¿Qué la poesía no salva vidas? Pues va a ser que sí. Y si no, que se lo pregunten al conde Aleksander Ilich Rostov, el protagonista de la novela de Amor Towles, Un caballero en Moscú (Penguin Random House, 2018), quien, condenado a muerte por los bolcheviques en los inicios de la revolución rusa, ve conmutada su pena por el arresto domiciliario de por vida en el Hotel Metropol de Moscú. Así arranca esta deliciosa novela en la que asisto a más de cuatro décadas de la vida del conde en el Metropol, salpicada de detalles y de datos de la vida del pueblo ruso después de la revolución, sin acritud y sí con un buen sentido del humor.

«Aleksandr Rostov no era científico ni sabio, pero a los sesenta y cuatro años tenía suficiente experiencia para saber que la vida no avanza mediante saltos y brincos. La vida se despliega» (p.442) Y eso es lo que ocurre con la historia, que se despliega desde el momento del arresto hasta el final, que no cuento; desde que se despide de su casa, Villa Holganza, desde que se despide de su suite del Metropol, desde que se despide del ático de nueve metros cuadrados del hotel. Su vida se despliega mediante su cultura (muchas referencias y comentarios estupendos sobre cine y literatura), su saber estar, su forma de hablar, la manera de divertirse, el cómo acepta la realidad, la cual, ni en los peores momentos, se presenta turbia o sucia, en definitiva, todo un caballero. Panorama vital que se completa con todos los personajes que va conociendo en su exilio interior, con ese triunvirato de trabajadores y amigos del hotel. Se asiste a las diferentes relaciones personales y sociales que se establecen en la habitación del Conde, en el restaurante Boiarski, donde ejercerá de camarero y de jefe de sala, en el bar Chaliapin; en el restaurante Piazaa, diseñado para ser el lugar de reunión de toda la ciudad de Moscú; y en la recepción, con Vasili. Por esos escenarios aparecerán muchos personajes entrañables: Nina, esa niña que le mostrará todo el hotel por dentro y de la que aprenderá a ver las cosas desde otro ángulo; Ósip, un excoronel del ejército ruso al que le enseñará cómo se entiende el mundo desde occidente mediante los comentarios sobre cine; Sofía, hija de Nina, con la que se desarrollará toda la parte final de la novela, en donde los sentimientos más sencillos y profundos se desarrollarán; su amigo americano y diplomático, Richard Vanderwhile, ambos de esa clase alta que se hospeda en esos hoteles que hay por todo el mundo para ellos, como el Metropol. Y a todos los puedes conocer en una narración extendida.

Toda la obra está aderezada con un humor nada disimulado con diferentes finalidades. La incongruencia que propicia el humor hace que este sirva para acentuar algo de la realidad, por ejemplo, mediate una pregunta y respuesta: «¿De verdad hace falta un servidor de espárragos en un banquete? - ¿De verdad hace falta un fagot en una orquesta?» p.74; o bien para ridiculizar el mundo soviético: «[…] pero seguro que celebrarían algo, ya fuera el centenario de El Capital, o los 25 años de la barba de Lenin», p.75. Estilo narrativo extendido, desplegado con la única pretensión de narrar, con ese narrador que es como Dios, que habla en tercera persona y que se acerca en ocasiones a la oralidad de los cuentos tradicionales, mostrando los hechos, comentándolos, opinando y guiando al lector, hasta el punto de interpelarlo en muchas ocasiones, preguntándole, explicándole cosas, o introduciendo notas a pie de página para complementar los temas que van apareciendo en la novela; un ejemplo muy significativo es aquella en la que el narrador se declara ruso y cuenta la vida del conde ( pp. 122-123). Y la escritura fluye y fluye y mi lectura con ella.

Y ¿Por qué deberíais de leer esta novela? Porque, aunque se trate de una novela muy profunda con una forma muy sencilla; o, por el contrario, de una novela muy sencilla con apariencia de muy complicada, es una delicia leerla; porque en ella se demuestra cómo la escritura se convierte en instrumento de transmisión de hechos, sentimientos y valores, y en la que la lectura cobra toda su razón de ser y de hacernos a nosotros.