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Barcelona, objeto literario

Crónica y ficción narrativa en La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza

Barcelona, objeto literario

Barcelona, objeto literario / JoséJoaquínMartínezEgido

José Joaquín Martínez Egido

Leer a Mendoza siempre es un placer, por eso, recomendar para su lectura una de sus novelas es algo fácil, y más cuando se trata de La ciudad de los prodigios (Seix Barral, 1986). Tengo la costumbre, cuando voy a alguna ciudad, de leer alguna novela que transcurra en ella. Así que como este mes de mayo pasado, por invitación profesional de mi colega Mercè, tuve que acudir a Barcelona en un viaje de ida y vuelta en horas, comencé con su lectura.

Hace muchos años que la leí por primera vez, y el protagonista, Onofre Bouvila, siempre ha pertenecido a esa galería de personajes que se han quedado en mi memoria. Mendoza lo construye alejándose del sentimentalismo que podría haber conllevado su desarrollo y compresión, ya que lo presenta recién llegado a Barcelona en 1888, en vísperas de la Exposición Universal, con 13 años, no sin ciertos aires de Dickens. Con el paso de los años se convertirá en uno de los hombres más ricos de la ciudad, a cuyo proceso, argumento de la novela, el autor le imprime una voluntad que nada tendrá que ver con lo que pueda suponer ser un hombre de bien, lo cual, por esa educación nuestra, no nos parecería la opción más previsible.

La obra se enmarca en el realismo tan particular de Eduardo Mendoza. En un primer término, opone el mundo rural al mundo de la ciudad y, en segundo lugar, presenta una división apabullante entre una clase social mísera (todo lo concerniente al mundo de la pensión y al submundo de la identidad de género de D. Braulio, dueño de la pensión, con claras influencias del naturalismo de Zola, por ejemplo) y una clase social burguesa adinerada. A su vez, dentro de esta última distingue claramente entre el rico de cuna y el rico advenedizo, como Bouvila, quien pronto adquirirá la costumbre de «decir siempre que sí, mientras por dentro preparaba las maniobras y traiciones más atroces» (p.70). Con su vida recorremos el periodo temporal que abarcan las dos exposiciones universales de Barcelona de 1888 a 1929. Si en la primera Onofre encuentra oficio en el reparto de la propaganda anarquista y en la venta de crecepelo, en la segunda será el patrocinador en la sombra de un pabellón para él solo. Es el culmen del éxito monetario, tras pasar por el mundo inmobiliario, la producción cinematográfica y la aeronáutica, sin salir nunca del ámbito mafioso; no tanto del social, al no ser aceptado por la alta burguesía de la ciudad; y tampoco será muy feliz como persona, ejemplificado y bien contado en su trato con las mujeres y con su propia familia. Podría afirmarse que Onofre Bouvila es un prototipo de pícaro barroco.

Así que, ya me ves a mí, desde las 8.30 h. en que aterricé en El Prat hasta el mediodía en que tenía la cita de trabajo, paseándome por todas las calles cercanas al recinto en el que se organizó la exposición universal de 1888, con el Arco del Triunfo como recuerdo de todo ello. Onofre, de chaval, iría por lo que ahora es el parque de la Ciudadela, esquivando a la policía y vendiendo y robando lo que podía. Se pasearía buscándose la vida por el Born, y en las calles aledañas a Nuestra Señora del Mar. (¡Qué buen café me tomé en su plaza a primera hora, siendo yo el único turista delante de su portada!) Muy buena mañana con toda la acción de la novela, por todas esas calles, conmigo de caminante, recordando todas las digresiones enciclopédicas sobre la época, la ciudad, y el modo de vida del momento. Estas digresiones, junto con ese narrador omnisciente necesario y eficaz y con la inclusión de los fragmentos de periódicos como ejercicio de intertextualidad, configuran una forma de novela peculiar muy propia de la marca de la casa, que tanto nos gusta. Y, ya llegando al barrio de la torre Agbar, pensaba en la cantidad de Onofres que habría por allí.

Y ¿Por qué deberíais de leer esta novela? Porque, además de que es una de las mejores de Eduardo Mendoza, refleja ese gusto por ese realismo y naturalismo decimonónicos, pero con ciertos toques de humor y con alguna falta de lógica que crean tanto un estilo narrativo personal, como un sentido propio del mundo. Y, además, porque Barcelona se convierte en objeto literario por el cual, literalmente, uno puede disfrutar de un agradable paseo.

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