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Javier Burgos, valenciano superviviente del accidente de Adamuz: "En ese instante solo pensé una cosa; me di cuenta de que estaba vivo"

Este violinista de 21 años, que estudia en Madrid, fue a Málaga a dar dos conciertos, adelantó el regreso para subirse al Iryo que descarriló y cree que se salvó "por ir sentado en contra del sentido de la marcha"

Javier Burgos, valenciano superviviente del accidente de Adamuz

Javier Burgos, valenciano superviviente del accidente de Adamuz / Levante-EMV

Francesc Arabí

València

Así, de serie, el domingo por la tarde es el espacio del calendario semanal reservado al aburrimiento. Y al lamento proletario por el lunes que viene y el fin de semana que se marcha con la sensación de no haberlo exprimido. Luego está la capacidad de tunear planes para que el ahora se coma al ayer y al mañana. Javier Burgos Piquer, por ejemplo, se programó una escapada de fin de semana desde Madrid a Málaga. A sus 21 años, este vecino de València reside en la capital de España, donde cursa estudios en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Javier, violinista, y sus amigos Álvaro, chelista, y Bohdan, pianista, forman el trío de cuerda 'Areti'. El plan del ‘finde’ consistía en dar un par de conciertos (sábado, en el Conservatorio Profesional de Málaga y domingo, en la población gaditana de Jimena de la Frontera), divertirse y regresar el domingo por la tarde. Un programa de actos para sacarle todo el jugo a los vagones de cola de la semana.

Pasajero al tren no previsto

A las 18,40 horas del domingo 18 de enero, Javier embarcó en el Iryo 6189 en la Estación María Zambrano de la ciudad andaluza, de regreso a Madrid. Inicialmente, los tres amigos pensaban volver en el tren de las 20,30 horas. Pero Javier, solamente Javier, cambió el billete para adelantar el viaje y poder así asistir a un ensayo la misma noche del domingo en Madrid.

Una hora y cinco minutos más tarde, a eso de las 19,45 horas, Javier daba martillazos a una ventanilla para intentar salir del coche número 7, el segundo de los tres que descarrilaron a la altura de Adamuz. “Localicé el martillo, empecé a dar golpes y no había manera de romper el cristal; no destruía la ventanilla por mucho que le daba por el punto indicado. Al final, le di dos patadas y se rompió”, explica con mucho aplomo. El vagón quedó “acostado” sobre las vías al descarrilar, una estampa en la que de repente en ese coche no había techo ni suelo ni lado. “Recuerdo que todos estábamos amontonados, había mucha gente y algunos habían salido muy mal parados”, lamenta. Los que pudieron, salieron, como él, al exterior. “No se veía nada, estaba oscuro, pero nos acercamos a una especie de estación eléctrica y ahí sí había luz; hacía muchísimo frío. Yo salí en camiseta, pero una señora muy amable, del vagón número 6, me prestó una chaqueta”. Allí permaneció Javier con un grupo de pasajeros, algunos de ellos heridos, hasta que llegaron los servicios de emergencia. “Nos llevaron por un caminito de tierra hasta una explanada, donde médicos y enfermeros hacían el triaje”. A él lo evacuaron en ambulancia hasta un ambulatorio de Andújar. Los menos afectados se derivaron, explica, a centros sanitarios más alejados para dejar libre el hospital Reina Sofía de Córdoba para los más graves.

Cortes en la ceja y en la mano

En su caso presentaba heridas leves. Cortes en una ceja y en la mano que precisaron de algunos puntos de sutura. Unas marcas que atestiguan, por una parte, su condición de viajero y víctima de una de las mayores catástrofes ferroviarias de España, y, por otra, la de persona inmensamente afortunada. Sobrevivió al trance. Era uno de los 486 pasajeros (300 iban a bordo del Iryo y 186 en el Alvia) que saludaron a la muerte en un escenario de densa oscuridad y olor a tragedia. Pero él puede contarlo. Y suena a milagro que ni siquiera saliera despedido de su asiento.

¿Cómo recuerda Javier el momento exacto del accidente y como pudo salir prácticamente ileso de un vagón en el que murieron varios viajeros? “Yo llevaba auriculares de cancelación de sonido, pero aún así escuché un golpe muy duro y luego noté muchos baches y saltos”. El tiempo transcurrido no llegaría, piensa, al minuto: “no sé cuánto tiempo, serían 30 o 40 segundos, pero para mí fueron eternos”. En ese preciso instante en el que el vagón dejó de dar tumbos, "solamente pensé una cosa, me di cuenta de que estaba vivo".

Uno de los milagros fue no salir escupido del asiento, pese a que el suyo y otros dos coches descarrilaron y golpearon al Alvia que circulaba en sentido contrario en dirección a Huelva. “Creo que me salvó el hecho de ir sentado en contra del sentido de la marcha. Noté una fuerza enorme con el frenado del tren, y esa fuerza me pegaba al asiento”, argumenta. Está convencido de que si hubiera viajado sentado de cara y no a contramarcha no lo habría contado o habría sufrido heridas de gravedad: "Se me habría clavado la mesa”. Porque Javier tenía desplegada la mesa abatible. “Desde que salí de Málaga y casi hasta Córdoba había estado trabajando con el ordenador portátil haciendo papeleo”.

"Aún no lo he procesado"

Apenas dos días después del accidente, Javier todavía no ha asimilado lo sucedido: “Sinceramente, no lo he procesado”. “Es como una pesadilla, como algo que he vivido pero no es real”. Lo cuenta por teléfono junto a su madre, Encarna, que, con su esposo, están en Madrid para compartir unos días con el hijo. Es a ellos a los primeros a los que llamó cuando consiguió salir del tren. “Llamé a mis padres para tranquilizarles”. E inmediatamente después, a sus amigos Álvaro y Bohdan. “Álvaro lo pasó fatal porque se había enterado del accidente, lo sabía cuando le llamé”, explica Javier.

Este violinista de 21 años es un habitual de la alta velocidad, en concreto de la línea València-Madrid y un devoto de la compañía Iryo. “Siempre que podía lo elegía porque es donde más a gusto estaba, son muy buenos trenes”, explica. Apunta que por su trabajo “tengo que moverme mucho y seguiré viajando en tren”. Pero no se imagina las sensaciones de cuando vuelva a tomar uno. “Supongo que a partir de ahora será una experiencia distinta”, confiesa Javier. Un viajero del vagón número 7 que regresaba satisfecho de un 'finde' de éxito artístico. Un joven que había compartido risas con compañeros de vagón que no quitaban ojo a 'Boro', el ya famoso perro mestizo color marrón de Ana, la malagueña que regresaba a Madrid con su hermana Raquel, embarazada. "El perro correteaba de una hermana a otra, venía a que lo acariciaras", cuenta Javier con una sonrisa.

Pero la vida y las risas se quebraron a la altura de Adamuz, donde dos trenes se convirtieron en chatarra. Donde los gritos de desesperación pusieron la banda sonora al escenario tétrico que una noche cualquiera convirtió a Javier Burgos Piquer y al resto de viajeros en víctimas y supervivientes.

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