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«La promoción no tiene que ver con la literatura»

«La promoción no tiene que ver con la literatura» Barcelona 12/07/2022 Entrevista a la escritora Xita Rubert para el suplemento ABRIL Fotografía de Ferran Nadeu

Parece de cristal, como si volara, y su literatura, que estrena ahora en grande con Mis días con los Kopp (Anagrama), la primera novela que publica, predice que lo que ve y lo que escribe será pronto la crónica de una escritora a la se referirán con mayúsculas hasta aquellos que tarden en descubrirla. Es Xita Rubert, nació en 1996, y en efecto parece que volara, pero la historia que cuenta es, como ha dicho Ignacio Martínez de Pisón, y recoge la editorial en la contratapa, «una atinada reflexión sobre la pérdida de la inocencia», consecuencia de «una mirada nueva que acierta a encontrar la grandeza de las cosas pequeñas». Es hija de un pensador, Xavier Rubert de Ventós, y de la poeta Luisa Castro, y no vale entretenerse con las virtualidades combinatorias de esos orígenes, porque se ve, por lo que escribe, por lo que dice, y por lo que sale de sus ojos de relámpagos azules que ese viaje de Xita Rubert, ya es de ida y es suyo, plenamente suyo, la inauguración de una escritora cuyo vigor es tan cristalino como su escritura y como su risa.

¿Cómo empezaría a contar su manera de escribir, de inventar?

Desde la ficción. Con algo que fuera mentira. Algo que fuese ficción, pero que sirviese para contar algo real. Esta novela, por ejemplo, la escribí con 22 años recién cumplidos, ahora tengo 25, y nació después de estar escribiendo cuentos con personajes difíciles: moralmente ambiguos o físicamente parapléjicos y que tenían dificultades para relacionarse. Eso viene, como todo, de la experiencia propia. En esta novela, el personaje central también es un señor que posiblemente esté enfermo. Tal vez podría haber sido otro de mis cuentos, pero alargué la historia porque la propia historia me lo pedía. Bueno, tampoco es una novela muy larga. 

¿Por qué algo que es real lo cuenta luego como ficción?

Es inexplicable. Yo creo que, en mi caso, es imposible hablar de manera directa de las cosas más reales. Si no estás con alguien de confianza, hay que hablar de esas cosas, de la muerte, de las decisiones, de modo indirecto. Y de modo oblicuo. En el caso de esta novela, la trama es una tapadera para poder hablar de esas cosas. Una excusa para llegar a ciertas reflexiones. No sé si me explico. 

Pero también hay sentido del humor. 

Efectivamente. Creo que lo que les pasa a los personajes es dramático, pero sería imposible hablar de ello sin utilizar el tono de la narradora: irónico, quizá a veces irrespetuoso, no lo sé, para no caer en el melodrama y que se pueda leer con gusto un tema que no da gusto. 

¿Qué ha sido lo más difícil de contar?

Es que… no me di cuenta de lo que quería contar hasta que tuve el segundo borrador. El primero eran, prácticamente, los elementos narrativos y ya. Al hacer la segunda versión surgieron en la voz de la narradora ciertos picos de la enfermedad del padre y eso. Eso era difícil de contar, porque quería respetar en todo momento la intimidad, la privacidad de cualquier persona que se sintiera identificada.

Hay pasajes del libro muy emocionantes e incluso parece que le han ocurrido a uno mismo. 

Sí. Tal vez porque son temas muy universales. Los personajes son medio extravagantes o medio raros, pero al mismo tiempo muy verosímiles. No lo sé. El quiebre por una enfermedad neurodegenerativa, las relaciones padre-hija… Con cosas como estas es fácil identificarse. 

El viaje también está presente. ¿Cómo supo que el viaje era el camino para que el lector llegue a los personajes?

Eso se me reveló. Me vi escribiendo la primera frase. Me había mudado a Estado Unidos para hacer el doctorado y dije: estoy en un lugar muy tranquilo, voy a ponerme a escribir. Escribí la primera frase y vi todo: los personajes y la trama, los giros narrativos, todo. Mientras escribía, descubrí que en eso había como un zumo, un concentrado de significados y de sentimientos y de revelaciones sobre la relación entre el padre y la hija, sobre la relación de la hija con la enfermedad de su padre, sobre la relación de la hija con ciertos comportamientos crueles. 

La enfermedad adquiere aire de metáfora.

Efectivamente. Una de mis editoras me decía: es curioso que la voz narrativa de la novela saca el tema y de inmediato lo recoge. Empieza a hablar de la enfermedad y de la enfermedad, pero… ¿cuál enfermedad? Es que yo aludí a eso porque creí que no era necesario. A mí me gusta destilar de una experiencia lo esencial para que luego, como usted decía, cualquier persona entienda lo que pasa. 

Pero, para conseguir eso, se ayuda del lenguaje, de las elipsis, de palabras concretas.

Sí, sí, sí….

¿Cómo ha cuidado esos aspectos a la hora de contar? 

Con respeto por la literatura. Cuido mucho eso. Ahora que he estado releyendo la novela… ¡me da una rabia cuando hay frases cacofónicas! ¡Pero cómo no las vi! Y eso me pone nerviosa, jajajaja.

En la historia, de pronto irrumpe Bertrand, un artista enfermo. ¿Cómo llegó a él?

Eso es un poco inconfesable. Pero… vino a mí. Como que yo no lo fui a buscar. Ese personaje vino a mí como un espejo del padre. Es decir: la narradora puede hablar de la enfermedad de su padre cuando se da cuenta de que, años atrás, ya había conocido a alguien medio perverso, medio asqueroso, medio frágil, medio vulnerable. Como su padre. Ella conecta a su padre con esa figura rara de su pasado y… hay como una especie de triángulo amoroso, jajaja. El padre, la hija y el loco.

El loco aparece en la novela como un fenómeno de destrucción que afecta a la narradora. 

Es que a mí las novelas que me interesan más son aquellas en las que la trama casi da igual, porque lo importante es la prosa, la hondura psicológica... Eso hacen los escritores a los que admiro. 

¿Quiénes son esos escritores?

Tantos, tantos… Ahora estoy releyendo a Ibsen, que lo leí en mi adolescencia. Dostoyevski, Kafka… ¡Uy, las frases crípticas de Kafka cómo las adoro!

Usted tiene algunas frases así, kafkianas, con las que a veces parece que quiere agobiar al lector. 

¡Porque ahí está el corazón de la vida! Ahí es donde el lenguaje no llega, donde no estamos totalmente sanos, donde hay cierta destrucción…

Es curioso que la narradora no sea usted misma y, sin embargo, se muestra a veces como si fuera la propia intérprete de la trama. 

Sí, sí. Ahí hay un desdoblamiento… Pero creo que va más dirigido al padre, no tanto a mí.

Hay una referencia reiterada a la luz y parece que la narradora es la luz que va iluminando todo.

En la primera página, en el primer párrafo, dice que los focos enfocaban sólo lo blanco. Eso tiene que ver con el tono de la narradora y con los temas difíciles que toca. No los enfoca de modo directo, apenas puede hablar de ellos.

¡Qué libro tan serio! ¿No?

Hay partes un tanto humorísticas, divertidas… pero sí, en el fondo todo es serio. A lo mejor eso viene de Kafka. 

O de Onetti.

Sí. Cosas que ellos expresan pero que, en el fondo, dicen: ojalá y nadie se dé cuenta de lo que estamos diciendo aquí.

Es que aquí hasta la felicidad es espantosa. Así está escrito: «felicidad espantosa».

Sí. Es que hay una colisión de fuerzas, de instintos subterráneos. Pero quería contarlo de forma ambigua, que no se pudiera decir que se están besando o que se quieren matar o que se están violentado, o todo a la vez.

¿Cómo piensa que debe ser recibido este libro?

Eso depende de cada uno. Es una novela ambigua, con lenguaje a veces críptico… Pero mi sorpresa es que esa complejidad ha acabado conectando con los lectores, entienden lo que se habla aunque no se nombre. 

¿Y no se preguntan si es autobiográfico?

Es que para mí la autoficción… no lo sé: el lenguaje reconvierte la realidad, ¿no? Y en esta novela hay más alucinación, más proyección. No es verdad ni recuerdos, es otra cosa. 

¿Qué sintió cuando terminó el libro?

Lo terminé hace tres años y… el libro me ha revelado cosas sobre mi vida, sobre mi relación con ciertas cosas… Es como algo premonitorio. Aquí hay cosas que escribí con 22 años y las leo ahora y como que digo: ahora esto me está pasando.

Es fuerte eso, ¿no?

Sí. Y espero que les pase a otros lectores.

¿Cómo ve este universo de escritores al que ha entrado? 

Es curioso. Siempre he escrito, desde muy pequeña y… toda esta parte de promoción y tal creo que no tiene mucho que ver con la literatura. Lo hago porque es importante para la editorial, pero a mí me gusta escribir sin que nadie me esté mirando.

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