Miguel Hernández sentía verdadera pasión por Jorge Guillén, aunque él no lo sabía. Sin embargo, la admiración era mutua y el vallisoletano definía al poeta oriolano como el último gran poeta que había iniciado la posguerra. De Góngora a Neruda, pasando por Gabriel Miró, Rubén Darío, Apollinaire o Rilke, los gustos literarios de Hernández fueron fundamentales para el crecimiento de un poeta que a los 23 años estaba interesado en leer a los simbolistas franceses, «además en francés con mucha dificultad».

Este espectro literario en el que vivió y bebió el autor de Perito en Lunas lo ha recogido José Carlos Rovira en "El taller literario de Miguel Hernández (Entre los clásicos y la vanguardia)", un volumen editado por la Universidad de Jaén -«que ha creado una colección específica de estudios hernandianos, bajo la dirección de Rafael Alarcón»- que recoge en 250 páginas y 8 capítulos los autores que fueron referentes para el desarrollo como poeta del oriolano.

«El taller literario es el procedimiento de escritura de Hernández -apunta el catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante-, pero realmente en lo que me he fijado más es en las referencias culturales que aparecen en sus obras y también en los manuscritos que ahora están en Jaén»..

Lo que ha conseguido es entrar en el abanico cultural que influye en su forma de escribir entre la vanguardia y los clásicos. «Lo que hago es un análisis concreto, si es minucioso o no ya lo dirán los lectores, de esa presencia del lenguaje de los clásico y la vanguardia».

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Góngora fue el principio de todo, asegura el autor. «Tenemos una visión clara de la influencia Góngora al principio, porque supuso su gran despliegue metafórico, pero luego llegaron Rubén Darío, Miró, Jorge Guillén, Lorca, Paul Valéry, Apollinaire, Rilke o autores como Herrera y Reissig o Neruda, por supuesto. También Lope de Vega, Garcilaso y Bécquer. A partir de ahí, en las referencias que van apareciendo en sus textos está esa visión de un poeta que en diez años de escritura consigue unos resultados sorprendentes y no hay duda de que es una de las grandes voces del siglo XX. Y aún en el siglo XXI esta plenamente vigente»

Miguel Hernández se formó así durante una década que dedicó a la escritura, con lecturas de todos estos autores. «Es curioso cómo leía a los franceses porque él no sabía muy bien francés pero realizaba él mismo unas traducciones muy particulares en las que comete errores, pero en su caso acaban produciendo efectos muy bellos».

Autores y escritos

El libro comienza con el taller literario del poeta, donde el autor se detiene en los papeles de Miguel Hernández y nombres como Gabriel Miró, Rubén Darío y Jorge Guillén. También en el llamado Grupo de la Tahona, «jóvenes del entorno de Orihuela con un mismo sentido cultural».

La figura de García Lorca ocupa la segunda parte. En ella, se pone de relieve el desencuentro con el poeta andaluz, «más por parte de él que por la de Miguel». Rovira incide en aspectos como la escritura teatral como supervivencia, con el modelo del triunfo en Lorca.

Le siguen las traducciones realizadas entre 1932 y1934 de los autores franceses antes citados, y el itinerario hispanoamericano después de Darío, con referencias a Neruda, Herrera y Reissig, Pablo de la Torriente o la mirada de Hernández a América. Continúa con el lenguaje conmemorativo ante tres clásicos: Lope de Vega, Garcilaso y Bécquer. Otro apartado analiza su vida y obra en tiempos de guerra, incluyendo su viaje a la URSS y la poesía desarrollada durante la contienda.

En la imagen de la derecha, al fondo, Miguel Hernández junto a Pablo Neruda, en el homenaje a Hernando Viñas en 1935 INFORMACIÓN

Las persecuciones sufridas por el poeta en el franquismo, que llegó a prohibir la representación de sus obras de teatro «no por la obra en sí sino por quiénes se iban a reunir allí», y «la reconstrucción del ambiente cultural que vive en algunas cárceles», también centra este análisis. «Ahí destaco el tema de los pintores, sobre todo Ricardo Fuente, Abad Miró o Gastón Castelló, aunque con él no coincidió en la cárcel». La última parte se centra en la figura de Hernández en el siglo XXI, para terminar con el sentido de Viento del pueblo, «como la unión de todos los pueblos de España, una unión histórica que se hizo contra el franquismo».

El libro está dedicado a la profesora y también hernandiana Carmen Alemany, «que ha trabajado de forma soberbia el tema el taller literario del poeta», afirma Rovira. «Este libro recoge el sentido de lo que ha sido el hernandismo para mí; empecé con Miguel Hernández hace 53 años, con un artículo publicado en INFORMACIÓN, titulado Miguel, las palabras y nosotros. Yo tenía 17 años y fue mi primera contribución al universo de Miguel Hernández».

Después llegarían su memoria de licenciatura; la tesis doctoral, «que me dirigió Alonso Zamora Vicente», y varios volúmenes y artículos sobre el poeta oriolano. «De alguna manera, este libro cierra el círculo de mi escritura sobre Miguel Hernández».