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Nostalgia

Es un dolor, como lumbalgia y pubalgia, salvo que no tiene localizado un lugar en el cuerpo: nos dolemos de un tiempo en el recuerdo

Imagen de Stranger Things, 
1ª temporada (Netflix, 
The Duffer Brothers, 2016). | INFORMACION

Imagen de Stranger Things, 1ª temporada (Netflix, The Duffer Brothers, 2016). | INFORMACION / porraúlRodríguezFerrándiz

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Raúl Rodríguez Ferrándiz

Cuanto más dichoso se recuerda el momento, más dolorosa la conciencia de su pérdida y más imperioso el deseo un tanto masoquista de reproducirlo vívidamente. En origen, el término nostalgia, acuñado por el médico Johannes Hofer en 1688, daba nombre a la añoranza que experimentaban los soldados en campañas muy distantes de su hogar, como Ulises extrañando sus Ítacas. Hofer catalogó los síntomas -inapetencia, febrícula, marasmo, consunción, muerte. A algunos nostálgicos se les concedía la licencia del servicio y volvían a casa, para encontrar quizá allí que sentían nostalgia… del ejército.

Fotograma de E.T. (Steven Spielberg, 1982).

Fotograma de E.T. (Steven Spielberg, 1982). / porraúlRodríguezFerrándiz

La nostalgia tiene como analgésico (y al tiempo, veneno potenciador: un pharmakon derridiano) el deleitarse en simulacros de aquello que quedó lejos, tanto en el espacio (la casa familiar, los lugares de la infancia), como, de manera más irreversible, también en el tiempo. Como estas fantasmagorías son cada vez más logradas gracias a técnicas de reproducción sofisticadas, la sensación de plenitud o de restitución puede resultar más completa. Pero a la vez, como en los analgésicos que provocan tolerancia y llevan a un aumento de la dosis para obtener el mismo efecto, nuestra necesidad de calmantes de la nostalgia se hace más frecuente. Revisitar compulsivamente esos archivos puede llevar a confundir la nostalgia del momento original con la nostalgia de segunda mano de alguno de los momentos pasados, pero más recientes, que ya fueron recreaciones: las películas de Super 8, ideales para las ocasiones, han dejado paso a las cámaras de vídeo y al móvil de todas horas, de manera que entre lo vivido y lo recordado se interponen cada vez más visionados intermedios, cuñas o puntales de memoria protésica. Ahora las redes sociales nos ofrecen cada tanto álbumes animados de nuestras propias fotos y publicaciones sobre un tema, unos protagonistas, un evento o un periodo de tiempo concretos, con rótulos, una música evocadora de fondo y unos suaves fundidos. Externalizar la nostalgia no nos ahorra dolor, refina los instrumentos de tortura.

Scott y Zelda Fitzgerald en el cochedonde llevan a Gil Peters a recorrer lanoche parisina de los años veinte.

Scott y Zelda Fitzgerald en el coche donde llevan a Gil Peters a recorrer la noche parisina de los años veinte. / porraúlRodríguezFerrándiz

Nostalgias subrogadas

Caso aparte es la nostalgia subrogada: que no sea nuestro pasado particular (siempre imperfecto, pero perfecto en nuestro recuerdo) sino uno colectivo, eficazmente plasmado, el que es objeto de nostalgia: el de nuestra generación, por ejemplo. Quienes vimos en los ochenta E.T., y nuestro paisaje eran esos cortes de pelo, esos pantalones nevados, esas bicicletas y esos walkie-talkies, sentimos una punzada de nostalgia cuando muchos años después nos sedujo Stranger Things. Pero quizá eran esas bicis y esos walkie-talkies del cine o la televisión, y no propiamente los nuestros, los que añoramos: junto con lo vivido de veras, lo vivido de vistas, que ambas son ruinas que se solapan y que van siendo cubiertas por sedimentos, hasta que un buen día el arqueólogo de nosotros mismos que somos las desentierra con lágrimas en los ojos, confundiendo unos estratos con otros. Porque de la misma manera que la sátira y la parodia son formas de representar la realidad, deformándola humorísticamente (pero manteniéndola a distancia), la nostalgia es otro espejo deformante (pero en este caso íntimo, cercano, con un vértigo parecido al de Narciso mirándose en el estanque), que solo necesita las brumas del tiempo, un cierto desasosiego y bastante autocompasión.

Cartel promocional de la película Medianoche en Paris.

Cartel promocional de la película Medianoche en Paris. / porraúlRodríguezFerrándiz

Todo ello vale incluso para un pasado remoto idealizado que ni siquiera hemos vivido, pero que nos ha sido recreado por ficciones o por documentales ficcionalizados: tenemos por el colmo de la dicha poder haber saboreado esa corte del faraón, esa antigua Roma, esa Florencia de los Medici, esa Sevilla o ese Alcalá del Siglo de Oro, ese Londres victoriano, esos felices años veinte (¡ay, del siglo pasado!) en París. Por supuesto que la elegía (o tempora, o mores) y la oda a las ruinas son géneros bien conocidos y practicados, pero eran deliquios cultos, males selectos, mientras el común de los mortales solo se podía quejar de lo que había perdido en primera persona. Pero ahora esa máquina del tiempo retrógrada puede accionarla cualquiera, y Google, Facebook, YouTube o Spotify nos devolverán las imágenes, músicas, letras, modas, usos y costumbres de la época de nuestra elección.

Luis Buñuel (Adrien de Van), Gil Pender (Owen Wilson), Man-Ray (Tom Cordier) y Salvador Dalí (Adrien Brody), en un fotograma de Medianoche en París (Woody Allen, 2011).

Luis Buñuel (Adrien de Van), Gil Pender (Owen Wilson), Man-Ray (Tom Cordier) y Salvador Dalí (Adrien Brody), en un fotograma de Medianoche en París (Woody Allen, 2011). / porraúlRodríguezFerrándiz

Paris minuit

Hay un film de Woody Allen que se llama Medianoche en París (2011). El protagonista es un turista americano recién llegado a la ciudad junto a su prometida y los padres de ésta. Le acompaña el borrador de una novela y el deseo de que París le ayude a rematarla. Se pierde solo por las calles, en busca de inspiración, y sucede el milagro: a medianoche, en una esquina, se detiene un Peugeot años veinte y los ocupantes le invitan a subir. El trayecto es un viaje de casi cien años en el tiempo, que se repetirá en varias noches sucesivas, para enfado de su prometida y sus futuros suegros. En los locales que visita conoce a Scott y Zelda Fitzgerald y a Djuna Barnes, escucha tocar el piano y cantar a Cole Porter y bailar a Josephine Baker, discute de literatura con Hemingway y de pintura con Picasso y Dalí, recibe consejos valiosos para su novela de Gertrude Stein. Y aún le da tiempo para sugerirle a Buñuel el argumento de El ángel exterminador. No puede creer su suerte: ha dado con el París años veinte de sus sueños. En eso conoce a una atractiva mujer, Adrienne, que fue amante y musa de Modigliani, y queda prendado de ella. Pero ella le confiesa algo que le deja desconcertado: no entiende esa alegría infantil que experimenta, esa cara de bobo permanente. El París que merecería la pena recuperar es el de la Belle Époque, claro, hacia 1875. Mientras hablan, suenan las doce y un coche de caballos los recoge en esa misma esquina, para trasladarlos precisamente cincuenta años atrás, al Maxim’s, donde beben absenta y discuten de pintura Gauguin, Degas y Toulouse-Lautrec, y luego al Moulin Rouge, donde las coristas bailan el cancán, como en los años veinte era (será) el charlestón. Los pintores, a todo esto, les habían confesado que era el Renacimiento la auténtica Edad de Oro, no esos tristes tiempos en que vivían.

Cada cual denuesta su época e idealiza un pasado mejorado por no haberlo vivido, pero bastaría vivirlo de veras para que fuera otro el elegido. Como lo dice Francisco Brines, mucho más bonito, en Las brasas: «No repite / los hechos como fueron, de otro modo / los piensa, más felices, y el paisaje / se puebla de una historia casi nueva / (y es doloroso ver que, aun con engaño, / hay un mismo final de desaliento)».

Las nostalgias, como las modas, se diría que se aceleran, y cada vez es más corto el lapso entre el momento recordado que dispara el sentimiento y el momento actual de la insatisfacción o el vacío que aquel viene a llenar. No sé si tiene nombre vivir ciertos momentos anticipando y casi paladeando las nostalgias futuras que nos depararán. Les confesaré una nostalgia mía de ese género: echo a faltar la ilusión por el estreno anual de la película de Woody Allen. Siento que he vivido y gozado no con, dentro, de Annie Hall, Manhattan, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Días de radio, Delitos y faltas, Alice (la vi en Florencia, estando en Italia de Erasmus), Misterioso asesinato en Manhattan, Balas sobre Broadway, La maldición del escorpión de jade, A Roma, con amor, Scoop, Blue Jasmine, Wonder Wheel. Eso por nombrar solo unas cuantas de las cincuenta que llevaba, a año por película. Muchas tardes y noches son esas, en los Astoria, el Carlos III, el Monumental o el Arcadia, en los Anna, y hace menos en los Odeón de San Vicente o en los Kinépolis. Es decir, en el Manhattan de los setenta o en el Brooklyn de los cuarenta, en Nueva Jersey o en Hollywood, en París, en Londres o en Roma. Vuelvo a verlas, pero necesito historias nuevas. Es en verdad la misma historia casi siempre, pero contada con tantas sutilezas y matices que admite permutaciones infinitas: los amores frustrados, la neurosis y las manías, la inseguridad, los afanes y miserias de la creación, los reveses del éxito y las lecciones del fracaso, el destino que empareja a quienes se acabarán detestando y embruja a quienes tienen compromisos previos, el esnobismo y el esplín de la clase media-alta culta y cosmopolita, todo ello aderezado con humor, ironía, cinefilia, y en algunos casos unas gotas de género fantástico (como en La Rosa Púrpura de El Cairo, Scoop o Medianoche en París, precisamente).

Pasolini llamaba moralismo a esa mala fe del burgués, que quiere vivir el placer de ser escandalizado y al mismo tiempo tener el poder de castigar al que le provee ese placer. Ahora se practica directamente un rencor retrospectivo (una anti-nostalgia, podríamos decir) que ni siquiera se ha permitido gozar de un placer culpable. Salta de la vida a la obra y viceversa con olímpico desprecio de los detalles de la una y de la otra, tira de catecismo y dicta sentencia. No lamentamos todavía (¡por muchos años!) la muerte física de Woody Allen, sino su muerte civil. Malditos sean por siempre esos moralistas de última generación que lo han cancelado.

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