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Antonio, el hombre de los globos de Altea

Desde hace 27 veranos, Antonio Bécares ocupa cada tarde su rincón de la Plaza de la Iglesia, donde convierte globos de colores en todo aquello que imaginan niños y mayores

Antonio Bécares, el globoescultor de Altea  con dos premios Guinness World Records en su haber

Antonio Bécares, el globoescultor de Altea con dos premios Guinness World Records en su haber / Diego Coello Calvo

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Hay personas que terminan formando parte de un lugar sin proponérselo. No aparecen en los carteles turísticos ni ocupan cargos públicos, pero basta con nombrarlas para que todo el mundo sepa de quién se está hablando. En Altea ocurre con Antonio Bécares. Desde 1999, cada verano ocupa el mismo rincón de la Plaza de la Iglesia, frente al templo parroquial, y resulta difícil imaginar una tarde de agosto en el casco antiguo sin verlo rodeado de niños mientras transforma unos simples globos de colores en un dragón, una flor, un dinosaurio, una espada, un ninja, una tortuga o cualquier otra figura que alguien sea capaz de imaginar.

Detrás de esa imagen tan familiar del casco antiguo se esconde uno de los globoescultores más prestigiosos del mundo, aunque él prefiere medir el éxito por las sonrisas que provoca y no por los premios que ha ganado.

Muchos visitantes descubren a Antonio por casualidad. Pasean entre los puestos de la Mostra d’Artesania, levantan la vista hacia las cúpulas azules de la iglesia y, casi sin darse cuenta, terminan deteniéndose delante de aquel hombre que trabaja sin descanso mientras conversa con quienes esperan su turno. Los niños observan cada uno de sus movimientos con una mezcla de curiosidad y asombro. Los padres sacan la cámara o el teléfono para hacer fotografías y los abuelos sonríen recordando que ellos también llevaron alguna vez a sus hijos hasta aquel mismo lugar. La escena cambia de protagonistas cada noche, pero lleva casi tres décadas repitiéndose de la misma manera.

Antonio trabaja con una naturalidad que hace parecer fácil lo que no lo es. Mientras habla con un niño sobre el personaje que más le gusta o pregunta a una familia de dónde viene, sus manos no dejan de moverse. Infla un globo, lo retuerce, añade otro de diferente color, hace un nudo casi sin mirar y continúa la conversación como si ambas cosas fueran inseparables. Apenas unos minutos después, aquello que solo existía en la imaginación del pequeño aparece entre sus manos convertido en una figura de globos. Es entonces cuando llega el momento que más disfruta: ver la cara de quien la recibe.

Antonio Bécares sujeta los globos con los que crea las figuraesculturas.

Antonio Bécares sujeta los globos con los que crea las figuraesculturas. / Diego Coello Calvo

Una sonrisa vale más que cualquier premio

Cuando se le pregunta qué es lo que más le satisface de su trabajo, Antonio no habla de campeonatos internacionales ni de los récords que figuran en su currículo. Su respuesta sorprende por la sencillez con la que resume toda una forma de entender la vida.

“El dinero no me importa. Valoro mucho más interactuar con los adultos y, sobre todo, con los niños, que me piden que les haga lo que les dice su imaginación. Cuando reciben lo que habían soñado me contestan con una sonrisa. Sé que eso les hace muy felices y yo también lo soy porque no olvidarán ese momento mágico”, asegura

Quien lo observa durante un rato comprende enseguida que no es una frase aprendida. Antonio habla con todo el mundo, escucha con paciencia las peticiones más difíciles y nunca da la impresión de tener prisa. Cada figura es distinta porque también lo es la persona que la espera, y quizá por eso continúa disfrutando de un trabajo que comenzó hace muchos años y que todavía hoy afronta con la misma ilusión.

Antonio Becares siempre está rodeado de espectadores mientras hace las figuras con globos en la plaza de la Iglesia de Altea.

Antonio Bécares siempre está rodeado de espectadores mientras hace las figuras con globos en la plaza de la Iglesia de Altea. / Diego Coello Calvo

Mucho más que el hombre de los globos

Para la mayoría de los turistas, Antonio Bécares es simplemente “el hombre de los globos de la Plaza de la Iglesia”. Sin embargo, pocos imaginan que fuera de Altea está considerado uno de los artistas más reconocidos del mundo de la globoflexia. Buena parte del año la pasa viajando por Europa, América y Asia para impartir cursos, participar como ponente en congresos internacionales y compartir conocimientos con algunos de los mejores especialistas de esta disciplina.

Su trayectoria está jalonada de premios y reconocimientos que cualquier profesional querría tener. En 2016 participó en China en la construcción de una gigantesca instalación realizada con 350.000 globos que obtuvo un Guinness World Records. Apenas un año después volvió a formar parte de otro proyecto aún mayor, en el que se utilizaron cerca de 740.000 globos para recrear animales y monumentos chinos, logrando un segundo Guinness. También consiguió imponerse durante cuatro años consecutivos en el Iron Latex Man (EE. UU.), considerado uno de los concursos de globoflexia más prestigiosos del mundo, y posteriormente pasó a formar parte del grupo de instructores de esta competición.

Sin embargo, cuando habla de su carrera apenas menciona esos logros. Prefiere recordar a las personas que le enseñaron cuando empezaba y reconoce que todavía hoy sigue asistiendo a congresos y talleres porque está convencido de que siempre “queda algo nuevo por aprender”. Esa actitud le ha acompañado desde que en 2006 viajó a Alemania para participar por primera vez en el Euro-Jam, un encuentro internacional que cambió por completo su manera de entender este arte. Tres años más tarde regresó al mismo congreso como profesor, un paso que resume mejor que ninguna otra explicación la rapidez con la que evolucionó su trayectoria.

Antonio Becares genera expectación mientras crea esculturas con globos frente a la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, en Altea.

Antonio Bécares genera expectación mientras crea esculturas con globos frente a la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, en Altea. / Diego Coello Calvo

Una pasión nacida casi por casualidad

Antonio nació en Altea el 3 de julio de 1976. Su primer contacto con el mundo del espectáculo llegó a los 16 años a través de los malabares y, poco después, de la magia. Fue entonces cuando hizo su primer perro de globos, una flor y un loro construido con solo dos globos. Aquellas figuras eran sencillas, pero despertaron una curiosidad que nunca ha desaparecido. Durante años practicó por su cuenta hasta descubrir que detrás de aquellos globos largos “existía un universo creativo mucho más amplio de lo que imaginaba”, señala.

Hoy sigue sintiendo la misma curiosidad que entonces. Lo demuestra cada vez que un niño le pide una figura que nunca ha hecho. Lejos de rechazar el reto, se queda unos segundos pensando cómo resolverlo y empieza a construirla. Muchas veces el resultado nace en ese mismo instante, fruto de la experiencia acumulada durante décadas y de una imaginación que continúa tan viva como cuando comenzó.

La sonrisa de un niño al recibir su figura hecha con globos es la meta de Antonio Bécares.

La sonrisa de un niño al recibir su figura hecha con globos es la meta de Antonio Bécares. / Diego Coello Calvo

El regreso a casa

Después de recorrer medio mundo, Antonio siempre vuelve a Altea cuando llega el verano. Podría instalarse en cualquier otro lugar o dedicar esos meses únicamente a congresos y exhibiciones, pero prefiere regresar a la Plaza de la Iglesia porque allí encuentra algo que ningún escenario internacional puede ofrecerle: el contacto directo con la gente.

Desde 2023 también regresa cada mes de febrero para participar en la Semana del Amor, llenando el casco histórico de grandes composiciones de globos con motivo de San Valentín. Es otra forma de devolver a su pueblo una parte de todo lo que ha aprendido viajando por el mundo.

Mientras tanto, los años siguen pasando. Los niños que se acercaban a verlo a finales de los noventa regresan hoy acompañados de sus propios hijos. Muchos le saludan por su nombre antes de pedir una figura y otros recuerdan el perro o la espada que se llevaron siendo pequeños. Antonio sonríe al comprobar cómo el tiempo ha cambiado los rostros, pero no la ilusión.

Cuando termina la jornada recoge los globos que no ha utilizado, desmonta su pequeño espacio de trabajo y la Plaza de la Iglesia recupera poco a poco la tranquilidad. Alrededor quedan familias que continúan paseando por las calles del casco antiguo mientras los más pequeños abrazan un dragón, un unicornio o un dinosaurio de colores. Dentro de unos días esos globos acabarán desinflándose, pero el recuerdo de aquella noche de verano permanecerá durante mucho más tiempo.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que, después de veintisiete años, los veranos en el casco antiguo de Altea ya no se entienden sin Antonio Bécares. Porque más allá de su extraordinaria trayectoria internacional, ha conseguido algo mucho más difícil: formar parte de la memoria de varias generaciones de alteanos y de miles de visitantes que, sin saberlo, se llevaron de Altea algo más que una figura de globos. Se llevaron un recuerdo feliz.

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