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El fotocollage literario de Pepe Calvo

El fotocollage literario de Pepe Calvo porMiguelÁngelLozanoMarco(*)

El jardín flotante es el título de la tercera novela de Pepe Calvo, a la que preceden La flor oráculo (2013) e Imagina mi alma (2018). Esto significa ya su asentamiento en un género literario adecuado y propicio para la expresión de su mundo. Porque Pepe Calvo es un artista de larga trayectoria en el terreno de la fotografía y, de una manera singular, en el del fotocollage. Es artista porque domina la técnica y porque es creador, esto es: que tiene su propia mirada sobre el mundo y lo recrea construyendo con las imágenes un universo original, atractivo y, con frecuencia, inquietante. Así es, sobre todo, desde aquellas refinadas Mujeres de octubre (1979) situadas en un ambiente decadente con toques surreales. Avanzó conquistando nuevos ámbitos por el terreno surrealista, como lo evidencia su admirable Colección de 1988, excelente muestrario de sus avances hasta ese momento, y alcanza (hasta ahora) su cima en la exposición Holy Interiors (2017), cuyo catálogo permanece como referente de un logro visual en el que objetos y ambientes conocidos o reconocibles se interpenetran en el seno de una realidad poética suficiente, que nos abre una rendija para atisbar el misterio de lo que nos rodea y de lo que no solemos ser muy conscientes.

El artista y novelista Pepe Calvo. información porMiguelÁngelLozanoMarco(*)

Pero de las secuencias visuales de sus fotomontajes se desprende también un cierto estímulo narrativo. Lo advertimos en Holy Interiors, pero también, y de una manera decidida, en Suite (1997), donde el contemplador parece impulsado a imaginar una trama sugerida por la secuencia de imágenes; trama que es siempre personal e intransferible, pero consecuencia de la propuesta visual ante la que nos situamos.

Lo anterior me parece necesario para tratar sobre la narrativa de este autor; porque -como no puede ser de otro modo- sus diversas creaciones no son sino expresiones de un mismo mundo original en el que está presente ese componente esencial al que solemos llamar «misterio»: la intuición de una cierta trascendencia depositada sobre las imágenes de lo que entendemos como «realidad», siempre más rica de lo que pensamos para quienes saben ver. El arte de Pepe Calvo, procediendo de la fotografía, no es mimético, sino expresivo y poético, y, como ha sucedido a lo largo de la historia, en el mejor arte siempre hemos advertido un «más allá» o un «más adentro»; por eso permanecen. En los mismos títulos tenemos los ejemplos: el «oráculo» inicial deja paso al «alma» que se nos alienta a imaginar; todo ello apunta a un «interior sagrado» y concluye ahora en este surreal y simbolista «jardín flotante» que se alza como emblema de la novela. Y es que, al igual que Buñuel, Pepe Calvo cree en el misterio, como componente de la vida, que se revela en la creación artística gracias a quienes saben verlo y expresarlo. Así lo afirma Pedro Signes (padre de Leo) del cuadro que da título al libro: «Poseía el aroma, el secreto de las grandes obras de arte que no perecen con el paso del tiempo».

A sus imágenes añade ahora, con un lenguaje referencial, argumento, trama y personajes; y son estos, con sus voces, quienes construyen un mundo contenido a lo largo de 292 páginas. Porque el autor ha elegido dejar el relato en manos de sus personajes. Nos encontramos con una narración en primera persona que el protagonista, Víctor Novell, emprende pidiendo ayuda al lector, e incluso proporcionándole un correo electrónico para ponerse en contacto. Asistimos así, desde el terreno de la metaficción, al desarrollo de algo que ya ha concluido, pues el inicio se plantea desde el estado de ánimo en que dejamos al personaje-narrador en las últimas páginas. El relato en primera persona ha de tener un sentido, porque depende de una óptica limitada, y porque, más aún, los lectores dependemos de lo que el personaje quiera contar, o quiera camuflar, o quiera soslayar... Y se va haciendo evidente, a medida que leemos, que el narrador no es fiable y debemos estar atentos para desentrañar verdades que no quiere dar a conocer. Así sucede en la novela, donde se da cabida a otras voces que alternan en la trama para completar o alterar lo contado por Víctor: es el relato de Leo, el pintor de éxito internacional; el de su padre, con la revelación de la verdad, y el de ciertos lectores que interrumpen el relato con sus correos electrónicos. Y es que, en estos correos, ¿no parece tener razón Rolando, tan despreciado por el protagonista? ¿O no atisbamos una historia que se nos oculta en las relaciones, que pudieran pasar inadvertidas, de Víctor con esa tal Rosa? En este mundo todo parece equívoco, y pudiera ser revelador lo que apunta sobre Víctor ese personaje ausente, solo aludido y vejado hasta la saciedad, que es Rolando: «siempre has sido un mentiroso, un hombre vulgar que tiene que inventarse la vida extraordinaria que le gustaría vivir».  

Novela, pues, de personajes que se relacionan, en buena parte, mediante la escritura; personajes que viven en un mundo también equívoco donde lo sobrenatural irrumpe en lo «natural», al igual que en los fotocollages conviven seres y objetos de distinto orden. Es su naturaleza. Son presencias que admitimos sin sorpresa y que conviven con otras creadas con un tono de sutil humorismo: Romy Schneider es la esposa del pintor Leo Signes; pero, aunque su físico se corresponde con el de la actriz, no es ella, sino una famosa soprano, titular nada menos que del Metropolitan Opera House, que además tiene aficiones anfibias. Aparece también Donald Sutherland como nombre de un influyente valedor de Leo, quien cuenta además con la amistad de Susan Sontag gracias al privilegio de haber sido atropellado por ella.

La novela está llena de referencias cinematográficas desde su mismo inicio (la imagen, evocada, de la aparición de Kim Novak en Vértigo crea ya un ambiente) y la educación cinéfila es el más sólido cimiento del universo de Pepe Calvo. También el pictórico: la novela gira en torno a un cuadro «mítico» -el que le da título- que es también un cuadro real, como lo son los otros dos mencionados: «La cama» y «Madonna embarazada», cuadros excelentes cuyo autor es Federico Chico (no hay que identificarlo con Leo). Los cuadros son tan reales como las ciudades en las que se desarrolla la acción: el San Sebastián crepuscular y elegante, y la Nueva York que todos conocemos desde siempre gracias a su omnipresencia en las pantallas. Personajes y ambientes urbanos recreados mediante la palabra que muestra y que oculta, que define y que confunde (o manipula), y que nos permite ver, intuir y adivinar.

(*) Miguel Ángel Lozano es catedrático de Literatura Española emérito de la UA y Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua

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