El método Kominsky se enfrentaba a un problema bien gordo para su temporada final en Netflix. Se había quedado sin uno de sus dos principales protagonistas. Alan Arkin, de 87 años de edad, quería tomarse en calma eso del trabajo y disfrutar más de la vida. ¿Ha influido la pandemia en ese cambio vital o se le ha contagiado algo del espíritu de la serie? Es cierto que Michael Douglas era la gran estrella de la serie, pero sin Alan parecía que las cosas iban a quedar cojas. Con otra entrega más sin una de las principales patas de las silla podría parecer que se intentaba alargar por alargar, seguir estirando el chicle cuando ya no daba más de sí. Sin embargo, la serie encontró el remedio perfecto. El truco de magia del que nadie se daría cuenta, aunque evidenciaba qué otra gran serie pudo haber sido. La solución fue el fichaje de Kathleen Turner.

Michael Douglas y Kathleen Turner formaron una de las parejas más icónicas en el mundo del cine durante los años 80. Solo aparecieron juntos en tres películas (Tras el corazón verde, La joya del Nilo y La guerra de los Rose) pero la química entre los dos intérpretes dejaron un recuerdo imborrable entre los cinéfilos de la época. La aparición de Turner como la ex de Sandy Kominsky (Douglas) en la segunda temporada se había limitado a un breve cameo que supo arrancar más de una sonrisa de nostalgia al fandom. Una escena que nos recordaba más al tono ácido de La guerra de los Rose. Traer de vuelta a Dany de Vitto podría haber sido una jugada maestra. Al fin y al cabo, a este actor ya le tuvimos durante la primera temporada como un urólogo con un macabro estilo del humor.

La marcha de Arkin deja paso a la irrupción de Turner que se convierte en una de las grandes estrellas de la tercera temporada. Y sin esconder que el tiempo ha pasado para todos y que ni ella ni Douglas son los galanes que enamoraban desde la pantalla, como desafiando a un público que parece no perdonar que sus estrellas envejezcan. Como si la arruga y el aumento de peso se convirtieran en un estigma imperdonable, más difícil de borrar que el peor de los pecados. Desde que los problemas de salud acabaron con la carrera de Turner en los 90, ella siempre ha sabido reírse de su declive físico. Desde su aparición sorpresa en Friends como el padre transexual de Chandler (Mathew Perry), a su incorporación al reparto de Californication en su tercera temporada, la serie de David Duchovny. Ya no sería la sex symbol que fue, pero su historia ha sido de superación personal y de no dejar que se la aparte de los escenarios.

La entrega final de la serie arranca con el funeral de Norman (Arkin). No podía ser de otra manera. Como bien se nos recordaba que algún episodio anterior, los entierros se han convertido ahora en uno de los pocos eventos sociales a los que asisten los protagonistas. Y ya hemos asistido a unos cuantos desde que arrancó la serie. No llevo la cuenta, pero también podría titularse algo así como Cinco funerales y una boda, en alusión a la comedia noventera Cuatro bodas y un funeral protagonizada por Hugh Grant y Andie MacDowell. Tenemos entierros esta temporada final, pero también tenemos una boda. No daremos muchos detalles para no tener que hacer spoilers a los que no la hayan visto.  La que propiciará el retorno de la ex de Sandy a Los Ángeles. A pesar de los años transcurridos, la química no parece haber desaparecido entre ellos. Es como el reencuentro de dos viejos amigos que se conocen a la perfección. En sus conversaciones se destila el cariño que aún se sienten, aunque también el dolor y el reproche por las causas de la separación. Hubiera sido un recurso fácil llenar todos sus encuentros de agrias discusiones envenenadas por el paso del tiempo entre una pareja separada. Pero es evidente que aún cada uno siente algo por el otro, aunque la mera idea de reiniciar la relación es algo que les produciría hilaridad. Han llegado a un punto en que han superado todas esas cosas. Así que si alguien buscaba un nuevo romance en la pantalla entre la parejita, que se vaya olvidando.

Para esta entrega final, la serie cuenta con otras apariciones de estrellas cinematográficas interpretándose a sí mismos, la de Morgan Freeman y la del cineasta Barry Levinson (que ya ha pasado a ser el padre del creador de Euphoria). La serie aprovecha estos episodios finales para ir cerrando cabos sueltos y dejarnos una bonita moraleja. Y es que, por muchos achaques y muertes que haya a nuestro alrededor mientras envejecemos, la vida siempre nos depara nuevas sorpresas. ¿Quién le hubiera dicho a Sandy Kominsky que a estas alturas de la vida dejaría de ser conocido como el dueño de una escuela de actores para conseguir un Óscar? Del mismo modo que para el final de The Big Bang Theory, Chuck Lorre (el creador de ambas series) obsequió a Sheldon Cooper (Jim Parsons) con el Premio Nobel, Sandy se hace en el final con la estatuilla al mejor actor. Un cierre perfecto para equilibrar los momentos de humor con los más tristes en una de las mejores comedias crepusculares de Netflix.