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Los últimos zahorís

Un crevillentino es uno de los pocos que quedan en la provincia con el «don» de buscar agua en el subsuelo

José Juan Maciá, con las varillas

Más de 200 pozos son pocos para quien cuenta ya con 92 años y lleva más de 30 dedicado a ser zahorí. José Juan Maciá tiene el don de encontrar agua en el subsuelo e indicar cual es el mejor lugar para excavar. Un método que ya utilizaban los egipcios para descifrar lo que sus ojos no alcanzaban a ver, si había o no agua bajo sus pies. Uno de los últimos zahorís.

El campo y la tierra no eran nada nuevo para este crevillentino, su padre trabajaba en él y cuando con 13 años vio como realizaban esta técnica, él, ayudado de las varillas y el péndulo, comenzó a desarrollar este «don de nacimiento que no todos tienen».

Poco a poco, fue labrándose el ser reconocido como zahorí, y combinado con su trabajo en la alfombra, industria que da nombre al pueblo que lo vio nacer, comenzó a buscar agua en el subsuelo para sus convecinos. Armado con las varillas y el péndulo, José Juan acudía allá donde se le demandaba, sobre todo en los pueblos de la provincia de Alicante y Murcia.

La técnica es sencilla. Este hombre acude al lugar donde le piden que busque una corriente de agua para poder hacer un pozo. A medida que va caminando, sostiene en sus manos dos varillas metálicas, una vez que se crucen, «como formando una y griega», será el lugar donde marcará una corriente. Seguidamente, utilizará el péndulo para comprobar cuál es el caudal, la profundidad y si el agua que hay bajo tierra es dulce o salada.

«Para marcar un pozo y ver si es dulce o salado hay que estar tranquilo, concentrado y con el pensamiento neutro»

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Con años de experiencia a sus espaldas, para llevar a cabo este último paso, que determinará si se puede realizar un pozo o no, «para esto hay que tener el pensamiento neutro, estar tranquilo y concentrado. El péndulo tiene que dar siete vueltas, parar y, a continuación, comenzar otras siete vueltas. Eso significa que el agua es dulce pero si se queda parado, es de agua salada». Y siempre, a ser posible, marcar el pozo por las mañanas.

Poco habitual este oficio, José Juan Maciá sí conoció a otros zahoríes «por la zona de la Algueña y Villena, al norte de la provincia». Muy demandados antiguamente en el sur de la demarcación alicantina por la sequía del terreno, los cultivos sembrados y la poca agua «regalada» que dejaban caer las nubes.

Preguntado sobre la duración de estos pozos, afirma que muchos han durado, otros al estar en una zona de mucha actividad sísmica, los propios movimientos de la tierra «los rompen o mueven», y algunos se han secado con el paso de los años.

Corrientes subterráneas

No solo para encontrar agua han precisado de este zahorí. También para comprobar si en los domicilios existen corrientes subterráneas de agua, «que puede llegar hasta el décimo piso de un edificio». El gas que emite la tierra, «quien también tiene que respirar», puede causar insomnio, malestar o dolores de cabeza, «esto es perjudicial para las personas, los árboles y los animales». ¿La solución? «Si duermes encima de una de ellas, muchas veces cambias la cama o la habitación de lugar y la mejoría es notable».

Nada nuevo si lo comparamos con lo que llevaban a cabo los romanos: cuando decidían establecerse en un lugar, dejaban a los animales un año en el terreno, y si al cabo de doce meses los animales enfermaban, era una de las pruebas que les indicaban que el lugar escogido no era el mejor para ser habitado.

Ahora, utilizando péndulo, este zahorí puede saber si por el interior del domicilio pasa alguna corriente que emita este gas perjudicial para la salud.

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