Dossier CV
Lo que queda del amor cuando pasan los 70 años
La clandestinidad, la crianza de los hijos, las renuncias y el paso del tiempo han marcado la historia de dos parejas valencianas, una heterosexual y otra del colectivo LGTBI, que han llegado juntas a la vejez

Eva Perarnau y María Amparo Escribano. / JM LOPEZ

El amor cambia con los años, pero no desaparece. A los 70, ya no tiene la forma de las primeras citas, las mariposas en el estómago o los planes de futuro que acompañan a la juventud. Se transforma en compañía, apoyo mutuo y resistencia frente a las dificultades de la vida. Dos parejas valencianas, una formada por dos mujeres y otra por un matrimonio heterosexual, lo demuestran tras décadas compartiendo camino.
Para Eva Perarnau, de 72 años, y María Amparo Escribano, de 74, amar también significó luchar. Su historia comenzó en 1979, cuando ambas decidieron dejar atrás las relaciones que mantenían y empezar una vida juntas en una época en la que ser una pareja de mujeres suponía enfrentarse al rechazo social.
Eva recuerda aquellos años como un tiempo especialmente difícil. Separada y con una hija pequeña, comenzó una relación que pronto quedó expuesta a las miradas y comentarios de quienes las rodeaban. "La gente es despiadada", resume. Aunque vivían en Valencia, en el barrio los rumores corrían rápidamente. "Salía a la calle y me parecía que me miraban con curiosidad, como si fuera un bicho raro", recuerda.
"Se dieron cuenta de que no era amistad, que era algo más y estaba mal visto en la época"
Las dificultades no se limitaban al entorno vecinal. María Amparo recuerda que también tuvieron problemas familiares. Al principio intentaron disimular la relación porque sabían que no sería bien recibida. "Se dieron cuenta de que no era amistad, que era algo más y estaba mal visto en la época", explica. Incluso existía el temor de que los vecinos señalaran a sus padres si descubrían la relación.
Durante las décadas de los setenta y los ochenta, encontrar espacios seguros resultaba complicado. Y es que en ese entonces, para conocer a otras mujeres lesbianas se recurría a clubes de ambiente que existían en Valencia. "Teníamos que recurrir a eso", recuerda María Amparo. Hoy observa una realidad completamente distinta, con nuevas formas de relacionarse y una mayor aceptación social.
Eva coincide en que el cambio ha sido enorme. Aunque advierte de la existencia de partidos de extrema derecha que siguen cuestionando los derechos de las minorías sexuales, considera que la mayoría de la sociedad ha asumido y aceptado esa realidad. Sin embargo, no olvida que durante años ellas tuvieron que protegerse.

Eva Perarnau y María Amparo Escribano. / JM LOPEZ
Esa protección alcanzó también a la hija biológica de Eva. La pareja decidió mantener lo que ella denomina un "secreto familiar" para evitar posibles situaciones de acoso escolar. "Para ella fue duro también", reconoce. Con el paso del tiempo, ambas ejercieron como madres. Primero criaron juntas a la niña y posteriormente adoptaron a otras dos hijas en los años noventa.
La adopción tampoco estuvo exenta de obstáculos. Eva recuerda que se vio obligada a construir una vida paralela para poder iniciar el proceso. En un primer momento explicó que convivía con una amiga. Más tarde, cuando le preguntaron directamente si aquella mujer era su pareja, respondió afirmativamente.
La normalización llegó poco a poco. A principios de los años noventa comenzaron a percibir cambios sociales y una mayor visibilidad del colectivo. Aun así, muchas personas de su generación continuaron viviendo su orientación sexual en silencio. "Hay parejas de nuestra edad que todavía no han salido del armario", señala María Amparo.

Eva Perarnau y Mª Amparo Escribano. / JM LOPEZ
El reconocimiento legal definitivo llegó en 2005. Apenas unos meses después de la aprobación de la ley de matrimonio igualitario, el 17 de septiembre de aquel año, ambas se casaron. Tras más de cuatro décadas juntas, aseguran que su relación es ahora más tranquila y libre. El amor y el deseo sigue presente, aunque acompañado de las cicatrices inevitables de una vida larga. Recientemente tuvieron que afrontar la pérdida de una sobrina durante la dana que asoló la provincia de Valencia, un golpe que pusieron a prueba juntas. "La vida da felicidad, pero es dura también", reflexiona María Amparo. En esos momentos difíciles, explican, el apoyo mutuo ha sido fundamental. "Nos apoyamos en lo bueno y en lo malo".
Desde la adolescencia hasta la vejez
A más de 100 kilómetros de distancia, en Petrer, Rafael Sánchez, de 74 años, y María Luisa Amat, de 72, representan otra forma de entender el amor duradero. Su historia comenzó siendo apenas unos adolescentes. Él tenía 17 años y trabajaba en la construcción tras llegar desde Hellín. Ella tenía 14 y trabajaba en una fábrica de bolsos. Rafael todavía recuerda aquellos primeros encuentros. "Pasaba todos los días por la puerta y yo dije: esa tiene que ser para mí". Desde entonces no se han separado.

El matrimonio de Petrer compuesto por Rafael Sánchez, de 74 años, y María Luisa Amat, de 72. / S.Rodríguez
Las primeras citas transcurrían entre el cine y los bailes, siempre condicionadas por las normas familiares de la época. María Luisa debía regresar a casa a las diez de la noche. Más tarde llegó el servicio militar y, finalmente, la boda, celebrada el 10 de febrero de 1973.
Durante más de cinco décadas han construido una familia con tres hijos y cinco nietos. No obstante, ambos reconocen que la convivencia no siempre ha sido sencilla. María Luisa recuerda especialmente la afición de su marido al póker en los casinos. Durante años pasó muchos fines de semana sola al cuidado de los hijos mientras él jugaba en los casinos. "Era eso o lo acepto o me separo", afirma. Finalmente optó por aceptarlo.
La clave para mantenerse unidos, coinciden, ha sido el respeto. Rafael considera que hoy muchas parejas rompen con facilidad ante cualquier problema. Ellos, en cambio, han aprendido a convivir con las diferencias. Las discusiones existían, pero con una particularidad. "Nunca nos hemos chillado", asegura María Luisa. Sus hijos, dice, nunca los han visto insultarse. Cuando surgía un conflicto simplemente dejaban de hablarse durante un tiempo.
Sexo ya no tenemos. Lo que nos queda ahora es la compañía y estar juntos
Con los años, el amor también ha cambiado para ellos. Las salidas son ahora más sencillas, una comida fuera de casa o una conversación compartida. María Luisa lo resume con una sinceridad desarmante: "Sexo ya no tenemos. Lo que nos queda ahora es la compañía y el estar juntos".

Imágenes de Rafael y María Luisa de jóvenes, el día de su boda y junto a sus hijos, cuando eran pequeños. / S.Rodríguez
Dos parejas y dos trayectorias muy distintas. A los 70 años, el amor ya no se mide por la intensidad de los comienzos, sino por todo lo que ha conseguido sobrevivir: el paso del tiempo, los cambios sociales, las renuncias, las pérdidas y los desafíos de la vida. En Valencia y en Petrer, estas historias demuestran que, aunque adopte nuevas formas, el amor también envejece. Y sigue ahí.
Una residencia para mayores LGTBI en Alicante
La Fundación de Mar a Mar trabaja en el desarrollo de uno de los proyectos sociales más innovadores y necesarios de los próximos años en Alicante: una residencia para personas mayores LGTBI que permita envejecer en un entorno seguro, inclusivo y adaptado a sus necesidades.
La iniciativa surge de una realidad cada vez más visible y, sin embargo, todavía poco conocida por gran parte de la sociedad. La generación de personas LGTBI que luchó por conquistar derechos y libertades durante las últimas décadas está llegando a la vejez. Muchas de estas personas crecieron en una época en la que la homosexualidad era perseguida, castigada o invisibilizada, y tuvieron que enfrentarse a la discriminación social, laboral y familiar por ser quienes eran.
Hoy, después de toda una vida de lucha, muchas de ellas afrontan una nueva situación de vulnerabilidad: la soledad, la dependencia y el envejecimiento. Desde la Fundación de Mar a Mar explican que numerosas personas mayores LGTBI viven solas, cuentan con redes familiares más reducidas o carecen de apoyos cercanos. Además, diversas investigaciones han puesto de manifiesto que algunas personas vuelven a ocultar su orientación sexual o identidad de género cuando acceden a determinados recursos residenciales por miedo al rechazo, a la incomprensión o a sentirse diferentes.
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