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Una de las caras de los noventa

El arte es el reflejo de las emociones en La tempestad de Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada / Jaime Galia

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Está visto que este mes de julio lo llevo noventero, ya que tras la de Mañas y los dinosaurios de Maestre -que guardo para septiembre, he seguido con la relectura de La tempestad (Planeta, 1997) de Juan Manuel de Prada. Con ella, después de su novela Las máscaras del héroe (Planeta, 1996) -que releeré cuando acabe Mil ojos esconde la noche (Planeta, 2024)-, Prada consiguió el Planeta y el éxito económico y de público.

Desde siempre me han gustado las historias de misterio. Por eso, cuando mi amiga y compañera Mariló, en aquella sala de profesores de finales de los noventa, me ensalzó y me recomendó la novela que estaba leyendo, no dudé en comprarla. Y… ¡Qué buenos ratos nos dio!

Hasta ese momento no había leído nada de ese autor y lo primero que me llamó la atención fue que, a pesar de su edad, utilizara un registro tan abigarrado, tan culto y tan acicalado (tanto en el léxico como en la sintaxis) para contar una trama de misterio destinada, en principio, a ser un superventas con ese premio: «Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas» (p.11). Este tipo de oración la repite hasta seis veces empezándolas igual, pero alargándolas y todas en un mismo párrafo. Por ello, la crítica del momento no dejó de oponer la existencia de dos tipos de novelas españolas, las que se oponían a la tradición, centrándose en los jóvenes, en la década que se vivía y en un lenguaje lo más cercano a la cotidianeidad; frente a lo que puede ser considerada la literatura tradicional con temas enfocados desde una perspectiva intelectual y en donde el lenguaje se trabaja hasta alcanzar lo que pueda considerarse el extrañamiento de la lengua hacia el arte; y es aquí donde se situaría La tempestad.

En esta nueva relectura, para contraponerla a la experimentación de los otros dos autores, he vuelto a las conversaciones divertidas y excelsas que tuvimos sobre ella hace ya muchos años. Los acontecimientos divididos en 13 capítulos se desarrollan en cuatro días, con personajes poco especificados, salvo el protagonista. Alejandro Ballesteros, un joven profesor español que llega a Venecia para estudiar el cuadro de La tempestad de Giorgione (1508), y que contempla un asesinato relacionado con esa pintura y que, empezando in media res, la relata en primera persona, pero con cierto subterfugio, pues no deja de ser un narrador omnisciente disfrazado que cuenta la historia desde su desenlace. La progresión temática es lineal y particularmente lenta, pues los acontecimientos propios de una novela de misterio se acompañan de consideraciones sobre el arte, sobre la pintura en particular, sobre las relaciones personales, sobre el cómo afrontar la vida…

De esa forma, Venecia, el arte, un asesinato y su enamoramiento configuran la novela bajo la perspectiva del personaje-narrador que se presenta como un joven algo inadaptado, sumido en sus estudios y que entiende el sexo como la sublimación del erotismo particular: «[…] comprobé que el olor del aguarrás se había traspasado de su mano a la mía, que guardé en un bolsillo de mi gabardina, con avaricia de fetichista» (p. 65-66). Venecia es el marco magnífico y tópico para la trama: la completa decadencia. Es invierno y retoma todo el ambiente plasmado en Muerte en Venecia en 1912 por Thomas Mann y recreado magistralmente en 1971 por Luchino Visconti en el cine. El cuadro de La tempestad, completamente diseccionado en la novela, recrea la idea de que el arte es reflejo de emociones, pero que lo que uno ve en un cuadro, lo que interpreta en él, dice más de quien lo ve y lo interpreta, que de quien lo pintó. Idea aplicable, por supuesto, a la literatura.

Y ¿Por qué deberíais de leer esta novela? Porque es un excelente libro para disfrutar de una intriga clásica, en un ambiente propicio, y con un lenguaje con voluntad literaria, que le otorga la singularidad necesaria para no ser encasillada en la típica novela de misterio, ni en la categoría de superventas; y porque otorga en su lectura unos buenos momentos de esparcimiento, cierta sensación de profundidad, y en mi caso muy buenos recuerdos; y, además, porque es muy buena para excelentes charlas literarias veraniegas. ¡Buenas lecturas¡ ¡Buen Verano! ¡Bendito verano!

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