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Escritora

Najat El Hachmi: «Tengo la obligación de escribir por las que no pueden alzar la voz»

Dice que su situación es privilegiada porque siempre ha hablado en voz alta. Nacida en Marruecos, pero residente en Barcelona, concibe la literatura como una ventana a la libertad. De eso trata El lunes nos querrán, Premio Nadal, de la que hablará hoy, a las 19 horas, en un encuentro (online) organizado por Casa Mediterráneo

La escritora Najat El Hachmi.

La escritora Najat El Hachmi.

Ganó el Premio Nadal con El lunes nos querrán para cerrar un año nefasto. Su novela nos recuerda que hay vida más allá del coronavirus y que no tenemos que olvidar una realidad, como es el sometimiento de la mujer, que no se detiene nunca.

La cuestión de igualdad entre hombres y mujeres, en la situación que estamos viviendo, es más necesario que nunca abordarla. Con la actual pandemia nos resulta más complicado mantener nuestros trabajos y seguir con la conciliación, vemos que enseguida nos devuelven para casa. Cuando hay una crisis, el feminismo es más necesario que nunca.

Usted es de origen marroquí pero vive en Barcelona y conoce lo que ocurre en ambos países. ¿Cree que en España hemos superado ya el tema del machismo?

En España tenemos todavía mucho trabajo que hacer. De hecho, no creo que haya ningún país en el mundo que realmente haya conseguido una sociedad completamente igualitaria. Las diferencias más importantes que yo veo es que en Marruecos siguen existiendo leyes discriminatorias para la mujer y aquí no ocurre. Y a nivel social, la penetración del discurso feminista no ha sido tanto como aquí. La situación que vivimos ahora es fruto de una larga lucha, de generaciones de feministas.

El mundo, en general, inclina la balanza hacia la protección del hombre y la sumisión de la mujer. ¿Por qué esa fijación con oprimir a la mujer a lo largo de la historia?

Es el sistema patriarcal que rige la mayor parte de las sociedades. No sé qué razón tiene. Creo que es una cuestión de poder. Se ha establecido que nos vinculemos de esa forma y que nos sometamos a los hombres. Ese tipo de organización salió muy a cuenta durante miles de años y por eso resulta difícil cambiarlo.

¿Hay mujeres más machistas que los hombres?

Hay mujeres machistas, pero no hay mujeres más machistas que los hombres. La educación que recibimos incluso puede llegar a convencernos a las propias víctimas de este sistema de que aceptemos esa situación de desigualdad. Pero lo cierto es que no conozco ninguna mujer que haya llegado a los niveles de machismo de los hombres. No conocemos ninguna mujer que haya asesinado por machismo y al contrario sí ocurre. Es una cuestión de poder.

A través de la lectura he vivido esa sensación de libertad porque he podido acceder a otros mundos distintos al mío

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El otro tema latente en la historia de sus dos protagonistas es el racismo, la xenofobia. Los partidos radicales ganan fuerza y lanzan mensajes muy dañinos. ¿Cómo podríamos revertir esa situación, sobre todo en el Mediterráneo donde siguen llegando pateras a diario?

Llevamos mucho tiempo conviviendo con el racismo y la discriminación. Ahora parece más organizado pero eso no es algo nuevo, ha estado siempre presente y en otros momentos los mensajes que se lanzan ahora desde la extrema derecha los lanzaban desde otros partidos que no eran tan extremistas. Ese racismo no tiene nada de nuevo, simplemente que ha cuajado más en una propuesta concreta. No sé qué solución tiene ni cuál es la mejor forma de contrarrestar esos discursos, pero yo la verdad es que creo que a estas alturas lo que hay que hacer es seguir trabajando y seguir haciendo lo que queremos hacer. Un riesgo muy importante con estas formaciones es que acaben condicionándonos la agenda y acabemos debatiendo, actuando y pensando a la contra de lo que ellos proponen, en vez de a favor de lo que nosotros queremos.

Enfrente, está otro radicalismo, el islámico, que busca todos los vehículos posibles, sobre todo redes sociales, para extender su mensaje entre los jóvenes.

Sí, uno de los problemas es también esa extrema derecha islamista. El mismo fenómeno pero desde otro lugar. Me parece muy preocupante porque no tenemos ninguna prevención, no hay una educación para poder estar atentos a la penetración de este discurso. Hemos visto que en muchos sitios llegan a infiltrarse esos postulados en instituciones públicas. Van en contra de la raíz misma de la democracia, del librepensamiento y de esos valores que son importantísimos.

¿Por qué canalizar esa necesidad de libertad con la literatura?

Bueno, la creación, sea a través de la escritura o de cualquier otra disciplina, nos permite, por un lado, poder pensarnos de una forma profunda, y, por otro, muchas veces son canales que nos permiten expresar cosas que por otras vías es más difícil. Me acuerdo de que empecé a contar el malestar que me provocaba el machismo mucho antes de poder decirlo en voz alta. Y, claro, eso es algo muy poderoso, la sensación de poder confiar a la página en blanco lo que no le puedes confiar a nadie. También a través de la lectura he vivido esa sensación de libertad porque he podido acceder a otros mundos muy distintos del mío.

«Todavía hoy, cuando escribo [sobre los temas tabúes], me tiemblan las manos, tecleo con miedo por ser castigada una vez más por romper el silencio que me han impuesto desde pequeña». ¿No ha conseguido liberarse aún?

El miedo siempre está de un modo u otro. Con el tiempo consigues domesticar el miedo y acabas sobreponiéndote, pero la situación actual no es como para dejar de tener miedo. Yo estoy en un situación privilegiada, ya que en mi contexto inmediato no sufro represalias por decir las cosas que digo. Pero conozco a muchas mujeres que por colgar una fotografía en redes sociales o por decir que no son musulmanas pues pagan un precio altísimo y muchas de ellas no pueden hablar. Yo que estoy en situación de poder hablar y escribir tengo casi la obligación de hacerlo pensando en las que no pueden alzar la voz.

Con la pandemia, todos hemos tenido que cubrirnos la cara. En cualquier país, en todas las religiones, en todas las sociedades, seas hombre o mujer, estamos experimentando lo que es vivir con la cara tapada. A ver si resulta que la mascarilla nos va a dar una lección de igualdad, entre comillas claro.

Ojalá que llevar mascarilla nos hiciera reflexionar sobre lo que les ocurre a muchísimas mujeres que se ven obligadas a taparse la cara, pero es que somos de una forma que nos cuesta empatizar. Incluso viviendo así no nos damos cuenta de lo terrible que es vivir sin poder enseñar el rostro. Que una niña tenga que crecer estigmatizada por el uso de hiyab a una edad muy temprana nos debería poner de su lado y lo que vemos es que más bien lo justificamos de 30.000 formas distintas diciendo que es su cultura, su religión, que ella es la que elige, etcétera. Entonces no creo que la gente empatice más por esta situación. La pandemia no nos ha hecho mejores.

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