Dossier CV
Mujeres, víctimas y heroínas:
"Si te quedas en casa, la herida nunca cierra”
Las valencianas Rosa Álvarez, Beatriz Garrote, Ana Novella, Consuelo Ordóñez y dos sociólogas reflexionan con motivo del 8-M sobre el papel de la mujer en el activismo por la justicia, dignidad, verdad y reparación de las víctimas
Por José Luis García Nieves y Marta Rojo
“ETA, mátalos. ¡Gora ETA militarra! ¡In-de-pen-den-tzia!”. Han pasado tres décadas, pero Consuelo Ordóñez tiene la siniestra letanía atravesada en el cerebro. Recuerda los alaridos de odio, como recuerda la soledad en las protestas silenciosas junto a la escultura de la paloma de la paz en el plomizo ambiente del San Sebastián de mediados de los 90. Recuerda, también, la pasividad de la patrulla de la Ertzaintza ante la violencia de los contramanifestantes. Y la camioneta azul, la que al final de las protestas repartía las piedras que acababan volando.
Recuerda la pedrada que en septiembre de 1995, nueve meses después del asesinato de su hermano Gregorio, diputado y concejal del PP en Donostia, le abrió una brecha de siete puntos en la cabeza, pero cambió el destino de su vida. Su conciencia terminó de despertar.
Luego vendría todo lo demás: Consuelo convertida en “mujer pancarta”; la voz de las víctimas tras cada asesinato; Consuelo definitivamente como activista, organizando el Colectivo de Victimas del Terrorismo en el País Vasco (Covite) en 1998.
Víctimas y a la vez heroínas: “Siempre hemos estorbado porque no podían controlarnos”
También vendría el silencio incómodo en su entorno ["como si mi hermano hubiera muerto de cáncer"] y el teléfono que deja de sonar en su despacho de procuradora en Tolosa. Y las amenazas durante años. Y los tres años con escolta. Y los cócteles molotov como preludio de las balas antes del “exilio forzoso” a València, el 1 de noviembre de 2003. Una huida que no fue una rendición.
Esta es su historia, y la historia de cada víctima tiene un trauma inicial, pero hay un hilo invisible que las une a casi todas: el shock, la incomprensión, la indignación, la movilización y también el conflicto por el poder. Y uno último: casi siempre son mujeres las que se ponen al frente del activismo que reclama justicia, verdad y reparación para víctimas de toda condición.
"Somos más valientes y más emocionales y tenemos más sentimientos y más empatía”, asegura Consuelo Ordóñez tras media vida de activismo por los derechos humanos. "La naturaleza de una mujer es mucho más empática, con una capacidad superior para conectar con el sentimiento y el sufrimiento ajeno", cuenta Consuelo ahora, tres décadas después de todo aquello y al frente de una entidad, Covite, fundada y presidida por tres mujeres: dos hijas y una hermana de asesinados.
Son víctimas y, al mismo tiempo, heroínas: activistas de luchas dispares por la dignidad de sus seres queridos y tantos como ellos. Cuatro de ellas reflexionan para Dossier CV en el Día Internacional de la Mujer sobre el liderazgo femenino y su experiencia en este tipo de organizaciones.
Madres contra la violencia vial
“Al principio la mayoría éramos madres que nos negábamos a que nuestros hijos fueran un número más en una lista interminable de fallecidos, que no se han muerto, los mataron”, cuenta Ana Novella, que perdió a un hijo de cuatro años, Pablo, cuando un conductor se subió a la acera y lo atropelló, pero nunca entró en la cárcel por la recién aprobada ley del Menor.
Desde 2010, esta valenciana funcionaria de justicia preside Stop Accidentes, que está a punto de cumplir 25 años y fue fundada por otra madre, la catalana Ana María Campo. En este cuarto de siglo, más de 73.000 personas han muerto en siniestros viales. Entre el 90 y el 95 % de ellos se hubieran salvado de la muerte porque fallecieron en accidentes causados por negligencias, culpa del conductor. “Si ha bebido, si se ha drogado, si se ha saltado las normas, no es accidental, no es fortuito, es violencia vial”, dice Novella, por mucho que haya asociaciones que hablen de libertad. “Somos muchos y somos invisibles. Los accidentes viales no generan alarma social”. Por eso, reflexiona, la única manera de que su hijo no quedara “en el olvido” era movilizarse.
Cuidados trasladados a la esfera pública
Con una mirada académica, Capitolina Díaz, Premio Nacional de Sociología, encuentra algunos patrones que pueden ayudar a entender el protagonismo de las mujeres en este tipo de organizaciones. Y algunos de ellos tienen que ver con los cuidados: “El activismo, sobre todo para buscar justicia para seres queridos, puede leerse como una extensión del ámbito doméstico o, mejor dicho, del sostenimiento de la vida, en el que las mujeres hemos sido socializadas”. El cuidado más obvio es el que se da en el hogar pero se expande al cuidado del medio ambiente o del entorno más allá del núcleo familiar. “Es la vida lo que nos impele a la acción social”, resume Díaz.
“A eso hay que sumar que en nuestra sociedad las mujeres siguen asumiendo mayoritariamente el cuidado, acompañan en los hospitales, gestionan trámites y sostienen emocionalmente las redes familiares”, añade. Del mismo modo, “cuando ocurre una tragedia, esta responsabilidad previa que siempre habían tenido, la trasladan al espacio público, y cuando es precisa la denuncia pública, la reacción grupal, ellas las encabezan estos movimientos y los sostienen”.
Más allá de los casos más recientes, el patrón se extiende. En tragedias aún vivas, como la dana, pero también en ejemplos emblemáticos, como las Madres de la plaza de Mayo en Argentina, o en la lucha de la asociación Érguete contra el narcotráfico en Galicia, puesta en marcha por Carmen Avendaño y otras madres de drogodependientes. O Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, entre 2004 y 2016, que se convirtió en símbolo por su enfrentamiento con el PP. También por el precio que tuvo que pagar.
Esa idea, la del choque con el poder político, atraviesa casi desde su génesis a la mayoría de las organizaciones que luchan por memoria, dignidad y verdad. “Mi hermana murió tres días después del accidente. Recuerdo ver el periódico en el hospital y ya titulaban con que el Consell decía que era accidental [“inevitable”, era el mantra] y que no iban a investigar, que le daban carpetazo. También pasó lo de la comisión parlamentaria, que fue todo una mentira”, relata casi 20 años después Beatriz Garrote, presidenta de la Asociación de Víctimas del Metro del 3 de Julio (AVM3J), otra entidad que, aunque comenzó con Enric Chulio como presidente, también ha tenido una presencia simbólica de las mujeres.
Sin solución no hay duelo
“Creo que nosotras gestionamos mejor las emociones o estamos más acostumbradas a ello. Somos conscientes de que hasta que no cierres el tema de la reivindicación, no vas a poder gestionar el duelo. Quizá el hombre entierra el duelo de forma más opresiva. Además, estas luchas son muy largas y desgastan mucho; quizá en la personalidad masculina está más impregnada la necesidad de éxito e inmediatez. Nosotras emprendemos estas luchas incluso con poca esperanza de conseguir un rédito positivo”, reflexiona Garrote.
“En nuestro caso empiezas un poquito a levantar la cabeza en medio del dolor y te das cuenta de que, si te quedas en casa, esa injusticia se va a quedar ahí y nadie va a reclamar respuestas, así que tienes que salir a la calle”, cuenta sobre su momento cero de movilización. “A mí me hubiera encantado quedarme en casa y gestionar mi dolor personal. Cuando me preguntan si entiendo a los familiares que no están en la asociación, digo que incluso los admiro, porque estar aquí partiéndote la cara y el alma continuamente no es agradable. Pero si te quedas en casa, esa herida no cerrará nunca porque tendrás la sensación de que tenías que haber hecho algo”, añade.
En opinión de Mercedes Alcañiz, profesora de Sociología de la UJI, en este escenario opera además otro factor: la sororidad. A diferencia de los boys club -las redes informales de poder formadas mayoritariamente por hombres que se favorecen entre sí- en las asociaciones informales “las mujeres hacen un grupo de girls club: se unen, se apoyan; no hay competitividad como en las empresas”, señala la experta, que ha dirigido varios años el Comité de Investigación en Sociología del Género en España.
Explicar esa mayor implicación femenina al frente de este tejido asociativo es complejo. Alcañiz apunta a una diversidad de factores, eso sí, entrecruzados. Por una parte, la participación no está remunerada. “Para muchas cosas, es frecuente que los hombres pregunten: ‘bueno, ¿y cuánto me pagas?’, mientras que las mujeres están más acostumbradas a hacer más tareas sin remunerar”, dice. Son el tipo de tareas que entrarían dentro de la “ética de los cuidados” que estudia Carol Gilligan y que menciona la socióloga.
La movilización
La lucha más reciente, la de las víctimas de la dana del 29 de octubre de 2024, encaja con ese patrón. Habla Rosa Álvarez, presidenta de la Asociación de Víctimas Mortales Dana 29-O, y pone un ejemplo de estos girls club. En la asociación hay hijas e hijos, maridos y mujeres, nueras y yernos de fallecidos, pero su nivel de implicación varía en cierta medida con el género. “Por ejemplo, en general los hombres no están en el grupo de Whatsapp de familiares, donde mayoritariamente hay mujeres”, reconoce Rosa. Además, hay hombres familiares de primer grado de personas muertas a consecuencia de la dana que tienen un perfil mucho más discreto que el de otras familiares mujeres de consanguinidad más remota. La vicepresidenta de la asociación, Carmina Gil, sin ir más lejos, es la nuera de una mujer de 92 años que falleció en un centro de mayores en Picanya que fue arrasado por el agua.
Rosa Álvarez perdió a su padre, Manuel, el 29 de octubre de 2025 y casi desde el principio emergió como una de las voces que claman, mes a mes, por la rendición de responsabilidades políticas y judiciales: “El 29-O me voy atravesando todo el fango desde donde aparece mi padre hasta el Ayuntamiento de Catarroja a pedir explicaciones. No sé lo que va a pasar, no sé que voy a constituir una asociación, pero sí que tengo clarísimo que voy a emprender una lucha”.
Su asociación cuenta con más de 90 familias y la mayoría de ellas están lideradas por mujeres. “No nos importa tener el protagonismo, un protagonismo en el buen sentido, que antes quedaba solo en el ámbito doméstico. Vamos donde haga falta, donde sea”, afirma. Con el resto de mujeres de la asociación, aunque también con los compañeros hombres, ha constituido una familia “desde el dolor, desde la ausencia”. “Muchos días solo nos tenemos a nosotros, porque nadie puede sentir lo que estamos sintiendo más que nosotros”, resume.
La víctima ejemplar que se convierte en incómoda
Si hay una reflexión compartida es el alto precio personal y colectivo de la movilización. A Ana Novella y a Stop Accidentes les llamaron “voceros a sueldo”, simplemente por defender las tesis de la DGT para endurecer determinadas normas viales. “Cuando hubo un cambio de Gobierno, la subvención que teníamos se fue a la mitad”, recuerda. “Que te digan que eres de derechas o izquierdas es lo que molesta. Estoy representando a un colectivo en el que hay de todo. Y todos somos víctimas. Lo que pretendemos es que no le pase a otro”.
Consuelo Ordóñez, en conversación telefónica, define a su asociación como un referente de autonomía frente al poder: "El activismo trae muchos problemas, tiene un precio muy alto, sobre todo cuando eres independiente". "Ellos jamás han podido controlar Covite. Jamás han podido meter sus garras... siempre les hemos estorbado porque no podían controlarnos", asegura sobre los choques por la "instrumentalización" de las víctimas. Critica duramente a quienes tratan a las víctimas como "mercancía" para "sacar rédito político" y "blanquear sus mentiras". El activismo, dice, se resume en una exigencia fundamental hacia la clase política y la sociedad: "Dignidad. ¿Qué es dignidad? Que nos traten con respeto".
Doble penalización: víctima y mujer
Siendo mujeres, además, en ocasiones afrontan una doble lucha: la de la dignidad y la que han de librar contra una sociedad que, por momentos, pierde el respeto. “Víctimas con derecho a roce real”, le dijeron a Rosa Álvarez. Se lo dijeron porque, en la misa funeral celebrada en la Catedral de València un mes después de la dana, la vieron hablar -“seis minutos”, recuerda- con la reina Letizia. Le estaba contando su caso, la vida y la muerte de su padre. “Le dije que quería hablarle de ciudadana a ciudadana”. Meses después, el síndic del PP, Nando Pastor, usó ese episodio, y la breve reunión de las víctimas con los reyes en el Funeral de Estado, como arma arrojadiza. Pero no es lo peor que ha escuchado Rosa Álvarez.
“Me han llegado a decir que si hubiera estado cuidando de mi padre no hubiera muerto”, rememora. Manuel era mayor pero no dependiente: “No era una persona a la que teníamos que cuidar, sino una persona autónoma que estaba en activo y que se habría podido poner a salvo él solo si hubiera tenido información”, dice. También la acusan de “politización”. “No sé cuántos cargos tengo según su versión, ni cuántas pagas”, denuncia. “No hace falta que venga Rufián a unir la izquierda, la voy a unir yo, que dicen que estoy en todas partes, en Compromís, en el PSPV, y si hubiera un tercer, cuarto o quinto partido de izquierdas, también”, ironiza. Mientras que Beatriz Garrote recuerda que, incluso de partidos afines a su causa, recibió comentarios “paternalistas” – “la xiqueta”, “hola, bonica”-, Rosa Álvarez nunca ha vivido ese tono. “A mí no me tratan con paternalismo, me tratan a hostias. Quizá no les transmito eso”, reconoce.
Las mujeres presidentas de asociaciones de víctimas se escuchan y se dan consejos. Álvarez, Garrote y Novella agradecen la “sororidad” pero, sobre todo, la comunidad. “Cuando te pasa algo así, tan enorme, no sabes para dónde tirar, te sientes como una hormiguita”, evoca Ana Novella.
A quién contárselo, dónde ir, cómo asesorarse. “El asociacionismo tiene una un papel fundamental en estas situaciones, porque estando solo te puedes volver muy loco, muy desesperado y no lograr nada”, reconoce Beatriz Garrote. “Prefieren a las víctimas de una en una, separaditas e individuales para manejarlas”, lamenta Rosa Álvarez. Pero ellas no están dispuestas a dejar de luchar.
Reportajes de José Luis García Nieves, Marta Rojo, Hortensia García, Eva Tortajada, J.A. Martínez y Noelia Martínez
Coordina Alfons Garcia
Fotografías y vídeo de F. Calabuig, Miguel Ángel Montesinos, Rafa Arjones, Jose Navarro y Agencias
Gráficos y diseño de Héctor Gimeno