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Juan Gil-Albert en el Instituto Cervantes

Solo recuerdos

Juan Gil-Albert

Juan Gil-Albert / Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu

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José Carlos Rovira

José Carlos Rovira

En 2023 ha aparecido un trabajo mío con el título La ensoñación ante la imagen: Juan Gil-Albert y la pintura en el que, a partir de Cómo pudieron ser, el primer libro del escritor, publicado en 1929, planteaba una «ensoñación ante el lienzo» –definición del propio autor sobre aquella escritura temprana– que cubría algún capítulo del libro y un primer recorrido sobre su atracción, extensa y continua, hacia la pintura. En una edición posterior del trabajo, más amplia, que está en curso inmediato de publicación, he podido completarlo con las imágenes que eran ejemplos esenciales de la reflexión del autor. Se trataba de conocer aquel impulso inicial de Gil-Albert ante la pintura, que el escritor explicó valorando el tiempo madrileño de 1929, en donde materialmente vivía una huida de la Universidad de Valencia, cuyos estudios no le interesaban como contó repetidas veces. Su mundo madrileño era otro:

Cada mañana subía la escalinata del Museo del Prado y allí me internaba, por aquellas salas y galerías, como si aquel portentoso mundo visual guardara para mí, casi más que los libros, un arcano que había de ir escrutando con los ojos pero, en una medida mucho más vasta, con la imaginación, imaginación estética naturalmente y que, para mí, no ha consistido nunca en un adjutorium, en la percepción de algo que, por educación y cultura, se le añade a la vida, sino que forma parte esencial de la vida misma, emana de ella, de un modo tan consustancial como la biología y para los fines que la vida parece perseguir, y no solo la vida humana, tan indispensable. En este sentido: estética sin biología es academicismo, biología sin estética es maquinaria; en ambos casos mundo espectral.

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La posibilidad de volver ahora sobre aspectos de su prosa, me lleva a insistir y ampliar recuerdos del escritor que brevemente anticipé en el trabajo mencionado, y a responder quizá también a una invitación a participar en la prosa de Gil-Albert, oferta que Juan me hizo hace poco más de cuarenta y dos años, y que reproduzco por los caminos que me indicaba en ella:

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Aunque la prosa de Juan siempre es legible, transcribo lo que me decía: «A José Carlos, este volumen bien nutrido, con dos primeros títulos casi legendarios, bajo la sombra de mis maestros, y con una segunda parte que ya me pertenece por completo. Todo ello te lleva a participar de mi prosa y en mi afecto por ti. Juan (Febrero 1982)».

Decía Juan esto, efectivamente, porque Cómo pudieron ser y Crónicas para servir al estudio de nuestro tiempo, cargados de evidentes influencias, eran del tiempo primero, antes de la guerra civil y el exilio (1929 y 1932), pero también lo era Gabriel Miró Remebranza, aparecido en Valencia en 1931, aunque Gil-Albert consideró siempre este libro como maduro y, de hecho, en 1980 fue el primero que se reeditó de su obra antigua. Los otros dos libros de este volumen, el que inició la edición de su Obra completa en prosa, corresponden a Intento de una catalogación valenciana y Contra el Cine, publicados en 1955 y 1974.

En el trabajo al que me he referido, evocaba inicialmente un encuentro, durante una mañana, en la casa madrileña de Gabriel Miró con el escritor, su familia y el pintor Adelardo Parrilla; también la atención de Miró por este pintor, autor de excelentes bodegones, paisajes y retratos, y copista a veces en el Museo del Prado de obras, como el Retrato de Isabel II de Portugal, que Juan le encargó y envió a sus padres.

Evocaba también una conversación con Gil-Albert sobre Parrilla y la anécdota del retrato, junto a las visitas de Juan al Museo del Prado en aquel 1929 en el que Madrid era centro de atención y viaje, desde una Valencia en la que había ya casi abandonado sus estudios de Derecho y de Filosofía y Letras. Creo que la conversación fue en mayo de 1982, en un encuentro en Santa Pola (Alicante) del que aportaré una fotografía:

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Fue la imagen de un día en el que la pintura, los recuerdos del Prado, o la curiosa figura para mí de Parrilla, vinculado a la memoria familiar, cubrieron casi toda la mañana. Juan había conocido en mi casa un bodegón del pintor, obra a la que le tengo mucho cariño. Es esta:

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Recordamos aquel día las palabras que Juan atribuía a Miró en el encuentro de abril de 1929 en su casa madrileña, sobre este pintor nacido en Cartagena, aclimatado en Alicante, adonde falleció en 1953: «Estaba también Adelardo Parrilla, un pintor simpático y modesto, hombre ya sesentón, que nos mostraba sus lienzos, pintados en Cocentaina, bodegones con frutas y alguna alfarería, muy justos y bien terminados, que hacían decir a Miró: huelen a nuestro verano caliente».

A Juan le enseñé una vez un curioso recuerdo familiar de un discípulo principal de Parrilla, Xavier Soler, que materialmente copiaba en el estudio del maestro sus bodegones; era hacia 1939, cuando Xavier tenía dieciséis años y firmaba aún con jota:

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En 1982, me pidieron desde la Editorial Cátedra una edición crítica de la primera antología que Juan había publicado en 1972, Fuentes de la constancia. Con Juan próximo, acordamos en 1983 que, junto a las notas filológicas, aparecieran notas conversacionales: Juan leía un poema y comentaba, evocaba, insistía en recuerdos sobre las circunstancias de su escritura y su significado; fueron tres tardes intensas en su casa valenciana de Taquígrafo Martí, que provocaron además una larga entrevista, «Gil-Albert, mientras atardece», publicada en prensa (1983) y ampliada en un libro (1990). Convenimos entonces que lo mejor era presentar la edición con un cuadro de Xavier Soler que le había gustado a Juan, un interior que se abría a exteriores marítimos, desde el espacio concreto del estudio del pintor en el Raval Roig de Alicante. Fue esta la cubierta:

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Hablamos de que representaba bien una idea que yo consideraba central en su obra y en su antología, la de la casa-mundo, que Juan había concretado en su Crónica General: «Mi casa era mi mundo, el Mundo. De ella lo he extraído todo: casa con paredes de cristal abierta al confín. ¿Especie de invernadero? Pero con tormentas». La creación fue siempre para el escritor una cuestión de soledad, compartida con objetos, recuerdos, personas próximas, aunque siempre abierta desde el interior a la naturaleza, a ciudades, gentes, memoria, libros, pinturas e historia, un confín amplio que definía espacios pero que permitía abarcar con su mirada atenta los lugares que estaban en la otra parte, los del exterior de la casa-mundo.

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