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La metamorfosis de las salas de música

Directos sin público en streaming, traslado a espacios mayores o eventos gastronómicos, entre las alternativas

La mertamorfosis de las salas de música Pilar Cortés

Si hay un sector afectado por la pandemia es el de las salas de música en directo, que prácticamente han pasado un año en blanco sin conciertos, con una caída del 80% en la facturación y pérdidas de hasta cien millones, según una estimación reciente de la Asociación de Promotores Musicales de la Comunitat Valenciana. Después de meses de restricciones sanitarias oscilantes, algunos han optado por acometer mejoras con apoyo de sus fieles aprovechando el parón y otros por reconvertir su actividad para seguir vivos. Y, de paso, mantener alto el espíritu.

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La metamorfosis de las salas de música PILAR CORTÉS

Seguir alimentando la llama es la idea de José Ballester, el Pana, propietario de la sala de conciertos La Gramola en Orihuela, que ha vivido su primer cierre en tres décadas por la pandemia. Ballester, que durante el confinamiento hizo disfrutar al público con 54 sesiones de música desde su cabina, se planteó este año iniciar una campaña de ayuda a través de venta de merchandising, como otros locales han hecho por la inactividad, «llegué incluso a hacer camisetas, pero me parecía un poco mendigar», indica este apasionado del vinilo, que ahora ha creado el magazine musical Gram-O-Lama en la plataforma de streaming Admefy, donde cada martes ofrece dos horas y media de música accesibles al público por un precio simbólico de 2 euros (4 € si te suscribes de forma mensual), que se repite los sábados. El programa tiene diversas secciones «para dar visibilidad a todo tipo de gente del mundillo, desde bandas que tocan alguna canción, gente que trabaja detrás del escenario, sellos discográficos, fans que hablan de discos, un chat interactivo y cierra el programa un club de dj de gente que pincha en vinilo», explica él. En solo tres programas ya han pasado por allí, entre otros, Juan de Pablos, Brighton 64, Diego RJ, Hendrik Röver (Los Deltonos), Exfan o Antonio Hurrah.

Los responsables de El Taller Tumbao de Alicante | PILAR CORTÉS

«He trasladado la esencia de La Gramola a la red para seguir manteniendo la ilusión y trabajando para el futuro próximo, porque el programa lo quiero mantener en directo en el local cuando volvamos a abrir. El dinero que recaudamos es simbólico -la plataforma se lleva el 50% y de media tiene unos 30 suscriptores por programa y 60 seguidores- pero me estimula a mí y a toda la familia. En absoluto compensa económicamente, pero estamos muy entretenidos», bromea Ballester, que prevé abrir la terraza de su local la próxima semana de viernes a domingo.

José Ballester, propietario de La Gramola, durante su magazine musical de los martes. | LA GRAMOLA

La sala Euterpe, en Sant Joan, ha aplicado la máxima de Mahoma y la montaña para continuar adelante. «No podemos hacer conciertos aquí porque con las restricciones de aforo al 30% no nos salía rentable, y hablamos con el Ayuntamiento de Sant Joan para poder programar en un espacio mayor como el Auditorio, de aforo al 50%, donde podemos llevar a unas 250 personas», apunta Fran Boronado, gerente de una sala que desde marzo no ha podido dar conciertos, «pero no dejamos de trabajar para que la música no se detenga y siga de alguna manera». Su ciclo Píldoras musicales, retrasado por las últimas limitaciones, se inicia el 13 de marzo con la alicantina Andrea Borrás, a quien seguirán Los Gandules, Santero y Los Muchachos y Mr. Kilombo.

El caso de El Taller Tumbao en Alicante es diferente. Autogestionado y dedicado a la actividad cultural desde hace una década, la última actuación para 20 personas (con reserva previa, registro de datos y medidas de seguridad) la hicieron el 27 de diciembre. Ahora, para seguir siendo ese «faro» para la cultura de base, necesitan acometer obras de insonorización y mejora para las que necesitan 4.000 euros «y ese dinero no lo tenemos, porque aquí todos somos voluntarios», indican sus responsables Juan Garrigós y María Reig, junto a Maribel Aranda y Sonia Sainz. Han abierto una cuenta y llevan ya más de la mitad recaudado con su público fiel.

Patricia Gómez, propietaria del Söda Bar en Alicante | PILAR CORTÉS

Además, la Asociación de Cantautores de Alicante La Explanada ha organizado un concierto online -que comenzó ayer y sigue hoy en sus redes sociales- en el que participan 20 artistas, abierto al público para que realice aportaciones y el futuro de este local «no peligre» con el lema #eltumbaonosetumba. Después de organizar más de 1.500 actividades en diez años, Garrigós ya está programando para abril.

Otros locales de ocio nocturno, como Söda Bar de Alicante, se han transformado por un tiempo. De lugar de copas y música (siempre ha realizado conciertos acústicos, pero también teatro o poesía) a sala para jugar al trivial por equipos y a ofrecer eventos gastronómicos (pop ups). Lo hizo con la cocina de Mery Crocket, Noe Estévez o Señor Flaco «porque no tenemos cocina ni queremos competir con los restaurantes», indica su propietaria, Patricia Gómez, a quien la obligatoriedad de tener al público sentado le llevó a comprar mesas, primero para 10 personas, luego para 6 hasta que en enero echó el cierre con las últimas medidas. «Hasta que todo cambie, seguiré con las mesas y con algún pop up porque los restaurantes irán abriendo pero los bares de copas tardarán», apunta tras añadir que «con el tardeo ya no estaba a gusto, quería hacer un cambio y aproveché la pandemia».

La banda de Bob Floyd en una actuación en streaming sin público en la sala Babel. | BOB FLOYD

En pausa se encuentra la sala Babel, que fue la primera en ofrecer en junio un concierto de Bob Floyd en streaming sin público y de pago; en julio acogió tres directos más y en noviembre un último sin público de La Trocamba Matanusca con el programa Reactivem del Institut Valencià de Cultura.

«Hemos ido haciendo lo que hemos podido. Hasta hace un tiempo ensayaba un grupo y se intentó usar la sala para grabaciones de vídeos cuando dejaban reuniones de seis personas, pero ahora tampoco puede ser y como muchos músicos no son profesionales no pueden justificar que sea para trabajo», lamenta Pablo Alcusón, el dueño de la sala, que ha decidido «no hacer nada de nada hasta que no esté claro porque, si no, esto un sinvivir. Te crees que puedes hacer algo y luego ves que no y acabas esperando siempre buenas noticias que no llegan. En cuanto nos dejen, abriremos», asegura.

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