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LA PLUMA Y EL DIVÁN

Agotamiento informativo

Estamos sobresaturados de información, de la buena y de la mala, de la que intenta seducirnos y la que consigue engañarnos

Un momento del Telediario de La 1 del fin de semana.

Un momento del Telediario de La 1 del fin de semana.

Las condiciones normales de vida en la población general se han convertido en eso oscuro objeto de deseo que todas las noches, cuando consultamos con la almohada, nos asaltan en secreto. Unos, más que otros, pueden conciliar el sueño reparador sin muchos sobresaltos, pero sospecho que la mayoría se siente inquieto, preocupado, ansioso y con escasas expectativas de reencontrase con la normalidad en un breve espacio de tiempo.

Lo que más está influyendo en nuestro paupérrimo y cada día más desgastado estado de salud mental es, sin duda alguna, el exceso de información que recibimos constantemente sobre el tema unitario de actualidad mundial, la dichosa pandemia. Como pueden ver, yo desde esta humilde columna, me sumo a la sobreinformación, intentando dar una visión diferente del problema, aunque soy muy consciente de que es improbable que lo consiga con éxito.

Llevamos más de un año con los cinco sentidos centrados en los resultados de la evolución del coronavirus, escuchando discursos encontrados, recetas abracadabrantes, consejos médicos, recomendaciones de muchos iluminados por la pseudociencia que quieren convencernos de que todo lo que estamos viviendo en primera persona son quimeras, fantasías «conspiranoicas» o simples engaños para mantenernos sometidos al poder.

Todos los santos días escuchamos, leemos, visionamos o hacemos el intento de informarnos de qué pasará mañana con nuestros trabajos, nuestra familia, nuestra movilidad o nuestras libertades y, todos los santos días, acabamos reculando, maldiciendo nuestra mala suerte si estamos contagiados, si seremos los siguientes en morir o si podremos diseñar en algún momento nuestro futuro cercano.

Tenemos que convivir, otra vez todos los santos días, con la propaganda institucional, que sigue intentando mantener el espíritu de lucha, convenciendo a las mayorías de la necesidad imperiosa de mantenerse alejados unos de otros, con la cara cubierta, las manos limpias y los bolsillos vacíos de ilusiones.

Estamos sobresaturados de información, de la buena y de la mala, de la que intenta seducirnos y la que consigue engañarnos. Más que nunca en la historia tenemos que sufrir la desinformación, las mentiras intencionadas, los bulos correosos, la propaganda ideológica y el insoportable discurso repetitivo de los políticos impenitentes.

Hay que reconocer que nos sentimos agotados. Nos encontramos desmotivados, irritables, nostálgicos, con problemas de sueño, de ansiedad y malas digestiones. La paciencia se agota y la angustia crece. Pero si hay algo que nos ha superado es el exceso de información, que consigue que todos estos síntomas de agotamiento se fortalezcan y acaben por inducirnos una desesperación irracional.

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