La felicidad es un estado de ánimo, que debe diferenciarse de la gratificación, el placer o el disfrute, y aunque casi siempre la relacionamos con circunstancias externas, la clave de la felicidad está en nuestras manos; pero necesitamos estar convencidos de ello. Puede conseguirse con el adiestramiento de nuestro corazón y mente, transformando nuestras actitudes y perspectivas. Puede requerir un gran esfuerzo, y otras veces aparece en circunstancias inesperadas e incluso adversas.

En el modelo de sociedad occidental, la nuestra, creemos que viene de fuera, de amasar dinero o poder. En las sociedades orientales viene de dentro, de liberarse de la pertenencia, es más una autorrealización. Desdichadamente la búsqueda de la felicidad no la garantiza.

Muchos consideran a la felicidad como el gran objetivo de la inteligencia. Piensan que en la infelicidad la inteligencia fracasó. Los factores que ayudan al fracaso, que ayudan a no ser feliz, son, unos cognitivos tienen que ver con la cabeza, como: los prejuicios, supersticiones, dogmatismos, fanatismos y creencias patológicas. Otros son afectivos, tienen más que ver con cómo somos: emociones (pasión, furia, amor, celos), impulsiones, sentimientos, apegos y deseos (vanidad, aburrimiento, envidia). Deberíamos pensar porque otros teniendo menos son más felices que nosotros.

Abraham Mashlow describió lo que era la pirámide de la felicidad. Los escalones que debíamos subir para llegar a la cima y conquistar la felicidad. Desde abajo arriba eran: cubrir las necesidades fisiológicas y de supervivencia, en el segundo, satisfacer las necesidades de seguridad y protección, en el tercero cubrir las necesidades sociales, de pertenencia y de adscripción, le siguen cubrir necesidades de reconocimiento y autoestima, y finalmente las necesidades de autorrealización, factores motivadores y trascendentes.

Pero la felicidad no está en lo que hago, sino en cómo valoro lo que hago. La actitud la elijo yo. Generalmente nos engañamos, decimos que seré feliz cuando tenga.., o consiga.. Y una vez que lo logramos queremos algo más grande o algo que consideramos mejor. Deberíamos preguntarnos ¿por qué no soy feliz ahora?. Es cierto que en la vida podemos tener muchas metas, pero para muchos la felicidad es una de ellas. Deberíamos elegir las actitudes que nos permitan ser felices.

Aunque no lo creemos la felicidad se relaciona poco con la salud o la enfermedad, la riqueza o la pobreza, el poder o depender, mandar u obedecer. Se pueden encontrar muchos felices en los dos extremos de lo antedicho. En realidad, viene poco condicionada por circunstancias externas, y como comento mucho por nuestro estado de ánimo y nuestra actitud.

Hay una serie de circunstancias que se asocian o favorecen la felicidad, como son:

Si se comparte la riqueza/los bienes, que pueden ser inmateriales. Si se tienen muchos amigos/una red amplia de relación social. Si se tiene buena reputación/prestigio. Si eres bien aceptado. Si se estima que se va a dejar un buen legado. Si se busca un ideal superior: el servicio a los demás. Si se valora y disfruta con lo que se tiene. Si se compite con uno mismo y no con los demás. Si se compromete uno en proyectos éticamente ambiciosos. Es clave vivir con una visión positiva.

Por el contrario, se asocian con la infelicidad: si nuestro autoconocimiento es escaso, nos conocemos mal. Si hay gran distancia entre como vemos las cosas y cómo son realmente. O como somos y como aparentamos ser. Si nuestras metas son irreales. Si nos planteamos tener más que ser. Si hacemos de nuestra vida una competencia con los demás. O si la llenamos de aburrimiento, de tedio, carecemos de autonomía o nos sentimos mal recompensados.

En la vida hay que buscar la visión positiva. Nada borra los pensamientos desagradables con tanta eficacia como concentrarse en los agradables, decía Hans Selye; y Ramón de Campoamor: Las cosas son según el color del cristal con que se miran; equivale a que el pensamiento del observador condiciona inevitablemente la percepción del suceso que observamos. 

Albert Einstein nos enseña que no somos optimistas por nuestras ideas, nuestras ideas son optimistas porque lo somos. Por otra parte, las personas que funcionan bien en este mundo son las que cada mañana buscan las circunstancias que quieren, y si no las encuentran las inventan. Nos lo dejó dicho G. Bernard Shaw.

Los que albergan expectativas más positivas son más eficaces ante los problemas, sobre todo en situaciones difíciles, ya que se crecen ante ellas.

Las expectativas positivas se asocian a mejores resultados. Las ventajas del optimismo aparecen siempre: son independientes del sexo, edad, inteligencia, nivel de formación o recursos económicos.

Respecto a la VIDA.- Viven más. Los pesimistas mueren más prematuramente incluyendo accidentes y muertes violentas.

Respecto a la SALUD.- El talante positivo no solo es más beneficioso para el enfermo sino que tiene efecto antidepresivo en sus familiares y amigos.

Respecto al TRABAJO.- Los trabajadores optimistas dan menos problemas, hacen con mejor gana lo que el jefe les dice.

En el DEPORTE el optimismo favorece la predisposición a arriesgarse. A igualdad de condiciones físicas los optimistas o sus equipos ganan más en el deporte. El talante de los deportistas se contagia a sus hinchas.

Los MÉDICOS convencidos de su eficacia comunican esperanza a sus pacientes y aumentan posibilidades de mejoría.

Los POLÍTICOS más optimistas generan más esperanzas de victoria. El electorado prefiere en un 82% de los comicios al aspirante más optimista.

Vivir la vida en positivo nos acerca a ser optimistas, a captar el lado positivo de las cosas, a ser el epicentro, el control de las cosas. Hay que saber que la felicidad no es hacer lo que quieres, sino querer lo que haces. Y el secreto del arte de vivir, de la felicidad y el éxito es ser uno con la vida, con el ahora. Está en tu actitud, en tu visión de la vida. El estado de ánimo positivo estimula recuerdos placenteros y bloquea recuerdos desagradables.