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Los trabajos y los días

Rafael Reig.

Rafael Reig ha ido construyendo con el pasar del tiempo una sólida carrera literaria protegida por una escritura sin aspavientos y por una mirada sencilla del acontecer humano que es visto, a menudo, como una suerte de mezcolanza entre lo trágico y lo cómico, entre el dolor y la alegría. Es reconocible en su estilo el diapasón con el que vertebra sus ficciones, la forma de un narrador que es capaz de soltar hacia todo bicho viviente diatribas y puyas con un humorismo hiriente no exento de alta catadura ética.

Los trabajos y los días

En El río de cenizas Reig muestra su cara más trágica sin dejar de lado la sonrisa que siempre mantiene viva. Pero en la balanza pesa más en este libro los trabajos de amor perdidos y las reflexiones sobre el dolor de la muerte de un hombre al final de su vida cuando, tras un ictus, ingresa en la residencia (de lujo) Los Carrascales para pasar revista a toda una vida de recuerdos y tratar de dejarle a su hijo una confesión nada católica de sus días pasados. Conocerá a una serie de personajes con los que convivirá y con los que dibujará los contornos de una vejez que «es el reino de la libertad, un tiempo ya -¡y ya era hora!- sin prejuicios, sin dogmas, sin creencias e incluso sin intereses (creados, imaginados o inducidos).

Pergeñado por la altura que dan esos días el anciano en cuestión lee a santa Teresa, a Catilina, a Thomas Mann, a Joseph Roth para disipar la melancolía y la angustia de un final sobre el que Reig ha escrito en este libro páginas memorables. Hay momentos en los que El río de cenizas es un verdadero enfrentamiento cuerpo a cuerpo contra la muerte («¡Ay muerte, muerte seas!») del que sale victorioso un escritor en estado de gracia.

Quiere el narrador (y lo consigue) unir en un solo movimiento final desde el inicio todas las edades de un hombre que es todos los hombres y por eso escribe «para recordar, buscando por debajo de los hechos los hilos invisibles que nos sujetan a unos con otros, como un motivo que reaparece en una sinfonía y es el esqueleto oculto que la mantiene en pie. Hilos de oro o telas de araña que nos atraviesan y unen el pasado, el presente y el futuro». A pesar de que el tiempo de la novela tiene como telón de fondo una plaga en forma de pandemia, la novela incide en la inactualidad del presente, enemigo de la cultura «y no pocas veces también del sentido común». Porque la narración muestra acertadamente que la vida de este hombre «sólo se volverá comprensible cuando pueda narrarse desde el punto de vista en el que suceden a la vez el pasado, el presente y el futuro».

He dicho que es este un libro sobre la muerte, y sí, pero es también un texto altísimo sobre la idea de una libertad rebelde, vivida a conciencia, sobre un miedo que no debería paralizar y que no paraliza, sobre las bondades no agresivas de la bebida, sobre una alegría serena en la vejez compartida, sobre una vejez que ni es dulcificada ni es vilipendiada. Comprenderá el lector a medida que avance en la lectura que es este un libro más romano que griego, anclado en un conjunto de reflexiones de un narrador que a diestra y siniestra comprende que la vida es «carácter o destino» y que sabe, y de qué callada manera, que hay que atreverse « a lo sublime, en lugar de conformarnos con lo bello».

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