Suscríbete desde 3,99€/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Filósofo, profesor titular en la UCH-CEU de las facultades de Elche y València

Higinio Marín: «La barbarie en nuestra civilización se ha hecho interior. Los sujetos están por dentro sin cocer, con una gran precocidad»

El profesor y filósofo Higinio Marín, junto a un ejemplar de Civismo y ciudadanía.

El profesor y filósofo Higinio Marín, junto a un ejemplar de Civismo y ciudadanía. antonio amorós

En el capítulo de «Apatía juvenil» escribe: «Cambiar el mundo, antaño una pasión juvenil, hoy es una reliquia vintage». ¿No le parece excesivo ante la generación más castigada por una crisis que le ha obligado a buscar trabajo en el extranjero, siendo también la más preparada con títulos universitarios que no les han asegurado un oficio y sueldo digno?

Sería muy fácil resultar complaciente y decir que sí, que llevas razón, pero prefiero ser sincero a ser complaciente. Pienso que los jóvenes de ahora padecen un punto de victimismo que además es compartido con una especie de narcisismo por parte de las personas adultas. Una crisis que, sinceramente, a mí me parece que carece de perspectiva histórica. Los jóvenes no lo tenéis mucho más difícil que vuestros padres o abuelos. No es verdad. Para empezar, en condiciones materiales y sociales de vida, estáis viviendo un episodio desconocido en la historia de la humanidad. Se ha producido un relativo deterioro de las condiciones profesionales postcrisis, y sí, vale, pero en la inmensa mayoría de los aspectos de vuestra vida se han abierto posibilidades que los chavales del 68 soñaban. No estoy muy seguro, por otro lado, que seáis la generación mejor formada. La generación más titulada, sí. Yo soy profesor universitario, y yo sé que he tenido que recortar mis temarios en los últimos 20 años progresivamente. Entonces, no sé exactamente qué significa mejor preparado. ¿Significa con más habilidades tecnológicas, con más conocimiento de idiomas...? Bueno, seguramente hay áreas en las que sí... pero yo explico Filosofía y reduzco mis temarios de manera constante. Y antes conseguía establecer argumentos de larga amplitud que ahora no soy capaz o me cuesta mucho más. Vuestras condiciones de vida es verdad que han empeorado en algunos aspectos. Es más difícil entablar matrimonio, formar una vida de pareja... pero a mí me parece que el gran problema es interior. El gran problema es una parálisis del deseo. El gran problema es eso que he querido llamar «apatía» que es, en el fondo, una especie de enervación del deseo. Una especie de falta de tensión interior hacia el futuro. Y al mismo tiempo una satisfacción de expectativa precoz, de los deseos y de las ilusiones.

¿Qué le pide entonces a los jóvenes?

Lo que yo echo de menos es pasión, y de manera elemental pasión por entender, por comprender, por aprender. Por emprender un camino que es un camino hacia sí mismo, por buscarse. Esa pasión interior es la que echo en falta. La echo en falta en la atonía de la mirada con que escuchan las explicaciones de los profesores, en la indefinición con que miran su futuro, en la que no plantean un proyecto propio, en la poca ilusión con que viven sus relaciones de pareja, que se les angostan entre las manos, en la incapacidad de ser prometedor. Ante todos esos problemas, los condicionantes sociológicos, a los que no les niego su verdad, son de índole secundaria. Además, esa parálisis del deseo se produce por una obesidad del deseo. Por una sobreingesta de satisfacciones, por la experiencia de la privación, y además de una privación con sentido en un contexto proyectivo. Tú puedes proponerte cosas, estudiar, y eso exige privaciones. Y esas privaciones te imponen insatisfacciones. Pero tú las puedes articular en un proyecto. Y eso aumenta tu capacidad, y tomas conciencia de ti mismo y también de tus limitaciones. Eso es futuro. Eso es ser prometedor. Pero si uno está en una atonía del deseo producida además por una dieta obesa de satisfacciones, que le han sido suministradas por una población adulta complaciente y compasiva con los pobres sufrimientos de esta juventud desgraciada que es la que vive en las mejores condiciones materiales y sociales de la humanidad desde que hay un sapiens, pues hombre, aquí pasa algo.

El profesor Miguel Ors señaló en una ocasión que muchos jóvenes no merecen ir a la universidad.

Miguel Ors es un profesor que hace leer a los alumnos, y yo he llegado a la conclusión después de dedicarme 30 años a la universidad que esa es su función. La universidad es hacer capaz a la gente de leer libros que no eran capaces antes de leer. En el fondo no hacemos mucho más que culminar la alfabetización. Los buenos alumnos son los que son capaces de leer libros que eran incapaces de leer. Pero es que nuestros alumnos no quieren leer. Porque, vamos a ver... claro que hay alumnos que quieren leer, pero aquí lo importante no es que que haya alumnos que quieran leer, sino lo sorprendente es que haya tantos alumnos que no quieran hacerlo. Si tienes un 30% de los alumnos que no quieren leer, eso es una catástrofe. Y no son el 30%, yo más bien diría que son el 30% los que quieren leer, porque es una actitud excepcional. Quieren tomar apuntes, y estudiar con los apuntes... pero no es que quieran, es lo que hacen. Y quieren seguir el mismo sistema de aprendizaje del instituto, donde por cierto ya se empieza por no hacerles leer. ¿Cómo va a hacer usted la universidad con lo que hay en clase? Pero, a su vez, para que se acaben en cuatro y no en cinco años las carreras, hemos llenado los días de clases. Con lo cual, todavía es más difícil ir a clase y leer. La universidad es la institución generada por occidente para que unos tipos tengan tiempo libre. Pero la catástrofe y la crisis de la universidad es que cada vez los profesores tienen menos tiempo libre y han diseñado las carreras y los estudios para que los alumnos no tengan tiempo libre. Seguramente, en el temor de que lo desperdician, pero ese temor es un temor que tiene que afrontar la universidad. Y precisamente por eso tiene que ser selectiva, porque no todo el mundo sabe aprovechar su tiempo libre. Selectiva para el profesorado, y selectiva para los alumnos. Porque estamos en un país donde los profesores de un sistema público dice que el 60% no investiga, entonces... ¿De qué estamos hablando? Pues de una institución fallida. No reconocida en términos públicos, por supuesto. Una institución fallida puesto que si los profesores no estudian, y esa pasión no es su pasión dominante, y más de la mitad de los estudiantes no estudian, y esa no es su pasión dominante, pues... ¿De qué estamos hablando?

El libro Civismo y ciudadanía

Solemos pensar que está al día el sujeto que está bien informado de lo que ocurre, que controla las tecnologías punta, que transita por los medios de comunicación, y ciertamente eso son maneras de estar al día. Pero en el fondo todas esas maneras son deficitarias, tienen un déficit interior. El déficit interior es, propiamente hablando, que los seres humanos no estamos allí donde no comprendemos. Y estar en el mundo requiere comprensión, y la comprensión no la ofrece saber cómo funcionan las cosas, sino que es un tipo de conocimiento más reflexivo, interior y más comprensiva. Y esos saberes son las Humanidades. Nosotros, para vivir nuestra vida, para vivir nuestro tiempo, necesitamos comprender. Y comprenderlo es poder contarlo. El poder contarlo en una historia con argumento. No en instantáneas de Instagram. Poder contarlo argumentadamente, y eso lo permite la Historia, la Filosofía, la Literatura incluso las Ciencias Sociales. Pero eso no lo permite el dominio de los últimos artefactos que salen. Ni viajando por el mundo. Ser contemporáneo es una tarea interior. Se puede ser contemporáneo y estar realmente a la altura de nuestro tiempo escondido en un despacho, pero escondido en un despacho abierto al mundo, comprendiéndolo.

Pero paliar ese déficit interior se requiere de tiempo y sosiego, de maduración, que es la antítesis del actual contexto de fugacidad y lo inmediato al que estamos condenados. En el campo de la investigación, por ejemplo, una tesis doctoral pretende «finiquitarse» en uno o dos años.

Todo eso tiene un nombre precioso en castellano que se llama precocidad. Todos estamos sometidos a premuras, unos más y otros menos. Algunos mucho, otros poco. Pero en el fondo uno sabe reconocer cuándo, aunque tuviera tiempo, pudiera aprovecharlo. Porque no tiene la disposición interior. Y, de hecho, el tiempo libre se convierte en una fuga. En una fuga hacia un activismo con la misma premura, con la misma urgencia y la misma velocidad que en el ámbito profesional, porque sencillamente la velocidad es un hábito interior. La velocidad tóxica es un hábito interior. Y hay personas que tienen la suficiente personalidad y madurez para en contextos en los que el tiempo es escaso y, sin embargo, saben funcionar con una lentitud interior, y hay otros a los que le sobran el tiempo y viven en una especie de velocidad interior constante. Las Humanidades introducen una lentitud en medio del activismo. La gente puede estar volando a Nueva York y dedica seis horas a leer un libro de Historia o un ensayo de Filosofía. El sujeto que no hace eso, y obviamente lo hacen pocos, no se da cuenta que está instalando en su propio interior una velocidad que es mucho peor que la del avión que le transporta. Es una velocidad que no le deja ni siquiera viajar. Porque solo se puede viajar lentamente. Solo se puede viajar a la velocidad de la expectación, y cuanto más te llama la atención lo que estás viendo, más lentamente se produce el viaje. Pero eso es viajar. Viajar en un avión no es viajar. Por eso en una situación así, las Humanidades son un lujo imprescindible. La barbarie en nuestra civilización se ha hecho interior, los sujetos por dentro están sin cocer, sometidos a una gran precocidad.

«Una sociedad sin hijos corre el peligro de volverse indiferente al futuro porque decae la capacidad de sacrificar en el presente para asegurar un futuro que no se vivirá». Y también lo indica en el libro: tener hijos hoy es un acto de «generosidad».

Tiene hijos el que tiene algo que celebrar, y tener algo que celebrar de la suficiente entidad para que en la vida sea feliz. Un asunto muy interesante es ver cómo después de la II Guerra Mundial se produce el «baby boom», y cómo poder celebrar que estar vivo se convierte en la causa de la mayor explosión demográfica del mundo. Yo creo que poder tener hijos es una especie de postguerra constante. Uno sabe que ha sobrevivido, que eso merece una celebración, y además en el caso de un hijo porque han sobrevivido juntos. Y es un acto de optimismo, y de futuro. Y eso es lo que no tenemos. Porque somos el segundo país del mundo con menos hijos. Y decimos, pero si aquí vivimos muy bien... Sí, pero vivimos en una dieta obesa de la satisfacción del placer, que nos hace mirar la juventud con una especie de nostalgia narcisista.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats