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El teleadicto

Xavier Sardà, superdotado

Una imagen de archivo de Xavier Sardá.

Palo y astilla concluyó su breve andadura. Con una producción impecable, en la línea a lo que nos tiene acostumbrados La Sexta(Salvados, Lo de Évole), ha adolecido de reunir a invitados demasiado previsibles. Amigos y conocidos, ya se sabe. Dado que Xavier Sardà está en ese círculo, pudimos disfrutar durante una hora de su persona, lo que teniendo en cuenta su escasa predisposición a conceder entrevistas, ya fue mucho.

Siempre he adorado a Sardà, aunque con él me entre complejo de inferioridad. Sólo nos llevamos cuatro años, y es de esas personas de las que, desde bien joven me ha hecho formularme ese puñetero «pero qué he hecho yo con mi vida». Pero es que yo siempre he puesto la atención en los listos, mayormente en los brillantes. Me daba a mí de mozalbete que Sardà era superdotado. Seguramente un desastre en el colegio, pero superdotado. Ahora les llaman chicos con habilidades especiales. Si inventarse a Casamajor no es una habilidad especial, que venga Dios y lo vea. Juan Carlos Ortega, amigo íntimo, y otro superdotado, confesó cómo cuando pasean y se abstraen de la realidad hablan de la muerte, porque aman la vida.

El Palo y astilla dedicado a Sardà es una hora de televisión imprescindible en la que el comunicador deja entrever alguna capa de su cebolla (sólo alguna), en donde vuelve a contar la paradoja de que su reloj vital es diurno, aunque su popularidad y su fortuna se la diesen las madrugadas, y en donde Ramoncín, explicó muy bien Crónicas Marcianas. No era un rey medieval con sus bufones, su cojo y su enano. Era mucho más. Sardà era demasiado listo para ejercer de ventrilocuo convencional. Revolucionó las noches televisivas. Compararlo con su predecesor Pepe Navarro es casi obsceno. Sardà es un genio. Por eso se comerá la cabeza toda su vida.

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