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Juan Gil-Albert en el Instituto Cervantes

Ante el paisaje

Juan Gil-Albert junto a Guillermo Carnero (1986).

Juan Gil-Albert junto a Guillermo Carnero (1986). / BIBLIOTECA VALENCIANA NICOLAU PRIMITIU

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Guillermo Carnero

En el pensamiento y la obra de Juan Gil-Albert el paisaje mediterráneo actúa como nostalgia del mito de la Edad de Oro, como universo simbólico y como escenario de la propia vitalidad. La Arcadia, identificada con la Edad de Oro, está presente desde Misteriosa presencia, y los pinares alcoyanos vienen a ser, en la imaginación de Gil-Albert, bosques ancestrales consagrados al culto del dios Pan. La pertenencia a la cultura grecolatina viene perfectamente definida en el prólogo a Homenajes. En «La fidelidad», de Carmina manu…, aparece la exaltación de Grecia, tierra del olivo y el ciprés, el Sol, el mármol, la sal y el aceite, la almendra y la aceituna, Pitágoras, Hesíodo, Homero, Safo, el Fedón platónico, Afrodita y Apolo.

La obra de Gil-Albert conserva esas referencias cuando parte a un exilio del que no regresa hasta 1947, dejando en ese período uno de los mejores y más atípicos libros de la poesía del exilio: Las ilusiones, publicado en Buenos Aires en 1944, muchos de cuyos poemas trasladan el recuerdo de la patria a una Edad de Oro magnificada por la nostalgia y la distancia del destierro.

La distinción entre poesía del destierro y poesía en el destierro resulta muy apropiada para valorar Las Ilusiones. Poesía del destierro es aquella que procede de la experiencia de la guerra, la derrota y la expatriación, y la tiene por tema. Poesía en el destierro es la que, escrita por españoles expatriados, escapa a esas limitaciones y las trasciende.

Los temas que configuran la poesía del destierro tienen poca presencia en Las Ilusiones; en términos generales, Gil-Albert no se sintió llamado ni a prolongar el combate ideológico ni a convertirse en un «español del éxodo y el llanto». La clave de su actitud será no la persistencia en la evocación del combate y la lamentación, sino la paz interior que expresa «Canto a la felicidad»: «¿Por qué yo, pues, me siento redimido / y esta alegre tensión de mis entrañas / hace ascender dichosa hasta mis labios / una dorada espuma?»

Las Ilusiones es el libro escrito en el destierro que menos se ciñe a las limitaciones de la poesía del destierro. En ese orden de cosas, el poema «Las lilas» evoca los primeros momentos de ese éxodo en Francia en la primavera de 1939; en circunstancias tan adversas, el poeta se siente ganado y compensado por la triunfante floración de las lilas y su mensaje de eternidad de la vida elemental a pesar de los extravíos humanos.

Esa poética significa, ante todo, captar el mensaje de la naturaleza y el amor, que incitan a vivir más allá y al margen del error y la desmesura humanos: ése es el credo de «Himno al ocio», poema que abre, y no casualmente, Las Ilusiones, y de los dos inmediatamente siguientes, «La jornada campestre» y «A mis manos». Este último exalta la «indescifrable primavera / del ser, los tactos, la tibieza, el frío», «la delicia del mundo» y «el valor de lo existente»; «Las nubes pasan», las flores y los pájaros. Según «Himno al Sol», la caricia de sus rayos produce alegría y «consuma / el misterioso pacto de la vida». La naturaleza, en contraste con la sordidez de la civilización, redime al hombre y le abre la percepción de su verdad íntima. La contemplación lleva al verdadero éxtasis en «Los viñedos», y el recuerdo del paisaje natal se idealiza en tonos de geórgica: «Los naranjos», «Los pastores», «Lamento de un joven arador» y «Las estaciones», donde las faenas agrícolas se califican de sagradas y obedientes a los dioses del paganismo.

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