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Opinión

«Lo tuyo es puro teatro»

«Mira, Luis, estaba dándole vueltas, el otro día, a una canción, muy desgarrada y almodovariana, que hizo famosa, entre otras, una cantante llamada La Lupe y me acordé de ti. Te adelanto que la letra no tiene nada que ver contigo pero el título sí, el título es el resumen de tu vida, el santo y seña de tu biografía. Esa vieja canción se titulaba: Lo tuyo es puro teatro y, al recordarla, me dije, "¡coño! Este es mi Luis"». «No está mal, -fue la respuesta- podría servir para mi epitafio».

Desde esa conversación han podido transcurrir treinta o cuarenta años o, quizá, algunos más porque el yacimiento original de nuestra amistad alcanza los cuarenta y ocho años de antigüedad, «toda una vida» que -puesto a resucitar viejas músicas- cantaría Antonio Machín.

Hace unas horas, tan sólo, el título de la canción de un tal Tite Curet, se desplomó sobre mi memoria, como un derrumbamiento de certidumbre, al evocar, tras el « hachazo invisible y homicida» de la muerte de Luis, el resumen de una vida entregada al universo de los escenarios. El grito arrabalero de La Lupe resultó profético; lo de Luis de Castro fue puro teatro, el núcleo de una pasión que le dio sentido a su vida.

Pocas veces confluyen en la misma persona la inclinación hacia un destino soñado con las capacidades para asumirlo y ese fue el caso de Luis; había nacido con un indiscutible certificado de origen que le encaminaba a desarrollar sus talentos en esos templos de la palabra que son los escenarios. En el mundo cultural alicantino fue todo un lujo -no siempre aprovechado- disponer de un activista como Luis, tan entregado, sobrado de inteligencia y generoso en la dedicación y el esfuerzo. Curtido en el escalafón de las actividades teatrales calificadas, en la época, como «de aficionados», el resplandor de su Asociación Independiente de Teatro iluminó, con sorprendente brillantez, dados los medios y las angosturas culturales de sus comienzos, una etapa en la que Alicante ascendió, dentro de la geografía teatral española, a posiciones de privilegio. Este lanzamiento se consolidó cuando Luis fue nombrado director del Teatro Principal, «su» teatro. Y «su» teatro disfrutó de una etapa de prestigio desconocida hasta entonces hasta el punto de que compañías de primer rango solicitaban estrenar sus espectáculos en el Principal de Alicante, superando el «bipartidismo» de Madrid y Barcelona.

Y esto era así porque las compañías se encontraban en el Principal, más que a un gestor, a un auténtico hombre de teatro, enamorado de su función en ese universo de cultura. La remodelación del coliseo consumió más horas de Luis que los paquetes de rubio emboquillado, que ya es decir. Cuidó hasta el menor detalle con pasión de orfebre. Desempeñó la dirección durante quince años, con unos estándares de éxito desconocidos, y cesó en la misma hace ya veintiuno. Para algunos -incluidos señalados personajes de la escena española- no resultó fácil comprender las razones que llevaron a prescindir de un experto de tanto prestigio como Luis durante tanto tiempo sabiendo que estaba disponible. Misterios del alma eslava que diría un castizo. O que esta tierra, como la Castilla de Alfonso Fernández, « face a los homes y los gasta». O que el talento asusta, aunque luego, según Rubalcaba, «en este país enterramos muy bien».

La dimensión vital e intelectual de Luis no se limitó a su papel como dinamizador espléndido de la vida teatral alicantina. Tenía un sentido humanístico en su relación con el mundo. El tejido de sus relaciones sociales era totalmente poliédrico. Sus amigos de juventud, los de madurez, la gente de la farándula, sus queridos médicos, y tantos más nos encuadrábamos en en su heterogéneo regimiento. Su teléfono móvil era una desbordante agencia de información sobre las vicisitudes de su titular. Ya fuera en su célebre terraza, o en los campos de Sella o, incluso, con la cara vendada o con un gotero en un brazo, Luis nos informaba a su inextinguible lista de contactos («su» Núria, «su» Ana, «su» Julieta, «su» Tricicle, «su» Rabal ...) de los avatares de su existencia. Recuerdo que, con ocasión de la concesión del Premio Maisonnave -que tanta ilusión le hizo- cuando me contaba a quién se lo había comunicado, le dije: «Mira, Luis, es más sencillo de enumerar que me señales a quién no se lo has dicho». Genio y figura de un tipo que cultivó a su larga nómina de amigos con cariño, atenciones y generosidad. Convirtió su terraza en un ágora de convivencia y complicidad.

Con el teatro, su otra gran pasión era su ciudad, una pasión que afloraba en cada una de sus crónicas para el periódico de su tierra y en las que no camuflaba la tristeza y la amargura que le provocaban las negligencias o los disparates que contemplaba. Era el suyo un amor lúcido, con derecho a sufrir. Con su ausencia, Alicante pierde un referente cuya presencia en la primera línea de su realidad cultural, durante tantos años, ocupa ya un lugar en su historia.

En lo personal, mi familia y yo hemos perdido a un amigo entrañable. Cuarenta y ocho años de amistad nutren de miles de recuerdos, imágenes y vivencias, para el santuario de nuestra buena memoria, y resulta preceptivo limitar la pleamar de los sentimientos. Y en esta hora triste conforta conocer que los últimos tiempos de Luis transcurrieron entre el amor y el atento cuidado de su familia. A José, Miguel Ángel y María Antonia no es preciso decirles que otros muchos estamos con ellos en estas horas desoladas.

Hace un mes cumplí años y Luis me envió este mensaje: «¡Felices 80! Pendiente el regalo». Debiera haberle dicho aquel día que el regalo ha sido contar con un amigo como él. Dicho está.

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