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Migraciones: ¿problema social o chivo expiatorio político?

La normalización de la represión en EE UU o la UE constata el avance de una agenda autoritaria que utiliza la migración para agitar el malestar a partir de una mayor precariedad real

Represión de una protesta en Minneapolis, el pasado enero, tras el asesinato de Alex Pretti a manos de agentes migratorios.

Represión de una protesta en Minneapolis, el pasado enero, tras el asesinato de Alex Pretti a manos de agentes migratorios. / Craig Lassig/EFE

José Luis García Nieves

José Luis García Nieves

“Los inmigrantes tienen nuestra agradecida acogida. Pero ¿cuántos podemos asumir? Todos no caben”. No habla Gregory Bovino, oficial de la Patrulla Fronteriza de EE UU que tiene aterrorizados a miles de inmigrantes de primera y segunda generación. No habla Renaud Camus, el apóstol francés del 'gran reemplazo', la teoría conspirativa que pregona un plan oculto para sustituir a la población blanca y cristiana por pueblos no europeos. Tampoco Viktor Orban, primer ministro húngaro y férreo opositor de los acuerdos europeos migratorios, quien califica este fenómeno como el “veneno” que está “desintegrando” la UE.

Es un pastor de Roma el que habla, Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, en una región donde la tasa de inmigración apenas llega al 7 %, una de las más bajas del país, y que padece también la lacra de la despoblación. “Aquí no caben todos”. Es el fantasma que recorre todo Occidente: el rechazo a la inmigración, un fenómeno tan antiguo como la propia Humanidad, y que hoy está en el centro de una agenda que amenaza la convivencia y la cohesión de unas sociedades donde la democracia ofrece síntomas de retroceso. ¿Qué hay detrás de este momento político y social? ¿Es el problema que pintan algunos o es el nuevo chivo expiatorio donde residenciar todas las frustraciones de sociedades modernas y complejas?

Albert Mora es profesor de Sociología de la UV e investigador de migraciones del Instituto de Derechos Humanos que acaba de regresar de Copenhague (Dinamarca), país con una de las políticas más restrictivas contra las personas migrantes. “No es algo repentino. Hay partidos con posiciones xenófobas alcanzando el poder en países como Austria desde hace 20 años”, comienza.

El auge del rechazo a la inmigración se ha intensificado en los últimos años, con una conjunción de factores sociológicos y estrategias políticas. El rechazo se alimenta de la falta de perspectivas de la juventud, una sensación de fracaso vital o la desafección política generalizada. Estas circunstancias, sumadas a crisis económicas, sociales y medioambientales, han sido aprovechadas por ciertos actores para trasladar la discusión política hacia la inmigración, utilizándola como una herramienta para descentralizar otros debates importantes, añade el experto.

Las emociones frente a la razón

De alguna manera, la agenda ultra juega con un malestar real, basado en problemas reales, de personas reales en barrios y áreas deprimidas que se sienten abandonadas por los partidos tradicionales ante situaciones como la precariedad o el imposible acceso a la vivienda. Un contexto en el que fuerzas interesadas ofrecen una salida fácil a la frustración. “La identificación de la migración como algo negativo ha existido siempre en ámbitos conservadores o reaccionarios por razones religiosas, identitarias o racistas. Se ha utilizado por las fuerzas de ultraderecha para meter miedo y alcanzar el poder”, explica Fernando Flores, profesor de Derecho Constitucional y exdirector del Instituto de Derechos Humanos.

“La gente tiene miedo, especialmente ahora que la comunicación es individualizada por las redes sociales. Estamos en una pendiente deslizante donde las emociones le ganan espacio a la razón. Las mentiras y los miedos calan, convirtiendo a los migrantes en cabezas de turco de cualquier problema. En España, por ejemplo, es difícil culpar a los inmigrantes del problema de la vivienda, y hay datos contrastados que vinculan el crecimiento económico positivo de España a la inmigración”.

En el campo de las emociones, los bulos juegan un papel importante, un acelerador. Un informe del Foro para la Integración social de los Inmigrantes (FISI), órgano asesor del Gobierno, analizaba en 2024 las estrategias de desinformación. Constata que este colectivo no acapara la sanidad pública ni recibe más ayudas sociales; que tampoco es una población sobredimensionada (13 % del total en España es extranjero); que no viven de ‘paguitas’ por encima de los nacionales (el 26% de receptores de rentas mínimas tiene nacionalidad foránea) ni quitan el trabajo a la población local, al concentrarse en sectores más precarios en ocasiones bajo pésimas condiciones al carecer de documentos. Además, diversos informes acreditan un beneficio fiscal neto para el país de varios miles de euros por inmigrante regularizado.

Frente a los datos, sin embargo, triunfan las emociones. Corren más rápido. Llegan más lejos. Semanas atrás, la propia dirección nacional del PP, en pugna electoral constante con Vox, ha amplificado la acusación de que Pedro Sánchez pretende cambiar el censo electoral con la regularización masiva. Sin embargo, en España solo pueden votar, y en las municipales, los europeos y los nacionales de apenas trece países con acuerdo de reciprocidad.

Las redes sociales, convertidas en espacio de apoyo a la difusión de mensajes de odio, escalan el problema. No parece inocuo que el propio Elon Musk, dueño de X y símbolo de la nueva ‘tecnocracia’, cargue contra la regularización de migrantes o por querer proteger a los menores de unas redes perniciosas prohibiendo su acceso a menores de 16 años. Lo han hecho también otros líderes tecnológicos como Pavel Durov (Telegram). El rechazo al migrante es artillería dentro de una oleada de retroceso que es global.

A pie de calle, los trabajos de campo confirman creencias asentadas. “Mucha gente cree que los inmigrantes reciben todas las ayudas por el hecho de serlo. Es una de las más reiteradas. Se cree que existe un criterio de acceso a prestaciones sociales”, explica el sociólogo. “Se presupone siempre una mala práctica de los extranjeros para fortalecer la imagen positiva del propio grupo, el endogrupo. Hay muchos bulos: que no se quieren integrar, no pagan impuestos, no quieren papeles y por eso no se dan de alta en la seguridad social, y hacen un uso fraudulento de servicios públicos”, enumera Mora.

La normalización de la represión

Llevado esto al extremo de la caricatura que no es inocente, Trump lleva años preparando el aterrizaje de los agentes del ICE en todo el país con afirmaciones como que los haitianos se comen a las mascotas, o retratando a los inmigrantes mexicanos como violadores y criminales. “La socialización en muchas sociedades tiende a rechazar lo ajeno. Si el espectro de lo ajeno cada vez es más amplio y el de lo propio se reduce, se abre la puerta a la deshumanización y a la negación de derechos. Una vez ubicas al otro como alguien ajeno que no merece lo mismo que tú, porque no tiene tu misma condición, se acepta o incluso se demanda la discriminación”, apunta Mora.

La deshumanización, por tanto, abre la puerta a legitimar la discriminación y normalizar la represión. El Gobierno federal de EE UU está explorando los límites de lo que la sociedad puede tolerar. Los dos asesinatos o el secuestro de niños han movilizado a millones de manifestantes y una fuerte resistencia cultural de la comunidad latina en Norteamérica, pero el eco de la Casa Blanca llega a todo el mundo, alerta Fernando Flores.

“El entorno de Trump está liderando una ofensiva de implantación reaccionaria consciente en Europa y América Latina, financiando candidatos y demostrando que el dinero manda en el sistema electoral. Han subido el nivel de agresividad contra seres humanos que son inmigrantes que se están buscando la vida. En España, Vox y parte del Partido Popular —aunque hay sectores humanistas en la derecha— están influidos por esta hegemonía de nula empatía. Se justifica la violencia extrema contra este gente. Ya ha pasado en Murcia [los sucesos de Torre Pacheco] con los bulos que casi provocan un pogromo, apoyados por la extrema derecha y representantes parlamentarios”.

Europa endurece su relato y sus medidas

Europa fue en el pasado (siglo XIX y primeras décadas del XX) un emisor de migración masiva a América del Norte. Hoy, es el destino de quienes buscan mejor fortuna en todo el mundo. Según la ONU, en 2024 el número de personas que viven un país distinto al natal era mayor que nunca desde que existen datos: 304 millones, cifra que casi se ha duplicado desde 1990. Las solicitudes de asilo según Acnur también están en máximos históricos. En Europa, en 2024 se registraron cerca de un millón de solicitudes de asilo, con España como la segunda con más peticiones de refugiados (164.000), tras Alemania.

Este es el contexto en el que la cuestión migratoria se ha convertido en una baza electoral de primer orden. Sin tanto ruido como en EE UU, la Unión Europea está transitando a políticas que hace una década eran impensables, al tiempo que la extrema derecha ha ido desplazando el marco del debate.

En España, el mismo PP que décadas atrás promovió regularizaciones o que en la Comunitat Valenciana articuló una red de apoyo a la integración de inmigrantes, hoy se deja marcar el ritmo por partidos que apuestan por la represión de flujos y la estigmatización de extranjeros, apunta Mora.

En Francia, la extrema derecha ha logrado situar la identidad nacional y la amenaza del islam en el centro del debate (como en los Países Bajos), condicionando las políticas. En Alemania, tras la crisis de 2015 con la apertura a un millón de refugiados, el discurso del canciller socialdemócrata se ha vuelto muy restrictivo. La Italia de Meloni (aliada de Vox) combina las regularizaciones con la retórica antiinmigración. En Reino Unido, el primer ministro laborista Starmer está endureciendo el discurso contra los refugiados mientras pide consejo a su homóloga danesa, también socialdemócrata, pero de un país donde desde hace muchas legislaturas el partido antiimigración ha tenido las llaves del Gobierno y ha condicionado la agenda.

Dinamarca tiene las políticas más dura de la UE en materia de inmigración, especialmente hacia la musulmana. Se han aprobado medidas como confiscar bienes a refugiados (2016) o leyes contra lo que llaman ‘guetos’, donde se imponen penas más altas por delitos cometidos en zonas con mucha población extranjera. Esto es totalmente contrario a la visión liberal e igualitaria que solemos tener de los países nórdicos”, apunta Mora, que ha estudiado el caso sobre el terreno.

“Aparentemente es un país muy avanzado, pero he estado en centros de deportación con condiciones deplorables, donde se permite consumo de sustancias adictivas, agresiones entre internos, mezclando a personas que han cometido delitos con otros con una falta administrativa, y la gente se suicida con relativa frecuencia. Estas cosas no se ven, pero aluden a lo mismo que en EE UU: una deshumanización, un acto de desproveer a las personas de su condición humana y de sus derechos inherentes”. “Es preocupante porque se está dando un salto cualitativo. Se aplica una estrategia de normalización: lo que hace diez años era impensable en la Unión Europea, hoy es deseable y normal. A eso transita la UE”, resume.

La izquierda y la inmigración

Este es el caldo de cultivo en el que la regularización de medio millón de migrantes por parte del Gobierno español ha captado la atención internacional, el contrapunto a Donald Trump: “España abre una ruta de regularización migratoria, en contraste con el mundo”, titulaba The New York Times hace unos días. “España es actualmente una singularidad en la Unión Europea por mantener un discurso más positivo, aunque esto no siempre se traduzca en políticas totalmente respetuosas con los derechos humanos. Pero esa toma de posición diferente cada vez es más residual”, valora Mora.

La iniciativa española contrasta con la “fuerza arrolladora” del discurso reaccionario en torno al fenómeno. ¿Falta un relato progresista para la inmigración? “La izquierda o las posiciones pro-derechos probablemente no han sabido explicar bien su mensaje. Es un tema delicado. Es difícil contrarrestar un discurso que ha asentado en la población el miedo y el desprecio al extranjero. Un error de la izquierda ha sido no escuchar las preocupaciones de la gente, puedan parecer más o menos procedentes, y posiblemente una parte de la izquierda se limita a decir que hay que cumplir los derechos fundamentales. La gente necesita más explicación pero es difícil en un contexto donde la argumentación cotiza a la baja, los mensajes rápidos que mueven emociones ganan la partida”, apunta Mora.

Flores comparte el punto de visto: “Hay gente de izquierdas y cristianos de base trabajando constantemente en esto, pero el PSOE, al ser un partido hegemónico que debe gestionar sensibilidades distintas y en diversas regiones, existe un miedo a trabajar el tema de la inmigración porque electoralmente es poco agradecido”, concluye el director del Instituto de RR HH.

“No me han querido ver español”

La cuestión es cómo se contrarresta ese ‘miedo’ que alimentan las posiciones ultras. Hace tres años, el rapero Morad explicaba gráficamente el fracaso de políticas de integración. Es español, pero se siente marroquí. Y daba un argumento demoledor: "No me han querido ver español en ningún lado".

¿Qué hay detrás? “Hay que desmantelar estereotipos raciales para que tengamos una sociedad que piense de otra manera. Primero, teniendo una educación antirracista desde los tres años hasta la universidad; cambiar totalmente el chip y tener un discurso antirracista en medios y política. En una sociedad donde no hay esa educación, es muy fácil que el discurso que criminaliza al migrante pueda calar”, sostiene Esther Mamadou, responsable del programa de protección internacional Moviment Per La Pau Comunitat Valenciana.

Con la excepción ahora de España (con la regularización masiva) y también de países como Portugal, para la experta el discurso actual en materia migratoria “excluye a las personas migrantes y las criminaliza, desde los medios, la clase política: a nivel global y en Europa”.

Existen instrumentos de igualdad e internacionales que hablan de Derechos Humanos, pero las políticas migratorias son “criminalizantes”, presenta a las personas como una amenaza a las fronteras, como la nueva directiva de retorno, la gestión con Frontex, o la la externalización de fronteras, detalla.

Pese a los buenos propósitos de la regularización del Gobierno (Sánchez la ha presentado no solo como una oportunidad económica sino como un imperativo moral), falta en España “una política nacional en materia educativa con enfoque antirracista”, que vacune contra prejuicios. “Nunca se habla de que el grupo migrante más numeroso en España son ingleses o alemanes; los senegaleses o marroquís son minoritarios. El discurso anti-migración no se centra en los grupos europeos porque vivimos en sociedades eurocentradas con narrativas racistas. Falta acogerse a los datos objetivos en los debates para demostrar que los migrantes ni son los que más delitos cometen ni los que más abusan de las ayudas. Si el discurso de DDHH no cala, hay que irse a los datos”, añade Mamadou.

Y acaba con una analogía: “Tenemos más en común con un marroquí por cultura, comida y proximidad geográfica (14 kilómetros) que con un ucraniano, pero el sesgo racial hace que se vea más cercanía por el color de la piel y no por el vinculo cultural o histórico con el continente africano o americano”, dice recordando la masiva acogida de 2022 tras la invasión de Putin, movilizando esfuerzos públicos y privados. Fue el único precedente de activación por consenso de la Comisión Europea la Directiva de Protección Temporal, algo que no ocurrió con los refugiados de Siria o Afganistán.

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