Dossier CV
Cuando el verano dura medio año: así está cambiando el clima en la zona mediterránea
Los efectos del calentamiento global están llegando a la Comunitat Valenciana un 20 % más rápido que en el resto del planeta
El 'amable' clima mediterránero está virando hacia un escenario de fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes y virulentos

Una mujer fotografía el termómetro en una ola de calor el verano pasado en València. / JM LOPEZ

La dana del 29 de octubre de 2024 fue un episodio extraordinario de precipitaciones. Dejó, por solo poner un ejemplo, un registro histórico de 771 litros por metro cuadrado en solo 24 horas en Turís, a tenor de lo recopilado por la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Pero el peor legado, el más trágico, fueron las 230 muertes arrastradas por la riada que constan en la instrucción judicial de la catástrofe, la más grave vivida nunca en la Comunitat Valenciana. Solo 10 meses después, en un solo verano, las temperaturas extremas provocaron un exceso de mortalidad de 416 personas, según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria por todas las causas (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III. El de 2025 es hasta el momento el más letal desde que existen registros, marcado por dos olas de calor con una duración de 33 días entre ambas. Solo en 2022, se vivieron más jornadas, 41, bajo el yugo de la canícula. La estación se cerró con una temperatura media de 26,1 grados, con una anomalía térmica de 1,7 grados con respecto a la climatología de referencia; y la máxima del mes se disparó hasta los 45,5 grados del día 16 en Sumacàrcer.
Un fenómeno, la lluvia; el otro, el calor persistente; pero ambos con consecuencias letales. El primero, más relevante dada su virulencia en una sola tarde. El segundo, un enemigo silencioso. Son dos ejemplos de una tendencia global, la del cambio climático, que se está agravando hasta un 20 % en el litoral mediterráneo, como advierte el informe Cambio climático y ambiental en la cuenca mediterránea del MedECC (Expertos mediterráneos en cambio climático y ambiental), publicado en 2023 con la participación de 190 especialistas. "El mediterráneo es una región especialmente vulnerable y se prevé que esta tendencia continúe en las próximas décadas", explica Carmen Íñiguez, doctora en Estadística e Investigación Operativa por la Universitat de València (UV). En nuestras costas, se está observado anticipadamente el cambio en la climatología al que se enfrenta el planeta en su conjunto, una auténtica zona cero del calentamiento global. La culpa del cambio climático y, en especial, de la actividad humana desde la segunda revolución industrial.
El aumento térmico es un hecho constatado. Es la primera señal de alarma. De los últimos 12 meses, solo uno -marzo- ha sido frío climatológicamente hablando. El resto han sido cálidos -mayo, noviembre, diciembre, enero-, muy cálidos -julio, agosto, septiembre, octubre y abril, con anomalías térmicas de 1,2, 1,7, 1,3, 1,4, 2,9 y 2,1 grados, respectivamente- y uno, junio de 2025, fue extremadamente cálido con una temperatura media de 24,9 grados, 3,7 por encima de la climatología de referencia. El fenómeno no está acotado al verano, aunque es cuando la ciudadanía percibe más el fenómeno por la persistencia del calor. También por su durabilidad; ahora, la estación estival dura más.
Manuel Pulido, catedrático de Ingeniería Hidráulica de la UPV y director del Instituto Universitario de Investigación de Ingeniería del Agua y Medio Ambiente, es tajante: el "verano mediterráneo ya no dura dos meses; se acerca cada vez más a medio año"; se ha duplicado su duración. Por su parte, el jefe de Climatología de la Aemet en la Comunitat Valenciana, José Ángel Núñez, estima su expansión en 15 días, siete hacia el otoño y ocho hacia la primavera. El reparto está casi equilibrado, pero los datos empiezan a mostrar que este alargamiento "se está produciendo más hacia los meses de mayo y junio que hacia principios del otoño", enfatiza. Es más largo y también más sofocante. Según los datos de la Aemet, cada uno de los cinco últimos veranos ha sido el "más caluroso" de la historia.
No solo esta estación ha cambiado, también el resto. Segunda señal de alarma. "Aunque son más perceptibles en verano, el ascenso térmico es generalizado -, defiende Pulido- y los cambios afectan a todas las estaciones". ¿De qué manera? "Los inviernos son, en general, más suaves, con menos días fríos y menos episodios de temperaturas extremas bajas. Y la primavera, por ejemplo, tiende a adelantarse y a ser más corta", subraya.
La señal de alarma más preocupante es que el clima mediterráneo está virando a pasos agigantados hacia un escenario de episodios climáticos extremos
La tercera señal de alarma, tal vez la más preocupante, es que el tradicional clima mediterráneo, tan envidiado y que ha convertido a la autonomía en un destino turístico de referencia, está virando a pasos agigantados hacia un escenario de "episodios climáticos extremos y con más impacto". Así lo define la coordinadora del Área de Meteorología y Climatología del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), Samira Khodayar, cada vez que se le plantea la cuestión. "El cambio climático está desplazando todo el sistema hacia episodios cada vez más intensos, cada vez más frecuentes y que afectan a un mayor número de regiones", remarca en un discurso que no por repetido es menos preocupante. Pulido insiste en esta misma idea, que desde Levante-EMV repetimos para dejarla remarcada: "La región mediterránea experimentará temperaturas más altas, más olas de calor, mayor evaporación, una reducción de los recursos hídricos disponibles y una mayor frecuencia de fenómenos extremos, tanto de sequías como de lluvias intensas".
Ante este panorama, la pregunta es obvia: ¿hay margen para revertir la tendencia? La respuesta no es reconfortante. La ofrece Pulido, quien considera que esta es difícilmente reversible, "incluso si las emisiones globales se redujeran de forma muy ambiciosa" porque una parte del cambio climático "ya está incorporada al sistema climático debido a la inercia de los océanos y de la atmosfera". Y por si algún negacionista esgrime el tradicional argumento de que la Tierra cambia, el experto no deja lugar a interpretaciones: "La principal causa de este cambio es la actividad humana -defiende Pulido-. El calentamiento observado desde mediados del siglo XX no puede explicarse únicamente por factores naturales".
"Los riesgos del pasado no reflejan los futuros"
El nuevo escenario climático obliga a preparase. "La adaptación será tan importante como la mitigación", reconoce Manuel Pulido, catedrático de Ingeniería Hidráulica de la UPV y director del Instituto Universitario de Investigación de Ingeniería del Agua y Medio Ambiente. La sociedad deberá aprender a convivir y encontrar soluciones porque la clave será determinar "hasta qué punto estaremos preparados para reducir los impactos" de estos fenómenos extremos. Los mapas de riesgo del pasado no valdrán para el futuro porque podrían "infraestimar la nueva realidad climática", por lo que se deberán actualizar "periódicamente" los mapas de inundación, los protocolos de emergencia o los diseños de infraestructuras. Además, habrá que mejorar los sistemas de alerta temprana. "Cuanto antes integremos esta nueva realidad en nuestras decisiones, menores serán los costes económicos, sociales y ambientales del futuro", añade. La Comunitat Valenciana es una de las "regiones europeas más vulnerables" al cambio climático, pero deja un mensaje optimista: "La autonomía dispone de una gran capacidad técnica, científica y de gestión para adaptarse".
Efectos de un mar caliente
¿A qué se debe que el Mediterráneo sea la zona cero del cambio climático? El aislamiento del Mare Nostrum, solo conectado con el inmenso Atlántico a través del Estrecho de Gibraltar con solo 14 kilómetros de amplitud, es una de las principales causas porque la temperatura superficial de las aguas del Mediterráneo no deja de marcar registros récord. La boya de València cerró el pasado mes de mayo con una temperatura máxima de 23,47 grados en base a los registros de Puertos del Estado. Nunca antes se habían superado los 22,5 grados antes de junio en ese mismo punto. De hecho, todo el Mediterráneo occidental está actualmente sufriendo una ola de calor marina con anomalías térmicas de entre cuatro y seis grados.
El aumento de la temperatura del mar tiene dos consecuencias directas. La primera, un incremento del riesgo de danas explosivas, como la del 29-O, durante el otoño. La segunda, un aumento de la cantidad de noches tropicales -con mínimas por encima de los 20 grados- y tórridas -con más de 25 grados-, que ya superan el centenar cada verano. ¿Cómo se explica cada una de estas consecuencias?
La primera cuestión es que un mar cálido se convierte en una reserva de energía más potente para la atmósfera. Se evapora más agua que pasa a la atmósfera. Y es un pez que se muerde la cola porque, cuando ocurre esto, esta tiene a su vez "mayor capacidad de absorber humedad", explica Khodayar, quien afirma que un mar caliente es solo un factor de riesgo para una dana, pero no el único. "Si se dan las condiciones para un episodio de lluvia torrencial -, especifica-, este será más intenso".
¿Qué otros factores se necesitan de forma simultánea y concatenada? Un contexto de inestabilidad atmosférica, causado por un embolsamiento frío, primero; y, segundo, que esta bolsa fría se sitúe en la parte sur de la Península Ibérica. Así ocurrió el 29-O y así lo documentó la Aemet: "Los días previos al 29, una dana se fue descolgando de la circulación general de norte a sur hasta quedar situado su centro en la zona del Estrecho", provocando "un gran forzamiento dinámico sobre el este de la Península".

La situación atmosférica que causó la dana del 29-O. / Aemet
La explosividad de las precipitaciones, sin embargo, no significa que esté lloviendo más y que el riesgo de sequía esté revirtiendo. Durante el año hidrológico de la dana, el 2024-2025, se registraron acumulados de lluvia dentro del promedio histórico en el conjunto de la Comunitat Valenciana, pero en las zonas del interior -donde más llovió aquella fatídica tarde- se apreció, según la Aemet, "un incremento considerable" con registros un 75 % por encima del promedio de las tres décadas anteriores. Lo más significativo es que el acumulado total de octubre, muy generoso con respecto a lo habitual, se produjo por la lluvia de solo tres jornadas. Las evidencias científicas alertan, además, de que las precipitaciones presentarán "una mayor irregularidad", apunta Pulido, porque se alternarán "años muy húmedos con episodios prolongados de sequía". Estas evidencias ya existen en la hemeroteca. Hace dos años, la escasez hidrológica provocó restricciones. En 2026, los embalses tienen las mayores reservas en décadas y llegaron a desembalsar agua. En este sentido, la planificación de los recursos será clave.
La segunda cuestión, la del aumento de las noches tórridas, tiene relación directa con un mar caliente porque la brisa aparece cuando hay un contraste de temperatura entre la superficie marina y la terrestre. El aire sobre la tierra asciende, baja la presión en superficie y entra viento más fresco y húmedo desde el mar. Al equilibrarse la temperatura entre tierra y mar, este fenómeno es mucho más leve. A inicios de junio, sigue habiendo brisa en el litoral valenciano, la cual está contribuyendo a contener el ascenso de las mínimas, aunque ya se ha vivido casi una decena de noches tropicales. "Junio suele ser el mes típico de la brisa", explicaba Núñez hace un año.
La ausencia de este viento refrescante provoca que las temperaturas mínimas no desciendan tanto cuando se esconde el sol. Para muestra un dato. Desde que hay registros, la Aemet ha contabilizado 164 noches tórridas, con mínimas superiores a los 25 grados, en la ciudad de València; pero tres de cada cuatro de ellas -el 76,2 % del total o 125 de ellas- han sido en los últimos 15 años. Si, además, cada verano hay más días con ola de calor, la combinación impacta directamente en la salud. En la serie histórica, la autonomía ha sufrido 281 días bajo la canícula, pero 222 -de nuevo, tres de cada cuatro- han sido desde 2010. Similitud total entre ambos registros, el de noches tórridas y los días con ola de calor. De hecho, un estudio del Lancet Countdown señala que los grupos de edad más vulnerables -los bebés menores de un año y los mayores de 65- estuvieron expuestos a un número récord de días de ola de calor con un incremento del 389 y el 304 % respecto a la exposición media del periodo 1986-2005.
Al fenómeno contribuye también el urbanismo de las ciudades del siglo XXI -con mucho asfalto y poca vegetación-, que se convierten en verdaderas islas de calor urbanas. Los materiales que absorben y retienen el calor, lo liberan por la noche. De ahí, también, la necesidad de adaptarse.
En menos de un año, la riada del 29-O y el calor persistente sumaron 646 muertes por los cambios climatológicos
Impacto en la salud
De vuelta al inicio. En menos de un año, las riadas del 29-O y el calor persistente sumaron 646 muertes por los cambios climatológicos de este nuevo escenario de fenómenos extremos. La primera, como ya se ha comentado, ha quedado grabada a fuego en la memoria colectiva, pero las altas temperaturas se han cobrado 2.595 decesos en la última década, a tenor de la información del Instituto Carlos III. "Se observa una tendencia general al alza -indica Carmen Íñiguez- y estudios prestigiosos, que siguen una metodología más universal que el MoMo, arrojan cifras incluso superiores". Antes de junio, la Comunitat Valenciana ya registró el primer fallecido del verano: el conteo comenzó el pasado 30 de mayo. Por poner en contexto con lo que podría ocurrir este verano, en 2025 esta primera muerte atribuible al calor se registró el 17 de junio. No es solo un impacto vital. Según Íñiguez, el calor extremo tiene afectación en enfermedades cardiovasculares y respiratorias, provoca efectos adversos en la reproducción -propicia el parto prematuro-, en la salud mental y el desarrollo neurológico.
El cambio climático es una realidad. Lo constatan los expertos y lo refrendan los datos. Y se hace patente un 20 % más rápido en el Mediterráneo, la zona cero del calentamiento global.
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Fuente: Levante - EMV
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