lo que Roald Dahl logra magistralmente coincide con la definición de Schelling para lo unheimlich: hace emerger en la atmósfera de lo «normal» aquello que debía quedar oculto en el inconsciente, en las apariencias y el disimulo social.

En ese sentido, tal vez hay otros términos que lo definen mejor. El neogótico, ya que en su caso no habría que hablar tanto de truculencia o terror como de fantasmas psíquicos, raros inventos científicos (Dahl tenía un particular gusto por ese tema y por la medicina), astucia cotidiana, crímenes en ámbitos domésticos y vendettas de tono absurdo. Y el grotesco: el clima angustiante que rodea a hechos violentos suele aparecer encarnado en personajes comunes, a menudo caricaturescos, propios de la sátira o la picaresca, y dotado de una comicidad que, lejos de asfixiar, suele derivar en carcajada.

De los casi sesenta cuentos destinados a un público que va de adolescentes a ancianos, la primera docena tiene la guerra como escenario y en su mayoría sorprenden por la variedad de recursos estilísticos. Los horrores del campo de batalla aparecen narrados a partir de un primer plano muy próximo, en carne viva, tanto desde el punto de vista de los soldados como de las víctimas, los habitantes de los pueblos y ciudades asolados, con el registro más sensible, grave, onírico y poético de toda su prosa. Sirvan como ejemplo el bellísimo Katina, sobre una niña que traba amistad con oficiales, y Solo esto, que habla de la conexión a distancia entre una madre y su hijo aviador en pleno accidente aéreo.

En los restantes cuarenta y siete relatos, los engaños, las estafas y las venganzas resultan tan maquiavélicos e ingeniosos como disparatados, en donde están involucrados personajes de alcurnia o de muy baja estofa: La venganza es mía, La señora Bixby y el abrigo del coronel, El hombre del paraguas, Gastrónomos, y los famosísimos Apuestas y El autoestopista, por nombrar algunos. Un puñado de los más brillantes tiene como protagonistas a parejas fatigadas por demasiados años de matrimonio en los que, hartas del abuso masculino, las mujeres asestan el desquite fatal: La subida al cielo, Cordero asado, Mary y William.

Entorno recurrente es la Inglaterra rural, que conocía muy bien, como se ve en el magistral Placer de clérigo, El tesoro de Mildenhall y la serie de El perro de Claud. El tópico del burlador burlado resulta quizás uno de los que más utiliza aunque todas las veces con trampas distintas, no exentas de gags físicos y cierta moraleja final, razón por la que -aparte de otras muchas causas- sus detractores lo describieron como un contador de chistes de salón.

Entre los cuentos más fantásticos, los hay de comicidad desaforada, como Edward el conquistador, en el que una mujer cree ver en un gato la reencarnación del músico Franz Liszt, y Jalea real, donde un hombre transforma a su hija en abeja. Los hay más serios aunque nunca pierden del todo cierto aliento zumbón: El tatuaje, con un protagonista que lleva tatuada en el cuerpo una obra de arte y se convierte en la obra misma (sin duda inspirado en otro escritor británico con cuya obra existen importantes parentescos, Saki); La patrona, sumamente cortazariano; La máquina del sonido, en el que un hombre está convencido de oír la voz de las plantas; o El deseo, impresionante relato breve susceptible de diversas interpretaciones.

Aparte se encuentran los más conmovedores, de género maravilloso: El chico que hablaba con los animales o El cisne, ambos para leer con niños. Este último, junto con Galloping Foxley, son extraordinarios retratos aleccionadores contra el bullying.

En los años de mayor fama, Dahl enfrentó acusaciones relacionadas con una supuesta actitud machista hacia su primera esposa; o por sus dichos antisemitas a la prensa; y racista debido a los personajes africanos de Charly y la fábrica de chocolate, aunque el problema es más complejo y debe entenderse según su contexto. Quienes lo trataron reconocen que, sin dudas, por su temperamento muchas veces favoreció esas denuncias, pero no sin que le pesaran y sin que por eso dejara de ser un generoso, afectuoso y divertido bonachón gigante, amante de la familia, la naturaleza, la cocina y sus amigos. Más lo de siempre: que la obra sea valorada por sí misma, que ya las cuitas personales se las lleva a la tumba su autor.

Las polaridades en que osciló su paso por el mundo -la sensación de no pertenecer a un país y a una lengua, sino a varias; el éxito profesional enrevesado con la tragedia familiar; el reconocimiento a una mitad de su producción por la que sentía menos interés y el desconocimiento de la otra- hacen pensar en él como un extranjero de sí mismo, un genio enorme aunque algo demediado.

Fortalecido por las pérdidas

Contra su voluntad, desde los cinco años, Roald asistió como pupilo a distintas escuelas inglesas y sufrió la distancia de su casa, como se cuenta en The Marvelous World of Roald Dahl (2016), un documental bastante completo de la BBC que puede verse en YouTube. En la escuela fue víctima de abuso tanto por parte de alumnos mayores como por tutores y directores que usaban prácticas de castigo físico muy habituales entonces. Son muchas las escenas en sus libros que lo manifiestan, sin ir más lejos, recordemos a la feroz directora Tronchatoro de Matilda. A favor suyo, el Dahl escritor encontraría en la literatura un arma para desquitarse de esos recuerdos. Boy. Relatos de la infancia, uno de sus dos libros semiautobiográficos -como los describe el autor, porque en ellos recrea su pasado moldeándolo con trucos de la imaginación- reconstruye muy visualmente aquellos episodios. El otro, Volando solo, se refiere a los años posteriores a la etapa escolar. Ambos son interesantes para leer con o sin niños.

También en el cuento Golpe de suerte (cómo me hice escritor) repasa muchos de aquellos acontecimientos y se ríe de los reportes de sus maestros, que sirven para comprobar cuán inadaptado puede parecer alguien genial sometido a la educación formal. «Chapucero persistente. Vocabulario desdeñable, oraciones mal construidas. Me recuerda a un camello», informa de él un docente cuando Dahl tiene quince años. «Nunca he conocido a un muchacho que de forma tan persistente escriba exactamente lo contrario de lo que quiere decir. Parece incapaz de ordenar sus pensamientos sobre el papel», escribe otro un año antes, sin saber que ese don para descomponer el orden esperable del lenguaje se convertirá quizás en el rasgo más original de su ficción.  

Media docena de sus relatos fueron incluidos en el ciclo Alfred Hitchcock presents (1955-62) y otros muchos fueron filmados para el ciclo televisivo Tales of the Unexpected (1979-88), con guion y presentación del propio Dahl. Pueden verse en YouTube, pero es poco recomendable hacerlo sin haber leído antes los textos, infinitamente superiores a la versión audiovisual que funciona luego como curioso complemento.  

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