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Laura Fernández

«Invento porque la realidad no me gusta»

Laura Fernández

Usted ha entrevistado a muchos grandes autores. ¿Encontró en ellos sencillez, pedantería?

Entrevistando escritores he descubierto que, los que son buenos escribiendo, también son buenas personas. Por ejemplo: Richard Ford no solo no me decepcionó, sino que me maravilló. Fue muy generoso. Siempre han sido muy generosos conmigo los escritores. Alguno ha sido crítico, como John Williams, al que solo pude entrevistar por fax, pero… ¡lo conozco tan bien! Lo he leído todo. Y eso lo agradecen los escritores: conocer su obra, saber sus vidas. Y así la empatía es recíproca durante la entrevista. O sea: no los dejo de admirar. Al contrario: los admiro más. Me hacen sentirme menos sola, como dice Alejandro Zambra.

¿Cómo se relaciona con sus entrevistados más jóvenes?

Exactamente igual, porque yo tengo la suerte de que, como periodista free lance, casi siempre puedo elegir al entrevistado. Siempre elijo a quien me gusta, sea joven o mayor. Recuerdo que un dibujante muy jovencito me dijo que no había dormido pensando en que yo lo iba a entrevistar. ‘¡Pero si tú entrevistas a los grandes de verdad, ¿qué haces entrevistándome a mí?’ Es importante detectar que sienten ese respeto y que tú también los respetas. Hay que ver lo que hay abajo, no solo lo que ya está arriba. Hay muchos jóvenes muy valiosos. Y no solo los periodistas debemos fijarnos en los grandes, y sería bueno que los autores consolidados también lo hagan. Porque no suelen hacerlo, la verdad.

¿Qué consecuencia tiene en la literatura española ese desdén que se advierte en numerosos escritores?

A mí me parece que con eso la única que sufre es la literatura española. La literatura española está desmembrada porque no hay respeto entre los escritores. Tendría que haber mucho más respeto y mucha más admiración. Admiración mutua y no estar de espaldas a lo que otros hacen. Una literatura fuerte es la que se apoya, la que se entiende entre ella. La española tiende a ser muy narcisista: ‘si a mí me va bien, genial. Y si a ti te va bien, no lo quiero ver.’

¿Qué consecuencia tiene ese desdén del otro?

Yo creo que cuando no tienes muy claro lo que quieres hacer o quién eres, cuando la escritura no es para ti una pulsión o una forma de estar en el mundo, lo que haces es convertirte en alguien muy perdido y tu literatura se vuelve una veleta que gira hacia dónde van los aires. Y eso también despista al sector editorial, porque no sabe a dónde dirigirse. En Sudamérica, en cambio, lo tiene muy claro: no se meten en cómo hacen los demás las cosas. Y yo pienso seguir esa línea.

Ha publicado un libro que parece la culminación de un trayecto. ¿Cómo se ha sentido inventando innovaciones a las que se atrevieron Joyce o Cabrera Infante…?

Sí. Es un libro antiautoritario en todos los sentidos. Por el uso del lenguaje, la puntuación… Que la lengua española sea flexible, que te permita jugar, es importantísimo. Mi vida es pequeña, pero dentro de una historia yo puedo exagerar. Yo pienso en historias todo el rato, pienso en nombres de personajes, en frases… guardo todo y luego lo utilizo. Para mí, una obra debe hablar del artista, debe hacerlo hasta en la forma en que adapta las palabras. Si pongo una palabra en cursiva, pues estoy diciendo que es una palabra disfrazada, como si no fuera del todo sincera contigo. Una cursiva no está siendo quien quiere ser. Vamos, que invento porque la realidad no me gusta. Pero, al final, lo que hay es un ser humano desnudo. En esta novela no hay contexto social, político, histórico. Ni siquiera los personajes tienen edades. El lector hace mucho trabajo aquí, imagina todo el rato. Yo le planteo algo, pero él decide la edad que tiene el personaje, si le cae bien o si le cae mal. Pueden ser niños grandes en situaciones adultas. Tú decides. Decides, incluso, qué aspecto tienen. Eso sí, esto es un reto estilístico, eh.

¿Qué tuvo que pasar en la vida para que ahora usted sea Laura Fernández?

Muchas cosas. Primero que yo no desistiera nunca. Antes me reía mucho de mí misma. Era como Arturo Bandini, de John Fante. Le decía a una amiga, por ejemplo: ‘guarda esto, porque algún día podrás decir: esto perteneció a Laura Fernández.’ Jajajajaja. Yo era así, Juan. Siempre muy payasa, como Bandini. Pero nunca he parado de trabajar. Estudié muchísimo, trabajaba mientras estudiaba, y a la vez ya escribía. Pero escribía mal. Era muy dramática, cursi. Pero no dejé de escribir. Nunca. Un día, por fin, encontré una editorial que me lo publicara. Pero justo cuando ya estaba listo mi libro, ¡mi primer libro!, la editorial quebró. Bueno, pues me dediqué a regalarlo. Hubo quien habló muy bien de mí. Agustín Fernández Mallo, por ejemplo, habló de él en su blog. Yo me identifiqué mucho con lo que él encabezó: la generación Nocilla. Porque no me gustaba cómo se hacía la literatura aquí, yo quería hacer otra cosa. Como esa generación. Y me sentí muy respetada y acogida por ellos. Luego Seix Barral me publicó una novela. Estuvo súper bien, la verdad. Pero luego sentí que ahí no era yo. Porque estaba muy constreñida por lo que Seix Barral esperaba de mí. Un día Claudio López Lamadrid me dijo que le enviara algo. Acabé una novela, se la mandé y a las dos semanas me llamó. Y a partir de entonces mi vida cambió. Porque Claudio me vio exactamente como soy. Y alguien existe si, y solo si, alguien te mira y te lanza al ruedo. Ah, pero lo que no te he contado es que, cuando tenía año y medio, yo tuve un problema del corazón. Tengo una cicatriz gigante en la espalda y, ya que pude entender, supe que había tenido un soplo en el corazón mal curado y bronquitis. Me dije: a lo mejor estoy en tiempo de descuento. Así que voy a vivir intensamente. Hay que ser valiente y hacer solo lo que quieres. Solo lo que quieres.

¿Y ya sabe quién es usted?

Bueno, toda la vida es un proceso de autoconocimiento. Cada vez me conozco mejor, pero todavía hay muchos misterios.

¿Cuál es el secreto de su alma extranjera?

Que yo no me siento de aquí. Por el hecho de ser hija de inmigrantes, yo creo. Es que yo no soy consciente de la historia de España, porque creo que a España no le ha importado gente como mis padres y gente como yo. Crecí en un barrio a las afueras de la ciudad, con unos padres que llegaron, una de Extremadura y otro de Almería, sin historia detrás. Yo no tenía a mis abuelos aquí. Y todo lo que veía en la tele me parecía más real que mi extraña vida. Las series sí que tenían familias. Nosotros éramos tres personas solas. Luego empecé a leer los clásicos infantiles traducidos por el Círculo de Lectores y… sentía que hablaban de mí. Y si leía algún autor español… no hablaba de mí. Entonces encontré la literatura del perdedor, esa en la que los americanos son los mejores, porque casi todos ellos son hijos de inmigrantes, raros, inadaptados, crecidos en contextos suburbiales, de descomposición…. Y con eso me identifiqué.

¿Esa pasión la ha atenuado el periodismo o sigue en su sitio?

Sigue en su sitio. Lo que pasa es que el periodismo empezó siendo para mí algo muy de calle. Explotaba una tele en un bar y yo llamaba a la agencia en la que trabajaba para ofrecer un teletipo, jajaja. Eso hacía. Me gustaba que en la agencia no firmaras los textos, no era algo egocéntrico, era un trabajo que hacías como para descodificar el mundo para los demás. Luego pasé a El Mundo, ya firmaba, y lo bueno de eso fue que pude desarrollar un estilo propio. Me dieron espacio y yo aprendí mucho. Este libro, por cierto, está lleno de periodistas.

Ahora ya le conocen. Y usted conoce mucho a este país. ¿Cómo ve a este país?

Me conocen, sí. Me han dado el Premio Ojo Crítico. Me llamaron para decírmelo y me bajó la tensión. Porque pensé: ya me han visto. ¡Ya me ha visto España! Como escritora, digo. Y yo quería eso: que me vieran como escritora. Que vean que existe un tipo de libros como los que yo hago. Me pasé todo el día llorando, sin parar. De alegría. Entonces, yo ahora veo a España como un lugar menos hostil, más amable y más abierto. Ya hay menos prejuicios para acercarse a un libro. Como que durante los últimos años el lector se ha reprogramado y está más abierto que nunca.

Para escribir como lo hace ha de estar muy en forma.

Sí. Bueno, yo trato de escribir 40 o 45 minutos cada día. Eso es suficiente para que algo brille. La parte final, cuando ya tienes que escribir seis páginas, se me hace muy cansada, pero porque ya sabes a dónde vas. Pero al principio solo pienso en poner un ladrillo cada día. No sé cuánto durará el proceso. Pueden ser tres o cinco años. No lo sé. Y eso me gusta.

¿Considera que ha llegado a un momento que augura otro?

Sí. Pero lo que augura es tranquilidad. Ya me han visto, vale: ¡entonces puedo ser escritora todo el rato! También me encanta que me reconozcan en las librerías porque yo amo a los libreros. Es muy bonito. Y… es que yo no pensaba que esto me ocurriera en vida. Cuando me dieron el Premio Finestres de Narrativa, dije: qué maravilla, no pensaba que esto me lo dieran en vida, jajajaja. Tengo una sensación de irrealidad que se va poco a poco asentando. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de que un día voy a despertar, que todo lo que estoy viviendo no está pasando, y que un día voy a despertar y todo seguirá siendo como antes.

Tiene tanta vida… ¿Cómo ha podido vencer la tentación de la autoficción?

Porque no tengo nada que enseñar. Las mejores verdades se cuentan a través de la ficción. A mí la ficción me permite seguir con vida. Siempre he sido una Alonsa Quijano. Y creo que una experiencia no es universal. Una experiencia es personal. Lo único realmente universal es una novela. Mira a Kafka: seguirá siendo moderno y universal siempre. Es que no es justo que yo llore ante el lector: mira por lo que he tenido que pasar. Pues no. Es que yo no me creo la autoficción. Me creo la ficción.

¿Qué papel juega el talento en la literatura?

Naces con una predisposición a ciertas cosas y ya. Tengo capacidad de concentración gigantesca y de capacidad de evasión también. Pero también tengo una incapacidad social enorme, prefiero leer… O sea: necesitas un desajuste con la vida. No sé si talento, pero sí un desajuste. A mí me gusta mucho la música, intenté cantar y componer canciones, pero… creo que hubiese sido una cantante frustrada. Por eso me dediqué a escribir, que es como jugar.

Su novela acaba con esta frase: «alguien que jamás se ha sentido en casa sintiéndose en casa por primera vez».

Esto es algo que se repite en casi todos los finales de mis novelas. Porque para mí la literatura es estar en casa. Ahí todo es mejor que en la vida real. Ahí puedes ser joven, mayor, niño, puedes volar. Eres completamente libre ahí. Puedes tener tu vida normal, digamos, y tener una vida paralela en la ficción. ¿A que es maravilloso?

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