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El genio inabarcable de Bowie

Un fotograma de Moonage daydream, documental dedicado a David Bowie. información

Major Tom. Ziggy Stardust. Aladdin Sane. Pierrot. Delgado Duque Blanco. Profeta ciego. Rockero alienígena. Mesías del glam. Astronauta alcohólico. Pintor neoexpresionista. Amante omnívoro. Hombre Elefante en Broadway. Cibergurú. Todos esas identidades y personalidades -y más- se acumulan bajo ese significante polisémico que conocemos como David Bowie, y cuya personificación de carne y hueso falleció hace seis años tras pasarse la vida reinventándose sin pausa.

Cartel de la película.

Moonage daydream, el intrepidísimo homenaje cinematográfico a su figura presentado en el último Festival de Cine de Cannes fuera de concurso, contempla esas cuatro décadas y media de metamorfosis constante. Completada a lo largo de cinco años a partir de miles de horas de material, el filme lo dirige Brett Morgen, documentalista experto que en su largometraje anterior, Kurt Cobain: Montage of heck (2015), ya manejó el tipo de enfoque impresionista que vehicula la nueva película.

Piezas atomizadas

En otras palabras, Moonage daydream no ofrece una narración biográfica, sino solo piezas de información atomizadas a través de fragmentos de conversaciones que Bowie mantuvo en vida, muchas de ellas de naturaleza espiritual y filosófica -«el martes era budista y el viernes me interesé por Nietzsche», se le oye comentar en un momento de la película acerca de la transitoriedad de la existencia-, sobre un colaje caleidoscópico que recorre épocas a través de sucesiones y superposiciones de imágenes en buena medida nunca antes vistas, animaciones abstracta y alusiones visuales a artistas como Méliès, Kubrick, Murnau, Eisenstein, Oshima, Kandinsky, Pollock y Bacon, entre muchísimos otros. También, obviamente, abundan los fragmentos de actuaciones musicales, desde los conciertos de Ziggy Stardust and the Spiders From Mars a principios de los 70 hasta los de sus giras de mediados y finales de los 90 con los discos Outside y Earthlings.

En total, 48 canciones comparten mayor o menor presencia; la primera en sonar es Hallo spaceboy y Memory of a free festival pone el cierre a la película. Poco o mucho, inevitablemente, la selección efectuada por Morgen difiere de la que habría escogido cualquier otro fan del artista -este cronista echa de menos la la inclusión de Station to station- pero, en cualquier caso, es espectacular. Al ritmo marcado por ese tesoro musical, Moonage daydream avanza trepidante y sin dar un respiro al espectador a lo largo de sus 140 minutos de metraje. Eso quizá signifique que agotará a aquellos espectadores no especialmente preparados para seguirle el paso, pero los fans acérrimos lamentarán que no dure 140 minutos más. Cabe poca duda de que al propio Bowie le habría encantado; después de todo, como él mismo explica en la película, entendía su música como «un pudin de ideas», e intentó «dar inicio al siglo XXI en 1971».

La gran idea que la película articula es que la vida de Bowie fue un péndulo, que lo mantuvo oscilando entre su necesidad de conectar con la gente y la de distanciarse; así se explica, por ejemplo, que los experimentos compositivos que realizó en Berlín junto a Brian Eno dieran paso a su viraje hacia el populismo a través de canciones como Let’s dance y Modern love, que lo convirtieron en superestrella y demostraron que, tras años tratando de imponer sus gustos al público, había decidido empezar a darle lo que quería.

Retrato incompleto

Por supuesto, Bowie siguió recorriendo etapas y recuperó el afán experimentador, pero Moonage daydream pasa de puntillas por ellas. Asimismo, son contadas sus incursiones en la vida personal del artista. Se trata, pues, de un retrato conscientemente incompleto, que captura el espíritu de su protagonista pero asume que, para encapsular esa inmensidad llamada David Bowie -Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Profeta Ciego, etcétera, etcétera, etcétera- no bastarían una docena de películas.

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