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La infancia como fuente de todo

Juan Manuel Gil nos lleva a la infancia y sus peligros en Un hombre bajo el agua 

Juan Manuel Gil.

Juan Manuel Gil. / INFORMACIÓN

Eduardo Boix

Eduardo Boix

La oralidad en la literatura ha cogido mucho peso en los últimos años. No es que antes no se utilizara, ¿qué sería de Los santos inocentes de Delibes sin la oralidad? Pero es cierto que en los últimos años ha adquirido un peso específico en obras tan dispares como Panza de burro, de Andrea Abreu, Sur, de Antonio Soler, o Mosturito, de Daniel Ruiz, obras en los antípodas unas de otras, pero en las que el habla de la calle o de sus regiones se convierte en un personaje o elemento más del paisaje de las novelas. El lenguaje es realmente lo que da la identidad a los pueblos. La lengua materna es lo que nos diferencia a unos de otros, el cómo nombramos a las cosas, cómo nos referimos a la dicha y a las desgracias.

Un hombre bajo el agua

Juan Manuel Gil

Seix Barral

 384 páginas, 20 euros

Un hombre bajo el agua, de Juan Manuel Gil, publicado por Seix Barral, es un trasunto de todo esto. La oralidad es el discurso que unifica el relato del libro. Un ahogado en una balsa de las muchas que pueblan el barrio de El Alquián de Almería es la excusa para mostrar un verano en la periferia del autor. Utilizando capítulos cortos y el humor propio de Gil, nos traslada a esos años noventa cuando no existían los móviles y la vida se hacía en la calle. Pero no es un libro solo costumbrista; como si de una investigación detectivesca se tratara, Juan Manuel Gil va desgranando una suerte de personajes que, desde la periferia, se crean su mundo. La sinopsis del libro nos da algunas pistas de lo que vamos a encontrar: «Esta historia comienza bajo las aguas turbias de una balsa de riego. Es ahí donde el protagonista, con apenas catorce años, encuentra el cadáver de un vecino. El fatal hallazgo hace saltar por los aires los felices días de su adolescencia: en el barrio no tardan en correr teorías sobre el ahogamiento y la implicación que el joven pudo tener en esa muerte. Más de dos décadas después, se propone reconstruir lo que realmente sucedió aquella mañana de verano».

Un hombre bajo el agua es el germen de lo que fue Trigo limpio, que le hizo conseguir el premio Biblioteca Breve en 2021. Como a otros muchos autores, la infancia es ese terreno inhóspito que hace que Juan Manuel Gil hable de los miedos, la memoria, los sueños truncados, el sentido de comunidad, la tradición y la vanguardia. Ese miedo a lo desconocido que es tan universal en todas las madres hace que el lector se sienta identificado, porque realmente eso es extrapolable a cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo. Las madres como faros, como sustento que nos han salvado la vida con sus miedos. Pero hay una cosa que me llama poderosamente la atención en la literatura de Juan Manuel. El humor lo puebla todo. Cuando hablo de humor no hablo del chiste fácil. Es esa socarronería del Mediterráneo que nos salva del desastre. Los que pertenecemos a la periferia de la periferia utilizamos el humor como una vía de escape. Es una forma del salvarnos de lo que hay ahí fuera. Quienes critican el humor en la literatura tal vez no han leído El Quijote, El lazarillo de Tormes o al propio Quevedo. Es muy nuestro el humor y se lleva practicando desde que la literatura surgió. Umberto Eco lo indica en El nombre de la rosa. El humor no es un elemento secundario, sino una herramienta crucial para explorar temas complejos como la fe, la razón, la intolerancia y el poder. La risa se presenta a veces como una forma de subversión, un modo de cuestionar las normas y los dogmas, pero también se utiliza para crear situaciones cómicas que revelan la hipocresía y las contradicciones de los personajes. Un hombre bajo el agua no deja de ser una sátira sobre la condición humana: el reflejo de lo que fuimos, somos y seremos.

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